Daniel Kehlmann reabre con «El director» el eterno debate: ¿se puede anteponer el arte e ignorar el horror?

CULTURA

El escritor alemán Daniel Kehlmann con su último libro «El director»
El escritor alemán Daniel Kehlmann con su último libro «El director» Random House / Beowulf Sheehan

El escritor alemán se atreve en su última novela a aventurar los motivos que llevaron a G.W. Pabst a rodar en el Tercer Reich

09 ene 2026 . Actualizado a las 09:24 h.

Un gran teatro de Praga con el público expectante ante la actuación de un violinista tenía que ser el clímax de la película. La mitad de la secuencia se iba a rodar desde detrás del actor que hacía de músico para poder plasmar esa vertiginosa sensación de que cientos de personas estaban pendientes de si sus manos y su arco se coordinaban a la perfección. Después, la idea del director, ese que sabía todos los trucos del montaje, era que la cámara volase sobre el público para apreciar en sus caras esa fascinación. Sobre el papel, no tenía ni un pero. Pero la capital de la República Checa en 1944 estaba para pocos rodajes. Los extra de la película venían de un campo de concentración, estaban escuálidos, demacrados, y cualquier plano que estuviese medianamente cerca dejaba ver el auténtico rostro del horror. Dicen que esa escena se llegó a rodar. Tuvieron que ponerles pelucas y sombreros, elevar la cámara mucho más de lo previsto y solo acercarse para que se distinguiese a uno de los actores sentado en primera fila. Pero la película, El caso Molander, desapareció misteriosamente. Y cuenta la leyenda que su director, Georg Wilhelm Pabst (1885-1967), se obsesionó con la que iba a ser su obra maestra y nunca más volvió a ser el mismo.

El escritor alemán Daniel Kehlmann (Múnich, 1975) usa la figura del director austríaco, uno de los grandes del cine mudo que acabó rodando películas para el nazismo, para abordar el horror fuera de los campos de concentración y de batalla. El director es una novela sobre pactos con el diablo, colaboracionismo y concesiones al enemigo, pero incluso más sobre el día a día de los que vivieron esos años en cualquiera de las ciudades tomadas por el Tercer Reich, ese terror instalado en lo cotidiano. No es una biografía al uso, porque tiene muchos elementos de ficción, inventa diálogos y personajes que le sirven al autor para mostrar cómo el nazismo iba calando su mensaje tanto en los clubes de lectura de las clases más adineradas como en las familias de guardeses que se ocupaban de vigilar, y delatar, a los dueños de un antiguo castillo en territorio ocupado. Kehlmann se permite la licencia de explorar los motivos por los que Pabst el rojo, así lo llamaban después de rodar títulos como Bajo la máscara del placer o La caja de Pandora, aceptó rodar películas para los nazis. Incluso se atreve a fantasear con esa reunión con el ministro de Propaganda en el que le obligan a pedir perdón por su pasado comunista, aunque Pabst siempre defendió que era apolítico y que el arte estaba por encima de todo.

El director G.W. Pabst durante un rodaje en 1929
El director G.W. Pabst durante un rodaje en 1929

El fracaso en Hollywood

Nadie como Pabst rodaba los primeros planos. Criado en el cine mudo, descubrió a actrices como Greta Garbo o Louise Brooks. Conseguía que sus miradas traspasasen la pantalla y transmitiesen con un solo gesto mucho más que lo que algunos directores con sonido lograron décadas después. Trabajó todos los géneros y presumió durante décadas de contar con una libertad creativa que le permitía rodar y después deshacer a su antojo cuando llegaba el momento del montaje. Pero cuando llegó a Estados Unidos se encontró con un universo diferente. Todo estaba cerrado, dictado previamente por los productores y su libertad mermada. Sabía que la película que le encargaron no iba a funcionar. Un héroe moderno no estaba a la altura, pero era la única manera de poner un pie en la meca del cine. También era consciente de que un fracaso en taquilla era una garantía de que no te volverían a llamar, aunque fueses el mismísimo G.W. Pabst y pudieses hacer magia en las transiciones entre secuencias. Así que el director aceptó volver a Europa para rodar dos películas en Francia, cintas que nunca se llegaron a hacer por la guerra y porque el país galo estaba dedicando todos sus esfuerzos a evitar la invasión nazi. Kehlmann en este momento ve una oportunidad de oro para volver a fabular y poner más carne en el asador. Nada que rodar en Francia y sin oportunidades en EE. UU. , el director decide volver a su Austria natal para atender la llamada de auxilio de su madre enferma. Telegramas que podría haber escrito cualquier cargo del partido para que Pabst el rojo tuviese que cruzar la frontera y ponerse al servicio de un Goebbels obsesionado con lanzar el ideal alemán a través del celuloide. Y aquí llega el verdadero dilema. Humillación y pacto con el diablo para poder rodar. Asumiendo que Pabst se pone como único objetivo hacer el mejor cine posible en medio de la atrocidad, ¿es posible seguir haciendo cine e ignorar lo que te rodea? ¿Puede ser que bajo el régimen nazi tuviese mayor libertad creativa que en Hollywood? Preguntas en las que Daniel Kehlmann, uno de los autores en alemán más vendidos gracias al éxito de La medición del mundo, se atreve a entrar en El director reabriendo el debate fáustico de las relaciones entre arte, dinero y poder.