El deshielo que despierta supervolcanes: la ciencia detrás de la serie «Paradise»

CULTURA

Un momento de la serie, cuando un presentador informa sobre la erupción volcánica en la Antártida que sorprende al presidente de Estados Unidos en el despacho Oval junto a su equipo de seguridad
Un momento de la serie, cuando un presentador informa sobre la erupción volcánica en la Antártida que sorprende al presidente de Estados Unidos en el despacho Oval junto a su equipo de seguridad

El retroceso de los glaciares en la Tierra debido al calentamiento del planeta puede aumentar la actividad volcánica

10 mar 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

La serie Paradise (Disney+) acaba de estrenar segunda temporada. La ficción cuenta una distopía en la que el mundo colapsa tras una catástrofe ambiental. A medida que avanza la historia se van conociendo más detalles sobre el origen y los efectos del cataclismo. Tal y como ocurre con otras películas como El Día de Mañana, que imagina la paralización de la corriente del Atlántico Norte, la serie exagera algunas consecuencias, pero se inspira en procesos científicos reales.

El desastre no tiene un único responsable. Mas bien se produce como consecuencia de una cadena de sucesos. El detonante, y el que activa todos los demás, se produce en la Antártida. El deshielo masivo en el polo sur no solo tiene la capacidad de aumentar el nivel del mar y alterar la corrientes marinas, sino que también puede modificar la presión sobre la superficie terrestre. Esa reducción de la presión modifica a su vez el comportamiento del magma bajo la corteza terrestre, aumentando la probabilidad actividad volcánica. Esto el algo sobre lo que hay evidencias en el mundo real. El caso más conocido es el del Islandia. Cuando terminó la última glaciación aumentó la actividad volcánica en la isla.

En Paradise, el retroceso del hielo provocado por el calentamiento de origen humano acaba despertando a un gigante dormido en la Antártida: un supervolcán. En la ficción un científico ya había alertado previamente sobre la posibilidad de que se produjese. Como ocurre en el mundo real, la advertencia no fue atendida como debería.

La explosión genera un tsunami gigante que recorre los océanos a 950 kilómetros por hora y crea una ola de 90 metros de altura que engulle ciudades y mata a millones de personas. Sin embargo, por muy destructiva que sea, una ola difícilmente podría provocar por sí sola el colapso global que muestra la serie. La verdadera amenaza de carácter existencial llegó tras la erupción. Como sucedió tantas veces en el pasado de la Tierra, el volcán liberó toneladas de ceniza que acabaron en la estratosfera.

Cuando las partículas volcánicas alcanzan esta capa de la atmósfera, se dispersan por todo el planeta en cuestión de unos meses y reducen la cantidad de radiación solar que llega a la superficie. Lo que ocurre después es un escenario similar al «invierno nuclear». Este concepto surgió en los años 80, en plena Guerra Fría, para ilustrar el efecto sobre el clima que provocaría un conflicto nuclear. En 1984, el astrónomo Carl Sagan y otros científicos publicaron una obra titulada El frío y la oscuridad. Cuenta cómo las explosiones nucleares inyectarían aerosoles en la estratosfera que impedirían el paso normal de los rayos del Sol. Como consecuencia la temperatura global descendería notablemente.

Los efectos tras una gran explosión volcánica son iguales. Uno de los episodios conocidos más extremos ocurrió hace unos 74.000 años. El monte Toba, en la isla de Sumatra, explotó de manera violenta, inyectando grandes cantidades de partículas en la alta atmósfera. La temperatura media global descendió entre 3 y 5 grados, provocando uno de los enfriamientos más intensos en la historia de la Tierra. Hay teorías que sostienen que esta erupción redujo la población mundial a solo 10.000 personas, la cifra más baja en la historia del homo sapiens, generando una situación límite que conoce como «cuello de botella de población».

Otra consecuencia letal de un invierno volcánico es la oscuridad, que afecta directamente a la fotosíntesis de las plantas, haciendo inservibles los cultivos y desencadenando una hambruna planetaria. Es entonces cuando comienzan los problemas de verdad para las sociedades humanas.

El síndrome de Venus

Como nada dura eternamente, al cabo de un tiempo las partículas volcánicas desaparecen, permitiendo que aumente la temperatura global, la luz solar y que la vegetación se recupere. Esta mejoría llevaría a cualquier persona a pensar que el peligro ya ha pasado, pero ni de lejos. La ficción introduce un nuevo riesgo.

Los gases de efecto invernadero liberados por la explosión volcánica pueden poner en marcha un calentamiento mundial extremo. Un proceso que se conoce como el síndrome de Venus, porque eso es justo lo que sucedió en el planeta vecino, donde su densa atmósfera cargada de dióxido de carbono hace ya unos cuantos miles de años que elevó su temperatura media hasta los 460 grados. Y así es como un planeta como la Tierra puede dejar de ser un paraíso.

En el 2025, un estudio realizado por la Universidad de Wisconsin-Madison (Estados Unidos) y presentado durante la conferencia internacional de geoquímica celebrada en Praga (República Checa) planteó que el cambio climático puede aumentar la actividad volcánica en la Antártida, pero también en otras zonas como Rusia y Norteamérica, donde los glaciares están retrocediendo. La investigación subrayó que se trata de una amenaza planetaria ya que 245 de los volcanes potencialmente activos que hay por todo el mundo actualmente se encuentran bajo el hielo o a menos de cinco kilómetros de él.