Kylie Minogue, la estrella pop que Nick Cave empujó a brillar de verdad

Javier Becerra
javier becerra REDACCIÓN / LA VOZ

CULTURA

Imagen del vídeo de «Where the Wild Roses Grow» con Nick Cave y Kylie Minogue.
Imagen del vídeo de «Where the Wild Roses Grow» con Nick Cave y Kylie Minogue. .

El documental «Kylie» explica aquel dúo imposible del 1995 que lo cambió todo para ella

28 may 2026 . Actualizado a las 08:37 h.

Fue un tándem de esos que hizo saltar chispas. Nick Cave, el poeta de las profundidades del rock, se aliaba con Kylie Minogue, símbolo del pop hedonista y superficial. Les unía su nacionalidad australiana y la profesión de cantantes. Y les separaba todo lo demás. Ocurrió en 1995 y se plasmó en la canción Where the Wild Roses Grow, incluida en el disco Murder Ballads (1996). De ese encuentro se sirve Michael Harte, director de la serie documental Kylie (Netflix), para trazar el punto de inflexión definitivo en la construcción de la estrella pluscuamperfecta en la que se convirtió Minogue cuando Can't Get You Out of My Head y su adhesivo «la-la-la-la-la-la-la-la» conquistaron el planeta.

El encuentro entre Cave y Minogue causó conmoción. Hoy resulta habitual ver a figuras mainstream como Dua Lipa y Taylor Swift colaborando con músicos indie, pero entonces no. Con una industria mucho más rígida y compartimentada, supuso una fusión imposible de opuestos que trascendía lo musical. En el documental, Nick Cave recuerda que a mediados de los noventa se sentía «atrapado en un estilo de vida que cada vez era más problemático». Con Kylie, en cambio, pudo «ver el mundo de una manera más positiva». Acabaron enamorándose. Kylie, que venía de la ruptura con Michael Hutchence, lo define como «una especie de amor que no era romántico».

Los fans de Cave se quedaron estupefactos con Where the Wild Roses Grow. Pero los de Kylie tampoco reaccionaron bien. «No les gustaba nada que me acercase a su princesa», dice Cave entre risas, recordando cómo en su actuación en el programa Top of the Pops el público le hacía gestos amenazantes pasándose el dedo por el cuello. Podría haberse quedado en la excentricidad de un músico de culto que quería una voz bonita para una pieza. Pero no, Nick Cave realmente admiraba a Kylie. Se maravillaba con ella. Creía que «tenía muchas cosas que decir». Por eso la animó a escribir sus propias letras: «Cuando llegué al estudio me preguntó por ellas extrañado y me dijo: "Si sientes cosas, puedes escribirlas"», explica Kylie.

Tras saltar a la fama como estrella del pop adolescente en 1987 con I Should Be So Lucky y estirar el chicle de la mano de los productores Stock, Aitken & Waterman regando la radio de hits, Kylie quedó en tierra de nadie, con una carrera devaluada y convertida en la diana de la cáustica crítica británica. Su disco Kylie Minogue (1994) no había funcionado. Envalentonada por Nick Cave, lanzó Impossible Princess (1997), donde lo arriesgó todo mezclando trip-hop, electrónica y britpop. El resultado se saldó con un fracaso estrepitoso. Aunque ese álbum se haya revalorizado con el tiempo, en su momento supuso un duro batacazo. La otrora reina de las listas veía cómo las emisoras se negaban a pincharla y su apuesta terminó en un lodazal de sarcasmo, aderezado con el machismo normalizado de la época.

Entonces, Cave entró de nuevo en escena. «¿Por qué estaba haciendo indie? Nadie quiere ser indie por propia voluntad. Eso no es lo que es Kylie», reflexiona él. Con su dedo apuntó al pop, al más excitante y luminoso, ese que hace que la gente se llene de alegría al escucharlo. Ella, que estaba huyendo de allí, se paró a pensar: «El tío más cool del planeta me estaba diciendo: "¿Dónde está el pop?"». Lo vio claro. Iba a volver, pero con todo lo aprendido y sus propias reglas. «Si esto no funciona, estoy acabada», pensó. Lejos de finiquitar su carrera, aquella decisión la llevó a lo más alto en una de las secuencias más prodigiosas del pop contemporáneo.

Con el mítico minishort dorado comprado por 50 peniques en un mercadillo, se colocó bajo la bola de espejos en Spinning Around y encendió la mecha de lo que estaba por venir: Fever (2001), el disco que detonó definitivamente su dimensión global y la consagró como la gran diva del cambio de siglo. Lo logró a través de una cadena de sencillos deslumbrantes (Can't Get You Out of My Head, Love at First Sight, In Your Eyes y Come into My World) y una inercia imparable que la impulsó hasta el 2005. Ese año iba a ejercer de cabeza de cartel en el festival de Glastonbury, pero tuvo que detener su carrera tras ser diagnosticada de cáncer de mama. A aquello se sumaron varios intentos frustrados de ser madre por fecundación in vitro, tal y como recoge la serie, un proceso que terminó golpeándola profundamente a nivel psicológico.

Es la otra cara del éxito en la que el documental también se explaya, explicando la dureza de aquellos días. Además, Kylie habla de un segundo cáncer diagnosticado en el 2021 que no hizo público. Se desvela en el tramo final y el mismo día del estreno ya acaparó los titulares en todo el mundo. Antes de ello, Kylie hace una parada en Glastonbury en el 2019, donde saldó la cuenta pendiente del 2005. En esa mítica actuación invitó al escenario a Nick Cave y, juntos, volvieron a cantar Where the Wild Roses Grow. Era el modo de cerrar el círculo que se empezó a trazar en 1995 y que seguramente muchos de los que se echaron las manos a la cabeza entonces entiendan mejor ahora.