De pasión encarnada ha teñido su vida y su nuevo disco, «KM0», el artista malagueño. Igual de romántico que siempre, pero más disfrutón y desinhibido que nunca, se presenta el 4 de julio en el Coliseum coruñés
20 jun 2026 . Actualizado a las 19:16 h.Decidió Pablo Alborán (Málaga, 1989) retornar a la casilla de salida después de 16 años de fructífera y exitosa carrera. Y desde ese lugar iniciático, pero con la sabiduría de lo recorrido, recompuso sus emociones, repensó su trayectoria, replanteó sus anhelos, recodificó sus miedos, asentó sus certezas y redefinió sus horizontes creativos. El resultado ha sido KM0, un puñado de canciones escritas con la desnudez y la verdad de quien ya no tiene nada que demostrar, pero sí todo por compartir. Lo hará el 4 de julio, en el Coliseum de A Coruña, en un concierto con la producción de Cavea.
—Dijo que este disco suponía un punto de inflexión, ¿en qué sentido?
—Es un disco que viene tras un momento muy duro en mi familia y otro de muchísima alegría, cuando el trasplante de médula funcionó. Eso hizo que el kilometraje de todas mis movidas se pusiera a cero.
—Seguro que hubo quien cuando escuchó «Clickbait», la canción que abre «KM0», dijo: «¡Ay, que me lo han cambiado!».
—Sí, puede ser. Pero no. Soy más yo que nunca. Esa canción es una crítica a este momento tan confuso que vivimos, en el que no sabemos qué es verdad y qué es mentira, de vivir obsesionados con los likes, con la fama y con contentar a todo el mundo.
—Claro que luego llega la segunda canción, que es una balada, y ya los tranquilizó.
—Pero eso está bien, porque de vez en cuando uno tiene que experimentar para poder volver con más seguridad.
—Y cuando llega la tercera, «Vámonos de aquí», una canción con aires de «country», de nuevo los desconcierta.
—[Se ríe] Es que a mí me gusta variar y experimentar. Se aprende mucho cuando sales de tu zona de confort. Y como yo soy un gran amante del country y de la rumba, me apetecía sacar algo que tuviera esa mezcla de las dos cosas. Pero, obviamente, el disco está lleno de baladas. Y en la gira la balada está en primera línea.
—¿Puede ser que Pablo Alborán haya sido un juguetón, pero que hasta «KM0» no se haya atrevido a mostrarlo?
—Puede ser. Yo siempre he tenido la inquietud de hacer cosas que se salgan de lo que ya sé y de donde yo me muevo más cómodo. Es importante salir a veces de tu burbuja para poder volver con más seguridad respecto a lo que quieres hacer y transmitir. Y además, es que, en general, en la vida, yo me aburro muy rápido. Por eso busco estímulos constantemente.
—La primera frase de su disco es: «Muchos dicen que me conocen, pero no tienen ni idea de quién soy». ¿Quién es Pablo Alborán?
—Yo tampoco lo sé al cien por cien. Somos plastilina. Estoy harto de la gente que dice: «Estos son mis valores, yo soy así y a mí nadie me cambia». En mi caso, cuando viene alguien y me convence, pues cambio de opinión. Es muy sano. Y esa frase también hace referencia a que basarse solo en un titular o en lo que dicen las redes no sirve para conocer realmente a una persona.
—En otra canción habla de preguntarle al espejo quién es realmente Pablo. Cuando hoy se mira al espejo, ¿a quién ve?
—Veo al Pablo de siempre. Sigo teniendo la misma inquietud, la misma pasión las mismas ganas de aprender, de equivocarme, de trabajar... Y luego veo cosas que han cambiado, lógicamente. La ingenuidad que tenía al principio, menos mal, se ha ido puliendo y he aprendido que la industria puede ser muy venenosa si quiere. Pero que también hay una parte muy auténtica y muy vitalista que
tiene su reflejo en la actitud con la que te enfrentas a las cosas.
—En otro momento del disco reflexiona sobre la fama, ¿cómo se lleva con ella?
—La fama es tan fácil demonizarla como quererla. En mi caso, lo que más feliz me hace no tiene que ver con un foco o con la notoriedad, pero hay gente para la que sí. Lo sé por experiencia. Y cuando he vislumbrado que a alguien cercano a mí lo que más le importaba era la fama, el estatus o el posicionamiento, me lo he quitado de en medio enseguida porque no es sano.
—¿Se ha hecho más famoso de lo que querría ser?
—Siempre y cuando me haya hecho famoso por mi trabajo, me da igual. Pero si la gente me conociera por otras cosas, sí que me jodería. He trabajado mucho como para que se me conozca por otras cosas.
—¿Y es más difícil estar preparado para el éxito y la fama o para el fracaso?
—Para el éxito hay que prepararse muchísimo más. Con el fracaso convivimos todo el rato. Pero también depende de lo que entiendas por éxito. He conocido personas para las que el éxito era la fama, el dinero o el ser reconocido, y cuando ha desaparecido todo eso, claro que ha sido un fracaso para ellos, aunque les fuera muy bien en otros ámbitos. También es verdad que a mí me ha ido estupendamente y soy muy feliz, y es muy fácil hablar desde este lugar.
—En «Inciso» habla de «alfileres de nostalgia que nos sujetan sin permiso». ¿Cómo se lleva con la nostalgia?
—Cuando grabé esa canción estaba muy anclado en el pasado y muy obsesionado con que tiempos pasados fueron mejores. Y envejecí 20 años en un año. Después pasó lo de la persona de mi familia que enfermó y algún que otro cambio profesional y, de pronto, sentí todo lo contrario. Sentí que lo mejor está por llegar y que uno no solo siente cosas diferentes sino que también las puede contar de maneras distintas. Por eso escribí KM0, claramente.
—En esa canción también habla de cuando el corazón y el alma piden un inciso. ¿Cuál se lo ha pedido más veces?
—Creo que el alma. Porque al corazón soy yo el que le mete una prisa... [se ríe]. Le meto una zambomba que de vez en cuando me dice: «¡Eh, frena, frena!».
—Hay en el disco muchos adioses al amor, pero están expresados de maneras muy diferentes. Los hay con ilusión, con esperanza, los hay con rabia...
—Esa fue un poco mi obsesión cuando escribía las canciones de este disco. Hay veces que piensas que cantarle al amor es un registro inagotable y otras que sientes que ya lo has dicho todo. Pero sí, en estos dos años me he dado cuenta de que se puede decir adiós sin ningún tipo de drama. Hay veces que he llorado muchísimo cuando he dicho adiós y otras en las que ni yo ni la otra persona hemos llorado nada, porque los dos hemos pensado: «Cuánto nos hemos querido y qué bien que hayamos sabido vivirlo. Y ahora pues, ya está, se acabó».
—En «Te invito» dice: «Vengo del sur con el aire flamenco / Y el Mediterráneo tatuado en la voz». ¿Y el Atlántico?
—Bueno, el Atlántico es cuestión de navegarlo [se ríe]. Tengo muchos vínculos con Galicia porque pasé muchos veranos de mi infancia en A Coruña, que sigue siendo una ciudad que me fascina. Y tengo también muchas influencias de la música celta, la música gaélica y la música gallega.
—¿A qué artistas gallegos admira?
—Hay muchos que me vuelven loco. Carlos Núñez, por supuesto, con el que tuve el honor de tocar en mi gira de teatros, Luz Casal me encanta. Luar na Lubre fue un grupo que escuché mucho de pequeño. Andrés Suárez compone que te mueres. Me gustan Iván Ferreiro, Tanxugueiras... Y ahora, también Xoán Fórneas, que canta increíble y tiene una manera de producir muy loca, que me encanta.
—Le he escuchado decir que una buena parte de lo que sabe de la música lo aprendió cantando en los bares, pero a día de hoy es un circuito que está en peligro.
—Es importantísimo forjar una carrera en antros de mala muerte, en bares, en salas, en discotecas, en lugares donde no hayan elegido escucharte y los puedas convencer, en sitios donde el sonido sea un desastre y te vuelvas loco para poder trabajar y buscarte las habichuelas. Yo he llegado a cantar con un palo de bambú atado con celo al micrófono. Y es cierto que hoy en día falta mucho de eso. Perder ese circuito es como cerrar una escuela. La mejor escuela.
—¿Dónde pone el límite para que su vida no se convierta en un elemento más de la promoción de sus conciertos o sus discos?
—Yo protejo mucho mi vida privada. Cuando he tenido pareja, he intentado mostrar naturalidad pero jamás vender mis entrañas. Cuando alguna persona ha puesto sobre la mesa la posibilidad de cobrar por exponer mi vida, me la he quitado de en medio de inmediato. Fuera de los focos, yo busco mucho la normalidad y poder seguir haciendo lo que me dé la gana. Además, siempre digo que si alguien me quiere conocer bien, que escuche mis canciones. En las canciones encontrará más intimidad que cualquier cosa que yo le pueda contar.
—¿Cómo va a ser el concierto de A Coruña? La nota de prensa habla de una «puesta en escena revolucionaria».
—Es verdad que hay una apuesta muy grande en esta gira. Hemos cuidado mucho el escenario, las luces, los visuales, la realización, el sonido... Y en el repertorio están las canciones más importantes de mis 16 años de carrera y, obviamente, alguna del último disco. Hay ritmo, hay diversión, hay chistes, hay momentos de confidencia y otros más íntimos, de estar solo con mi piano o con mi guitarra... Es un viaje emocional que permite que la gente me conozca un poco más, musicalmente.