Albert Serra rompe todas las barreras con la Concha de Oro para «Tardes de soledad»

José Luis Losa
José Luis Losa SAN SEBASTIÁN / LA VOZ

CULTURA

Unanue | EUROPAPRESS

La enormidad de sus imágenes deja fuera de lugar la polémica antitaurina y confirma al catalán como el cineasta ibérico de este tiempo

29 sep 2024 . Actualizado a las 13:27 h.

Cuando arrancó este festival, el núcleo de todas las conversaciones sobre la Concha de Oro tenía un nombre: el de Albert Serra y su documental centrado en la tauromaquia. Nadie lo había visto, pero se hablaba mucho ya de la explicitud de Tardes de soledad, en la visualización de la crueldad inherente a las corridas. Incluso al pase oficial acudió un reducido grupo de animalistas del Pacma, para mostrar una desaprobación preventiva.

Lo cierto es que ese murmullo de denostación tuvo corto recorrido. Bastó que Tardes de soledad desplegase el poder ritual de sus imágenes inmanentes, ese acercamiento a la lidia con tres cámaras digitales como nunca antes se había visto, esos rictus del torero peruano Andrés Roca Rey que deforman su rostro en temor y desafío. Y cualquier cosa que no fuera la fascinación por los torrentes de cine arrebatador que recorren de comienzo a fin la película quedó desterrado de las discusiones razonables. Hasta esta conclusión con la Concha de Oro: la única lógica porque esta obra no tenía quién le hiciese sombra en el estimable concurso oficial. Y que honra a Jaione Camborda y al jurado que ha presidido.

Tardes de gloria es una consumación del universo y las declinaciones artísticas en torno al ocaso. Algo que conforma la cosmogonía de Albert Serra: aquí el agonista es un torero de fama. Y sabemos que es un astro cuya galaxia, la taurina, ya no existirá en veinte años. Un emperador y su cercano fin de época. Como el Rey Sol, Drácula, Casanova, Don Quijote o el cónsul colonial de Francia en el Pacífico.

Este decaimiento seguro y en breve de la llamada fiesta dota aun de más valor todo lo que la película atesora: los micros que recogen las bárbaras hipérboles de la cuadrilla sobre los cojones del maestro, una autenticidad basta que continúa en imágenes de incrustración en la furgoneta que conduce a este inseguro César empapado de la sangre de los toros y muchas veces de la propia. Y esa memorable secuencia en el Ritz, cuando el torero es el monarca desnudo. Lo vemos recolocarse abiertamente el paquete. Y en ropa interior, con taurinos ligueros, deviene figura transgenérica (dicen que Roca Rey anda muy molesto por estos planos).

Serra decidió firmemente hace meses que quería acudir con Tardes de soledad a San Sebastián. Y competir. A priori era jugada de alto riesgo. Nunca temió la controversia animalista o el boicoteo. Él -que se reconoce más bien partidario de las corridas- lo veía muy claro. Y esta Concha de Oro perfila un coraje y una convicción propia de los cineurgos de verdad. Y no voy a ponerme testosterónico que para eso ya está la cuadrilla de Roca Rey, que en ningún momento le recuerda al torero el memento mori.

No sé si Serra será inmortal. Su obra fílmica, paso a paso, lleva ese camino. En este festival se ha enaltecido y dedicado un día por entero a Almodóvar. Y me parece muy justo. Pero el presente del cine lleva el nombre de Albert Serra. Los grandes cosos de Cannes -donde es nuestro único cabeza de cartel aparte de Almodóvar- o de Berlín o Venecia lo verán.

Un gran palmarés que destaca el nuevo terror español

El resto del palmarés oficial es un ejercicio de gran lucidez con algún siempre inevitable reparo (me fío en este tribunal de la gente del cine, de Jaione Camborda, de Christos Nikou o del impío Ulrich Seidl) y menos de la escritora Leila Guerriero). Prejuicios míos. Pero todo lo esencial de entre las 16 películas a concurso ha hallado su premio.

A veces buscando un ex aequo solidario, como sucede con la Concha de Plata a mejor dirección, que pone en valor dos soberbias películas: la portuguesa On Falling, de Laura Carreira es una lección de sobrio cine sobre los padecimientos de la working class en Gran Bretaña. Tan medida que aprecias en ella una lección rotunda de cómo no ser Ken Loach. Y la española El llanto, del debutante Pedro Martín-Calero convulsiona las agotadas raíces del género de terror, no solo del español porque su alcance para provocar miedo genuino se celebrará internacionalmente. Este premio legitima —y mucho— la más arriesgada apuesta de programación del festival.

Me parece insensato otorgar el Premio Especial del Jurado a The Last Showgirl, la peliculita indie de la inane Gia Coppola, que vehicula el resurgimiento de una otoñal Pamela Anderson como marchita flor del desierto, bailarina prejubilada en un antro de Las Vegas. Tiene pinta de que el premio real es en buena medida para una Anderson muy noble pero nunca buena actriz.

Y por eso casi es mejor que el Premio de Interpretación haya sido para Patricia López-Arnaiz. La capacidad de su rostro para transmitir dolor distanciado o diferido es lo único salvable de la estafa emocional de la cineasta de los ridículos Pilar Palomero. Y para eso, es tal el atragantón de primeros planos de López- Arnaiz que Palomero cae en un denunciable abuso.

Mi entusiasmo ante la macabra Cuando cae el otoño, del siempre infravalorado François Ozon, lo comparte el jurado al darle doble premio: el de mejor guion —por su vitriolo veteado de formidable humor negro, digno del último Chabrol— y del de interpretación secundaria para Pierre Lottin, intermediario necesario en los crímenes rurales de la gran Hélène Vincent.