El London City Ballet cuajó una actuación limpia, cerrada en los estándares más canónicos del neoclásico, para rendir homenaje a este estilo con un buen programa mixto, que el aficionado asturiano acogió con gusto
29 may 2026 . Actualizado a las 09:38 h.El London City Ballet llegó a Oviedo el sábado 23 de mayo con un programa mixto de una hora y treinta minutos de duración para rendir homenaje a lo mejor de la creación neoclásica del siglo XX en la cuarta cita de abono del Festival de Danza de Oviedo, tras la cancelación de «Incubatio», de la Compañía Nacional de Danza (CND), prevista para el 25 de abril. Representaba el tercer título de la temporada. Este año, la cita ovetense con la danza se quedó con cuatro títulos en lugar de cinco, más la pieza extra («La Pasión», según Félix Grande) enmarcada dentro del ciclo Off Danza. El neoclásico, tan escaso de ver bien hecho, tomó el protagonismo de la mano de varias de las mejores coreografías del siglo XX.
La velada se abrió con «Haieff Divertimento» (Balanchine, 1945), pieza de 14 minutos de duración, una obra que consigue a todas luces lo que pretende: hacer anatomía de la danza desde la clave del cuerpo danzado, mientras se faculta para bailar. Es decir, en la pieza se proclama el baile, pero también se ensaya. Así fue concebida por uno de los grandes creadores del siglo XX, el norteamericano George Balanchine (1904-1983), inventor de la nomenclatura neoclásica, para acercarnos a la danza como si se tratase de la clase de ballet cuando va a cambiar y convertirse en algo más. Pero este cambio ha de entenderse no como cualquier cosa, sino más bien como una probatura coreográfica a tiempo real, el constructo del ballet hacia adelante, siendo a la vez lo que se construye más el ballet propiamente dicho. No es un juego de palabras, es quehacer dancístico. Es la intención del cambio lo que se proyecta, el lugar donde se instala la coreografía para nacer; o sea, todo lo que llevaba en vena el hombre de cuádruple nacionalidad —soviética, estadounidense, francesa y rusa— y que tanto ha dado a la historia de la danza.
Este «Divertimento», pieza clave del repertorio internacional neoclásico, obtuvo enorme reconocimiento internacional gracias, en muy buena medida, al New York City Ballet (NYCB). La creación de Balanchine lleva inserto mucho de lo nostálgico del ballet, siempre inherente a este arte, y lo conduce a una zona de blancos, negros y claroscuros. Una obra que, precisamente, está dividida en cinco secciones: «Preludio», «Aria», «Scherzo», «Nana» y «Final». Los del London City Ballet estuvieron correctos. Pero casi resulta más meritorio el hecho de que hayan incluido esta pieza dentro de su repertorio que cualquier otra cosa.
En cuanto a la segunda de las piezas de la velada, «Concerto. Pas de deux» (Kenneth MacMillan, 1966), la coreografía se entrega a la música de Shostakóvich y no deja lugar a dudas: cuando hay mucha música, tiene que haber mucha coreografía, aunque, como en este caso, no lo parezca. Pero con MacMillan (1929-1992) al frente, uno de los grandes de todos los tiempos, no caben dudas. Más bien al contrario. Todo encaja a la perfección, como así sucede en esta pieza, tan icónica como fundamental para la historia de la danza. La barra de ballet, el compás (metrónomo), el apoyo, la cortesía de la clase, el respeto a la aquiescencia del control, la coreografía para la cima del clásico o la pureza por antonomasia de la línea prefiguran eso que defendemos siempre desde este espacio en La Voz de Asturias para la danza: la pintura al aire e invisible del ballet.
Es la perfección con la que se llevan brazos, piernas y pies en cada izada, desplazamiento y porté lo que hace que la ejecución sea excelsa, unida a esa especie de slide en la parsimonia. Qué sería del ballet sin ella, sin esa lentitud que provoca que nuestros ojos merodeen más allá de la punta del pie y sigan dibujando la línea invisible que deja tras de sí el bailarín o la bailarina al moverse. Una suerte de visionado corrido. Ese es el valor que aporta MacMillan: hacer bellísimo lo sencillo, al tiempo que lo llena de suma elegancia. Eso podría llamarse humildad y talento creador. El final de la coreografía de este paso a dos, de ocho minutos de duración, es espectacular; una creación de la que una no se cansa nunca de ver. Atinados y justos estuvieron Jimin Kim y Joseph Taylor.
Y llegamos a «Quiet City» (Jerome Robbins, 1986), la última pieza de la primera parte del programa, antes del receso, que discurrió por los mismos senderos que las anteriores: el repaso de la compañía a los grandes nombres del repertorio inglés y estadounidense, un lugar común, pero también excelso, para todas las agrupaciones de habla inglesa. Y que no deje de hacerse.
De la mano del sonido de uno de los grandes compositores estadounidenses y, quizá, el que mejor haya comprendido a qué suena lo más genuino de la casta norteamericana —el colono, el explorador y, por supuesto, el vaquero—, «Quiet City» (Copland, 1939) es una pieza tan rara como poco representada, siendo una de las últimas creaciones de Jerome Robbins (1918-1998) para el New York City Ballet (NYCB), cuando todavía estaba en la dirección de la compañía, tras la muerte de Balanchine. Originalmente fue una obra coreografiada para el bailarín Robert La Fosse, primera figura en la agrupación norteamericana. Lo más destacado de la pieza es la versatilidad que la coreografía aporta a la música de Copland y el agrupamiento del trío masculino de bailarines que atraviesa toda la obra. La pieza es enormemente ensoñadora; podría decirse que es la imagen de una alborada moderna.
Tras el descanso llegamos al final de la cita con la coreografía más larga y también la única del siglo XXI. «Pictures at an Exhibition» (Alexei Ratmansky, 2014) aborda el universo pictórico abstracto de Kandinsky. Su estudio del color es la base de la que tira el también coreógrafo ruso para sumergir al público en todas las fases y capas de la alegoría cromática imaginada por el pintor, mientras se proyecta su obra en el telón de fondo del escenario, al hilo de la evolución de la coreografía. Por momentos se baila la simulación de un tres en raya en las formas y círculos cuadrados, o vemos una manta patchwork, a semejanza de lo que se visualiza y que sirve, a la vez, de galería, exposición y cuadro. Es como si estuviéramos dando un paseo por las salas de un museo. El ritmo al que se sucede la pintura es tan importante como las evoluciones de los bailarines en torno a ella; las delicias que brinda la coreografía y los intérpretes, mientras se rinde culto al creador de la abstracción y al no menos importante teórico del arte. Y todo ello lo envuelven de una alegría inédita, casi infantil, llena de prisas, alientos y ternuras, que hacen que la danza discurra para ser vista, para entretener. Para que, aunque a ritmo y deprisa, sea contemplada, como la pintura.
El elenco del London City Ballet estuvo presto, al punto y sedoso incluso, con una Alina Cojocaru (Bucarest, 1981), la gran bailarina rumana en las filas de los ingleses, ya madura, sí, pero llena de experiencia, una compañera vip todavía en estado de gracia. La rumana que abrió el camino a Nela Núñez, entre otras, en el Royal Ballet, no salió en muy buenos términos de la compañía inglesa, igual que lo hiciera su compañero, el también bailarín Johan Kobborg. Cojocaru ostenta el Benois de la Danza de 2012 a la mejor bailarina. Pero con el Royal Ballet hemos topado.
Buena armonía en las evoluciones de todo el elenco, especialmente en el trío de parejas inicial. Excelentes portés llenos de suavidad y ligereza. Hacia la mitad de la pieza, de 34 minutos de duración, gran secuencia en el quinteto de los cinco bailarines. Bien ejecutado, limpio y con gracia, prestando la vitalidad necesaria a esta buena pieza que cerró la tarde de danza. Estuvieron estupendos los chicos.
Para finalizar, cabe destacar el resurgimiento de una compañía como el London City Ballet, una entidad artística que sostiene a grandes bailarines y aguanta y tira de repertorio internacional, como es el caso de la bailarina anteriormente mencionada. Pero no solo eso: los del London se hacen imprescindibles en un panorama cultural, el europeo, donde empiezan a primar —en unos países más que en otros— programaciones demasiado aleatorias, sujetas únicamente a los números y al sold out, y que no permiten diferencias en los aforos ni apostar por programas donde la interpelación, o sea, la incomodidad, pueda ser un elemento protagónico. Así que bravo por este novísimo-viejuno resurgido London City Ballet. Y que dure.
Ficha técnica y artística
London City Ballet. Momentum, 2025
Director artístico: Christopher Marney
Director técnico: Andrew Ellis
Responsable de escena: Marina Dunford
Producción en gira: Delta Danse
Fotografía e imagen: ASH Photography
«Haieff Divertimento»
Coreografía: G. Balanchine, 1947. The George Balanchine Trust
Música: Alexei Haieff
Iluminación: Andrew Ellis y Mark Stanley
Puesta en escena: Deborah Wingert
Intérpretes-bailarines:
Pareja principal: Yuria Isaka y Alejandro Virelles
Sahel Flora Pascual, Pilar Ortega, Lydia Rose Hough, Ellie Young
Simeon Sorange-Felicite, Josue Gomez, Samuele Barzaghi, Arthur Wille
«Concerto Pas de Deux»
Coreografía: Kenneth MacMillan, 1966
Música: Dmitri Shostakóvich
Vestuario: Jürgen Rose
Puesta en escena: Samara Downs
Intérpretes-bailarines:
Jimin Kim y Joseph Taylor
«Quiet City»
Coreografía: Jerome Robbins, 1986 (para el NYCB)
Música: Aaron Copland
Puesta en escena: Robert LaFosse
Iluminación: Andrew Ellis, basada en el diseño de Jennifer Tipton
Vestuario: Bárbara Matera
Intérpretes-bailarines:
Alejandro Virelles
Samuele Barzaghi, Arthur Wille
«Pictures at an Exhibition»
Coreografía: Alexei Ratmansky, 2014
Música: Modest Mussorgski
Vestuario: Adeline Andre
Iluminación: Mark Stanley
Proyecciones: Wendall K. Harrington
Puesta en escena: Amar Ramasar
Elenco:
Yuria Isaka, Alina Cojocaru
Sahel Flora Pascua, Lydia Rose Hough, Jimin Kim
Simeon Sorange-Felicite, Josue Gomez, Samuele Barzaghi, Arthur Wille, Joseph Taylor
Teatro Campoamor, 23 de mayo, a las 19:00 horas. Duración: 1 hora y 30 minutos (con intermedio de 20 minutos). Cuarto título del Festival de Danza de Oviedo 2026.
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