La nueva joya de HBO Max juega con los prejuicios de los espectadores ante la vida privada y las intenciones ocultas de sus tres protagonistas
24 may 2026 . Actualizado a las 10:31 h.«Nadie es normal. Aunque a simple vista no nos damos cuenta». Esta frase, el mantra de uno de los personajes secundarios de DTF St. Louis, condensa la idea sobre la que se construye esta nueva joya de la televisión. Bajo esa premisa, la serie original de HBO se dedica precisamente a abrir esas puertas cerradas que, tras la apariencia de la rutina de matrimonios de mediana edad, esconden complejas y disparatadas historias íntimas sobre el autodescubrimiento, el sexo, el amor o la amistad.
Su creador es Steven Conrad, conocido por otras exaltaciones humanistas como la serie Patriota o la película La vida secreta de Walter Mitty. En esta ocasión se apunta al thriller de comedia negra para presentarnos un gigantesco y complejo puzle que, en su primer capítulo, une todas las piezas que completan los bordes de la panorámica general. Ahí se establece el marco de la historia sin permitir todavía intuir cuál es la imagen global que se acabará completando.
Con amplias elipsis, el episodio piloto muestra la estrecha amistad que establece Clark Forrest (Jason Bateman), el hombre del tiempo de la televisión local, con su intérprete de lengua de signos, Floyd Smernitch (David Harbour, en su primer trabajo tras Stranger Things). Ante los problemas sexuales de pareja de este último —por sus achaques cardíacos, la extraña curvatura de su pene y una pérdida de libido por las pintas de su esposa Carol (Linda Cardellini) cuando arbitra béisbol alevín—, su colega le propone descargar una app de citas de nombre inequívoco, DTF, siglas de «Donde Todos Follan», que acabará precipitando su final. Aparentemente. Porque son las apariencias y sus subversiones las que sirven de motor para desentrañar la historia.
De recomponer el resto de piezas del rompecabezas se ocuparán un peculiar dúo de detectives obligados a colaborar. Son el día y la noche: el afable veterano Donoghue Homer (Richard Jenkins), incapaz en su ingenuidad de deducir las intrincadas realidades de las vidas privadas de sus conciudadanos, y la mucho más malpensada Jodie Plumb (Joy Sunday), una joven perspicaz aunque contaminada en sus percepciones por su consumo de porno con su pareja.
A través de una alocada narrativa fragmentada y una atmósfera de fatalismo existencialista propia de los hermanos Coen, este noir de regusto indie juega a transgredir constantemente los prejuicios o deducciones del espectador hacia los protagonistas del enigmático trío romántico protagonista, condicionado en sus dinámicas por las insatisfacciones, las inseguridades, las decisiones cuestionables y el ansia de salir adelante ante las adversidades económicas o afectivas.
Las incógnitas sobre las verdaderas intenciones de cada uno de los implicados crean una sensación de sospecha constante que generan el elemento adictivo de la miniserie. Pero, como siempre en las obras que firma el autor, hay un perceptible aprecio de Conrad hacia todas sus criaturas. Cualquier atisbo de codicia calculadora se destapa como la prudencia resultante del trauma de la pobreza familiar; los supuestos planes maquiavélicos no son más que tristes casualidades surgidas de las buenas intenciones, y lo que apunta a relaciones tóxicas y competitivas acaba resultando en la más profunda admiración mutua de una masculinidad sana y amable.
Porque cuando, finalmente, se completan todas las piezas de este puzle, ese paisaje sórdido y desalentador que se había dibujado desde el cinismo revela una que, en realidad, habíamos estado presenciando un enorme rayo de luz optimista y entrañable. Una constatación de que la bondad, el altruismo más desinteresado, también puede, y debe, reivindicarse como lo verdaderamente sexy.