Retrato comprensivo de las lágrimas de Cary Grant

CULTURA

«Charada», con Cary Grant y Audrey Hepburn
«Charada», con Cary Grant y Audrey Hepburn

Filmin estrena en España la miniserie «Archie», en la que Jason Isaacs interpreta con precisión cirujana a uno de los grandes galanes del cine

13 jun 2024 . Actualizado a las 08:50 h.

Juega por las calles de Bristol un muchacho con los mofletes embarrados y las ropas raídas. No es feliz, pero aún no lo sabe. Su nombre es Archie Leach. Tiene una madre controladora, un padre que no lo quiere y un hermano muerto. Es decir, no tiene nada. No tiene a nadie.

Crece un poco. Ahora un muchacho fuerte y apuesto. Pero sigue solo en el mundo y sin monedas en el bolsillo. Descubre el asombroso mundo del circo, y con maquillaje de payaso desembarca en Norteamérica. Mil rechazos y desengaños después, alguien le pone delante de una cámara. Ahí nació de nuevo, entre los decorados de madera del Hollywood dorado. Ahí nació el hombre que todos conocemos. Ahí nació Cary Grant.

Con cuatro episodios de unos amenos 45 minutos de duración, la miniserie Archie (recién estrenada en Filmin) peina suavemente las agitadas andanzas de este galán de pelo canoso y barbilla partida. Sin contorsionarse más allá de los rasgos de estilo tradicionales de la biografía, Archie es un valioso documento que brilla gracias a su mimo y a su sentido de la justicia. Atendiendo solamente a pasajes concretos de la vida de Grant, habría sido fácil hacer un producto revisionista que pintara a un tipo oscuro y hasta monstruoso. Pero de esto huye Archie igual que huye de las ínfulas hagiográficas (del peloteo, vamos). Lo más interesante del título es que su aproximación es profundamente humana. Porque Cary Grant, el mítico Cary Grant que besó a Audrey Hepburn en Charada, y a Katherine Hepburn en Historias de Philadelphia, y a Grace Kelly en Atrapa a un ladrón, era, ante y todo, humanísimo. ¿Acaso las estrellas no sangran si las pinchas?

Eva Marie Saint con Cary Grant, en «Con la muerte en los talones».
Eva Marie Saint con Cary Grant, en «Con la muerte en los talones».

La razón de ser de este biopic es la deconstrucción (que no destrucción) de un mito. Cary Grant solo existía en las cabezas de la gente y las lonas de los teatros. Era un personaje irreal forjado golpe a golpe por un niño de Bristol que pasó hambre y no tuvo nunca amor. Amor es otra de las palabras más subrayadas en la historia de Archie. Tanto por los huecos y las heridas que causó su ausencia como por los momentos de verdadera pasión desatada. Desatada porque no se quedaba quieta y danzaba de un lugar a otro sin aviso. Con justicia recoge también la serie el punto de vista de su cuarta mujer (de las cinco que tuvo), Dyan Cannon. Por aquel entonces, ella era una joven debutante que había llegado a Los Ángeles con un petate de sueños y ambiciones. Él, sin embargo, era ya una consagradísima y veterana vaca sagrada que dormía bajo el ala de nombres como Alfred Hitchcock. La diferencia de edad, de estatus y de forma de vida acabaría condenando al fracaso una unión de la que, no obstante, saldría el legado más preciado de Grant. Su única hija, Jennifer.

El lado más tierno de la estrella

Y entonces se desenmascara el lado más tierno de un hombre que toda su vida se había cerrado siquiera a pensar en tener hijos. Algo le golpea la entraña y, viendo su propia semilla en aquella niña sonriente y de ojos grandes, recuerda que él seguía siendo Archie y que, en el fondo, nunca se había ido de las sucias calles de Bristol. Se le acopla como un parásito el recuerdo de ser pequeño y no entender que nadie en todo el frío mundo te quiera ni te abrace ni te bese ni te aúpe. Se promete entonces Archie que su hija no será una Leach sino una Grant. Que crecerá bajo el abrigo cálido de la ternura paterna. Y ahí se convierte un hombre legendario en un hombre real. Real y verdaderamente grande.

-

Ayuda a completar con éxito las evocaciones un muy entregado Jason Isaacs, un actor versátil al que siempre le sientan bien los papeles de gruesas envergaduras. No es solamente la (excelente) caracterización. Algo en el trabajo de Isaacs denota un entendimiento profundo y quirúrgico del personaje que está diseccionando. En sus ojos vivos pero tristes se pueden leer todas aquellas penas y carencias que arrastraba Grant por la constelación del arte séptimo. Muchos espectros anidaban en los laberínticos interiores de Archie Leach. Quizás ese es el secreto del inigualable porte y de su elegancia ya nunca repetida. Un brillo que aún se revela intacto con cada revisionado de sus obras. Hay que estar charado para no ir siempre con Cary Grant.