«The Girl with the Needle», cirugía social macabra sin anestesia en el festival de Cannes

José Luis Losa CANNES / E. LA VOZ

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La directora Agathe Riedinger (tercera por la izquierda), con parte del elenco de «Diamant Brut», en la alfombra roja de Cannes.
La directora Agathe Riedinger (tercera por la izquierda), con parte del elenco de «Diamant Brut», en la alfombra roja de Cannes. Sarah Meyssonnier | Reuters

El filme francés «Diamant Brut» reasigna el relato de Cenicienta a un «reality show»

16 may 2024 . Actualizado a las 21:26 h.

Arranca la competición de la 77.ª edición de Cannes con un puente que unifica los territorios de las dos primeras películas aquí vistas. En la francesa Diamant Brut y en la danesa The Girl with the Needle el territorio sobre el que ambas transitan es el de la explotación de la mujer. En la primera, de plena actualidad, como cuerpo que alimenta el engranaje carnívoro de la nueva sociedad del infra-espectáculo, la de los reality shows. Y en la segunda, retrotraída a la Copenhague del siglo pasado en plena Primera Guerra Mundial, donde la ausencia de derechos reproductivos permitía otra carnicería mucho más sangrienta.

Diamant Brut es la opera prima de la realizadora francesa Agathe Riedinger. Como tal, esta presencia en la sección oficial pone quizás excesivo foco sobre ella. Porque su película es un impecable retrato del aggiornamento de la Cenicienta en la era tiktoker. Naturalmente, para su joven protagonista -la actriz de origen magrebí Malou Khebhizi, bravísima- los palacios soñados no son otros que los del trono de influencer. Y sus vasallos, los miles de followers.

Reidinger atina en la manera en que relata cómo para su Cinderella poligonera se abre el cielo cuando es pre-seleccionada para participar en un reality show televisivo. Allí el príncipe del cuento adivinas que será un fulano como el Yoyas de Gran Hermano, todavía en busca y captura por maltrato.

Pero Diamant Brut no va llegar hasta ahí. Su trayecto se va a frenar antes de que surja el momento de activación de esa máquina de falsísima telerrealidad fundamentada en triturar seres humanos. La que Matteo Garrone describía bien en Reality. Reidinger prefiere congelar ese instante y remitirnos al tiempo de espera de su aspirante a princesa de la telebasura. Y centrarse, así, en lo que alienta sus esperanzas de abandonar su pequeño infierno: el sueño de dejar atrás la familia desestructurada, su tarea de buscavidas vendiendo perfumes de marca falsos en barriadas marginales. O esos tacones baratos y esas purpurinas de estrella que la elevan milímetros del barro donde habita pero que le cuestan dolorosas heridas en los talones y rozaduras en el alma. Así, Diamant Brut está más cerca de una tradición de cuento de hadas aspiracional que puede tener ecos en el neorrealismo de la Bellisima de Visconti, en las películas de Marisol o en el Flashdance de Adrian Lyne.

Es evidente que, en plena era del embrutecimiento mediático, el paisaje, lo que Agathe Reidinger refleja es un universo más sórdido que el de esos referentes: las noches como chica objeto para disfrute de broncos señoros; los destrozos en su anatomía todavía tierna para aumentar sus pechos, sus labios, sus nalgas. Todo lo que sea por convertirse en ese patético ideal de provocación y de belleza impostada que la sitúe en buena posición cuando la suelten, como a un galgo, en el plató de la batalla de telefalsedad.

Pero hay una sensibilidad esencial en todo momento: nunca la directora hace traspasar umbrales de obscenidad innecesaria a su aspirante de La isla de los milagros. Y existe una cierta poética de la fragilidad en ese acompañamiento de la actriz Malou Khebizi, a la que vamos a abandonar unos segundos antes de que entre en el plató y descubra que es mejor que tu gran deseo nunca se cumpla porque se convertirá en tu peor pesadilla. Adivinamos que en ese show televisivo la vapulearán de manera psicológica o literal. Pero eso ya no pertenece a aquello que cree que va a encontrar esta Cenicienta en su baile de debutante de la fama.

Se puede alegar, no sin razón, que ya hemos visto lo que narra Diamant Brut en bastantes películas anteriores. Y que tal vez no posee ese golpe de ruptura que se les supone a las obras que compiten por la Palma de Oro. ¿Que esta sección oficial le queda un poco grande a la película de Agathe Reidinger? Es posible. Pero esta antesala de Malou Khebizi antes de sumergirse en el patíbulo del gran carnaval, este filme se respira siempre sincero, muchas veces emotivo. Y agradecemos que se nos ahorre el trágico final marchito de otra de tantas candidatas a princesa del pueblo.

El horror en blanco y negro según Magnus von Horn

Todo el sufrimiento ahorrado en Diamant Brut nos lo cobra a continuación el danés Magnus von Horn en The Girl with the Needle, un ejercicio de cine tan opulento en sus formas como despiadado en su ahondamiento en unas fosas del horror que demudan las calles y las casas de mala muerte de un arrabal de Copenhague, cuando está a punto de concluir la Primera Guerra Mundial.

La guerra de trincheras civil -y con víctimas tan inocentes como las de todos los conflictos: mujeres o recién nacidos- que dibuja Van Horn en un tétrico blanco y negro nace de ese delito de Estado prolongado durante siglos y solo detenido en el tramo final del siglo XX: la imposibilidad de la mujer para decidir sobre sus embarazos.

También aquí la protagonista, una empleada de fábrica con pobreza de ser de Kaurismaki, está como la de Diamant Brut a punto de vivir su cuento de Sissi. El propietario de la empresa se enamora de ella y está dispuesto a llevarla al altar. No será así. Y Magnus van Horn va soltando cuerda y deslizando a esta mujer hacia el infierno tan temido: reaparece su marido dado por muerto, con el rostro deformado por una herida de guerra. Van Horn llega a montar un circo de freaks que, en su mixtura de gótico y barroco, es como un relato de terror de Guillermo del Toro. Solo que Del Toro es un bendito y un blandengue puesto ante todos los pasos que The Girl with the Needle no duda en dar hasta internarse en una crónica ya no negra sino casi genocida.

Fotograma del filme danés «The Girl with the Needle».
Fotograma del filme danés «The Girl with the Needle».

No conviene desvelarla. Es un camino de saltos cualitativos hacia la deshumanización y el pánico que Van Horn resuelve con un tratamiento visual y una precisión narrativa de cineasta de gran vuelo. Los que salían horrorizados de esta película arriesgadísima y muy propositiva tienen sus motivos. No aspira el director danés a ganarse el título de Míster Simpatía.

Ya lo demostró en Sweat, en la que abordaba también con crueldad el universo vacío de una mega-influencer. En su viaje hacia atrás en el tiempo, Magnus van Horn nos invita ahora a pensar que los muñones y los cuerpos despanzurrados en los campos de batalla de media Europa en 1919 tenían su equiparación en la atmósfera putrefacta de la retaguardia que retrata en el Copenhague de la implacable The Girl with a Needle, en la que tal vez se le va la mano tenebrista. Aunque al final descubrimos, para nuestra máxima perturbación, que toda esa bacanal morbosa a la que hemos asistido estaba basada en un hecho verídico. Aunque semeje telerrealidad macabra filmada en tiempos del cine mudo.