Lucy Worsley, historiadora: «En la Edad Media nadie quería estar solo; compartían cama con desconocidos»

CULTURA

La historiadora británica Lucy Worsley, autora del libro «Si las palabras hablaran».
La historiadora británica Lucy Worsley, autora del libro «Si las palabras hablaran». Robert Shiret

Los libros de texto hablan más de batallas que de asuntos domésticos. La escritora británica indaga en esos pequeños detalles que ayudan a entender mejor la historia y que marcaron la evolución del hogar

28 abr 2026 . Actualizado a las 13:00 h.

Durante los años que trabajó como responsable de mantenimiento de la torre de Londres, o de comisaria en los palacios de Hampton Court y Kensington, Lucy Worsley (Reading, Reino Unido, 1973) solía preguntarse por lo que más le interesaba a los visitantes de estos lugares históricos de la capital británica. «Sé que lo que realmente quieren saber es qué comían, cómo se lavaban los calcetines o cómo iban al baño los reyes… Porque eso es la vida y me encanta». Tanto que ha dedicado parte de su trayectoria a descubrir la Historia a partir de esos pequeños detalles, los que recoge en Si las paredes hablaran, el libro que acaba de editar en español Capitán Swing y en el que se descubren detalles tan sorprendentes como que el lavavajillas fue inventado por una mujer en el siglo XIX —aunque no se popularizó hasta bien entrado el XX—; o las razones por las que en la Edad Media se compartía cama con desconocidos. 

—Tras escribir el libro, ¿sientes que las paredes de tu casa te hablan?

—Mis paredes definitivamente me hablan. Vivo en un pequeño apartamento en el centro de Londres, utilizo mi espacio de forma muy flexible para dormir, comer y vivir; y así también hacía una persona medieval, en un solo espacio con la fuente de calor en el centro. Y no solo en eso nos parecemos a nuestros antepasados: al igual que ellos, ahora tenemos que preocuparnos por el uso del agua y la energía; en Inglaterra, la gente está empezando a poner contraventanas para aislar las casas, mantenerlas frescas en verano y calientes en invierno. 

—Conoces bien las habitaciones reales de la época Tudor. ¿Siguieron la misma evolución los dormitorios de la gente de clases más bajas?

—Creo que sí, los cambios se veían primero en la alta sociedad pero después se extendían al resto. La historia del dormitorio es, en realidad, la de un deseo creciente de intimidad: en la Edad Media nadie quería estar solo, era algo extraño y desagradable que solo hacían los ermitaños o los proscritos. El resto compartía hasta la cama con desconocidos. ¡A mí me aterra pensarlo! Pero en realidad era mucho mejor que dormir solo, por el frío. En el siglo XVI ocurrieron dos cosas que aceleraron la necesidad de intimidad: el auge de la alfabetización y el protestantismo. Leer y rezar es algo que gusta hacer a solas. Y así los dormitorios pasaron a ser espacios privados. En las casas reales, en el siglo XVI; en las de comerciantes, en el XVIII; y en las clases trabajadoras esto no llega hasta el siglo XX. 

—Es fascinante que el baño con cisterna tardara dos siglos en popularizarse. ¿Fue por tecnología o por una barrera cultural?

—No fue una cuestión de tecnología, los romanos ya tenían baños con cisterna. Pero en Europa carecimos de ella durante casi dos mil años porque el trabajo doméstico era muy barato: era más fácil emplear a mujeres que hicieran el trabajo de la cisterna que instalar tuberías. Si había baño, el noble tenía que ir hasta él, pero si usaba orinal, se lo traían. 

—Imagino que eran mujeres quienes hacía esos trabajos...

—En Hampton Court, el cargo más bajo era el de la mujer necesaria. Se llamaba así porque al orinal se le conocía como el necesario. Pero no lo llevaban ellas; un criado se lo acercaba al rey y después ellas limpiaban los desechos. En los registros históricos solo aparecen hombres, pero siempre hubo una institución de mujeres en la sombra lavando ropa y gestionando todo por una miseria. 

—Al mirar la historia desde la vida cotidiana salen más mujeres que en los libros de texto...

—¿Sabías que el lavavajillas fue inventado por una mujer en el XIX? Pero no se popularizó hasta que en el siglo XX desaparecieron las criadas. Cuando la clase media se quedó sin servicio, fue cuando vio la necesidad de recurrir a las máquinas. Siempre me ha resultado curioso cómo en la Revolución Industrial se innovó tanto en ferrocarriles y fábricas, y tan poco en el hogar. Obviamente se debe a que no se valoraba el trabajo femenino. Y es algo que sigo viendo en la actualidad: el trabajo no remunerado de las mujeres en casa es el mayor producto interior bruto, pero nadie lo valora. Por eso tardó tanto en aceptarse comercialmente el lavavajillas.

«Antes sabías cuánto dinero tenía cada uno por su ropa»

—Dicen que en aquellos años no se duchaban mucho...

—A los siglos XVI y XVII se les conoce como los too dirty (‘demasiado sucios'), había una idea extendida de que sumergirse en agua era insalubre porque diluía los humores del cuerpo. Pero en realidad cuidaban mucho su limpieza: llevaban ropa interior de lino para que absorbiera el sudor, en los retratos de la época se ve el blanco impoluto en cuellos y puños. A finales del XVII los médicos empezaron a recomendar los baños en el mar y la gente empezó a bañarse. Entonces empezó a llegar el alcantarillado. 

—De las velas a la electricidad, ¿cómo mejoró nuestra vida social gracias a la iluminación?

—Un momento clave fue la construcción de la Galería de los Espejos de Versalles: con tres mil velas y el efecto de los espejos, crearon luz de día por la noche. Fue un concepto innovador, pero carísimo. En inglés tenemos un dicho que dice The game is not worth the candle (‘El juego no vale la vela'), y viene de esa época. Después llegaron las lámparas, primero de aceite y después de gas; muchas damas victorianas se desmayaban con estas últimas porque consumían todo el oxígeno. 

Portada del libro «Si las paredes hablaran», de Lucy Worsley
Portada del libro «Si las paredes hablaran», de Lucy Worsley

—Además de investigar, has vestido ropa de época, has probado sus recetas... ¿Qué te aportó esa arqueología experimental?

—Recrear la experiencia es una fuente riquísima que los libros no dan. La ropa refleja los valores de una época: un vestido corseteado del XVIII representaba una sociedad jerárquica y estricta; en 1920 la desaparición de los corsés refleja una sociedad más democrática. Hoy es diferente, un multimillonario como Mark Zuckerberg viste sudadera y vaqueros, no podemos conocer su patrimonio por su ropa; pero en la corte Tudor sabías cuánto dinero tenía cada uno por lo que llevaban puesto. 

—¿Gastaban mucho en vestirse?

—Ahora la ropa es tan barata que no se puede comparar, pero en aquel entonces era una inversión de recursos importantísima.Vestían faldas enormes que sobresalían por los lados, como una especie de vallas publicitarias. Estaban cosidas con hilo de plata u oro y llevarlas demostraba que tenías sirvientes, sin ellos era imposible vestirse. 

—Y usaban productos que ahora se volverían virales, como ese quitamanchas a base de orina del que hablas...

— Quién sabe, ¡quizá deberíamos empezar una tendencia en TikTok con ese producto ecológico! Yo no lo he probado, pero dicen que es muy eficaz. En Londres hay una norma que prohíbe tender la ropa en el exterior, es algo totalmente ridículo que tiene que cambiar porque es mucho más ecológico secar la ropa al sol. No es solo un agente natural, sino que tiene el poder de eliminar manchas; los Tudor colgaban su ropa en arbustos de romero, para obtener las propiedades antibacterianas del romero combinadas con las del sol. 

—Después de ver cómo han evolucionado las estancias hasta ahora, ¿cómo crees que cambiará el hogar en este siglo XXI?

—Hay una tendencia que creo que se está recuperando. La idea de que la comida se cocina fuera del hogar fue un elemento muy importante en la ciudad de los siglos XVIII y XIX. Después, en el XX, cuando la clase media ya no podía contratar cocineros, reinventaron la cocina y esta se convirtió en una especie de actividad de élite. Pero ahora mucha gente deja que cocinen por ellos y que un conductor de Uber se lo lleve a casa. En cierto modo, creo que este es un modo de vida mucho más común en los siglos XVIII y XIX, donde la comida se preparaba de forma comunitaria fuera del hogar. 

—También volvemos a preocuparnos más de la eficiencia energética…

—Sí, creo que nos interesaremos cada vez más por cómo conservar energía a través de prácticas del pasado. Y una cosa que espero y deseo que ocurra es que, así como antes la gente hacía edificios para que duraran, también ahora se construya para el futuro. Las construcciones medievales que sobreviven hoy están hechas para adaptarse a diferentes usos. Son sólidas, con muros gruesos, hechos para durar. Hoy en día, muchos edificios no están hechos para durar. 

—Si pudieras viajar en el tiempo y pasar una sola noche en una casa de otra época, ¿cuál elegirías?

—La clave aquí es si vuelvo al pasado como una persona rica o como pobre... Me gustaría volver a cualquier época como rica. Por ejemplo, viajar a 1536 y pasar por el palacio de Hampton Court, donde trabajé durante muchos años. Llamaría al rey Enrique VIII a mi oficina, le haría una evaluación de su trabajo y le diría: «De ninguna de las maneras tienes que decapitar a nadie más. Si decapitas a alguien más, te echamos».