De los discos, las giras, el cine y su novela a conquistar la «rave». La artista trae su último espectáculo al Atlantic Pride 2026: «Es una evolución natural de mi trayectoria»
10 jul 2026 . Actualizado a las 09:49 h.La constante reinvención de Zahara (Úbeda, 1983) no es una estrategia, es una necesidad orgánica. Tras sacudir los cimientos del pop nacional con su disco Puta, la artista jiennense ha completado su metamorfosis electrónica abrazando la cultura de club con una propuesta potente, libre y profundamente política. Una catarsis colectiva que este verano se convertirá en uno de los platos fuertes de la séptima edición del Atlantic Pride 2026 en A Coruña. Con ella charlamos sobre el poder liberador de las raves, su debut en la composición cinematográfica para Mi querida señorita, y las luces y sombras de una carrera en la que cuenta que conciliar y ocupar espacios, por el hecho de ser mujer, es una batalla agotadora. «He sido cosificada para vender más copas a hombres, pero me recuerdo a mí misma diciendo: ''Menos mal que no he sido de la generación de mi madre, porque cuántas cosas he vivido que mi madre no pudo''», avanza.
—¿Dónde nace la idea de un «show» como esta «rave»?
—Esta rave es una evolución natural de toda mi trayectoria de gira. Cuando saqué Puta, en la presentación en directo acababa con la canción Berlín U5, que ya evoca ese espíritu ravero de club. De manera muy orgánica el concierto se convertía en una minirrave, porque duraba 10 minutos. Ahí explotábamos todas en el escenario y nos dejábamos llevar por ese poder tántrico que tiene la electrónica. Aquí nació el formato y lo llamamos La puta rave. Luego, al año siguiente, hicimos ya simplemente Zaharave asentando el formato.
—¿Siente que la pista de baile y la cultura del club es en el fondo un espacio político de reivindicación?
—Es que en su origen era eso principalmente. Si las raves nacieron en Detroit, y eran espacios concebidos para desconectar de la precariedad, de la presión laboral y en el que la gente podía encontrar un lugar de desconexión de esa presión con la que vivían y de conexión consigo mismos.
—¿Y en España?
—Fue la ruta del bacalao, en la que era increíble ver cómo la gente que estaba siendo explotada durante la época de la explosión del cemento quería encontrar en la fiesta un momento de desahogue. Estaban bailando con personas con las que, a lo mejor si se las hubiesen encontrado por la calle, se hubieran sentido incómodas. De repente había una travesti, una persona queer que estaba bailando a su lado y, en ese momento, en ese espacio liminal, no existía lugar para el juicio. Simplemente, era la expresión. Yo recojo eso, buscar un lugar donde la música sea un vehículo para conectar con quién sea.
—Personalmente, ¿qué lugares suele frecuentar? ¿Qué podría recomendar como un sitio nicho?
—Suelo irme fuera porque hay más cultura de la rave de día. Yo voy a lugares mucho más estándares que tienen por tradición hacer fiestas de día. Sesiones de 11 de la mañana a 11 de la noche y, por ejemplo, un festival que me gusta muchísimo es Dekmantel, en Ámsterdam. Es muy de electrónica experimental, no solo va lo mainstream. En España también hay sitios muy interesantes, puedes ir a la Copera en Granada, que tiene una programación brutal, y lleva cuidando durante muchísimos años la cultura de club. Otras sesiones que me gustan mucho son Dabadaba, en Donostia, Lanna Club, en Gijón, y Fiesta Skin, en Madrid.
—Habla de la necesidad de desconexión, ¿qué opina de usar móviles en conciertos y eventos de este tipo?
—Con el móvil no solo estás reduciendo tu experiencia a una pantalla, sino que además ya tienes un elemento en la mano que te va a permitir conectar con lo que está fuera, con mirar Instagram, contestar un WhatsApp, mirar los mails..., y te va a alejar completamente de lo que estás viviendo. En un concierto, un lugar donde no tiene por qué existir el tiempo, y que para mí es tan genuino, mi manera de honrarlo es protegerlo. ¿Cómo? Eliminando el móvil, donde ahora mismo lo tenemos todo. Y aparte, yo creo que renunciar al móvil es un privilegio que en el día a día es casi imposible cumplir. Una de las cosas que me gustan de las raves es que te dan la oportunidad de adentrarte en otra dimensión.
—¿Qué supone estar en la composición de la película «Mi querida señorita»?
—Ha sido un sueño cumplido. Creo que mi música está muy conectada con el mundo cinematográfico. Siempre he sentido que es muy expresiva y narrativa más allá de las letras. Ha sido Fernando González quien ha confiado en mí. Trabaja desde las emociones, desde lo que el personaje tiene que transmitir y cómo lo apoyamos con la música, cuáles son las frases donde la música tiene que tener un cambio para que suceda ese apoyo. Lo que más me ha gustado es que Fernando quería proyectar mi esencia. Ha sido como: «¿Qué haces tú? ¿Qué es lo que te gusta? Vamos a utilizar tus sintetizadores».
—¿Cómo ha sido entrar dentro de esta historia y darle contexto y voz?
—Pues ha sido de la mejor manera. Me ha permitido conocer en profundidad esta parte del colectivo donde Adela, un personaje intersex, es interpretada por una actriz intersex. La película en ese sentido hace una gran labor de divulgación y de explicación y aparte de una manera muy tierna y muy bella, muy positiva. El guion es de Alana S. Portero y se nota muchísimo porque tiene la magia de narrar personajes que, aunque hayan sufrido y hayan vivido experiencias dolorosas, son capaces de encontrar la luz en su propia vivencia. No me puedo sentir más identificada, no obviamente con una persona intersex, porque no estoy ahí, pero sí con lo que es la búsqueda de la identidad, con el querer encajar. Yo creo que cualquier persona que haya sentido esa presión, sobre todo mujeres y personas del colectivo sí que han podido verse reflejadas en ello.
—¿La composición para cine le ha ayudado en ese momento a desconectar de la intensidad de las giras o al revés?
—Ha sido un trabajo en paralelo. Como ahora todo en mi vida. Estaba justo recordando cuando escribí mi novela Trabajo, piso, pareja, que fue hace ya nueve años, que pude tomarme la libertad y el privilegio de parar de girar y decir: «Me voy a centrar solo en escribir». Desde ese momento no había podido tener la libertad y el privilegio de centrarme en una sola cosa.
—¿Cree que le está siendo más difícil conciliar por ser mujer?
—La respuesta va a ser siempre que sí. No se me ocurriría lo contrario, no se me ocurre en qué lo he tenido más fácil por ser mujer. Porque a lo mejor las cosas que te puedo decir que son más fáciles también son una manera más de machismo encubierto. No me ha servido de nada ser mujer. He sido cosificada para conseguir vender más copas a otras personas, en concreto, hombres. Entonces, creo que no, en pocos aspectos de mi vida lo he tenido más fácil por ser mujer. Aparte, yo pertenezco a una generación que, comparada con la que venía, ha conseguido muchísimas cosas, pero yo me recuerdo a mí misma diciendo: «Menos mal que no he sido de la generación de mi madre, porque, uf, cuántas cosas he vivido que mi madre no pudo», ¿no? Y sin embargo, yo ahora veo la cantidad de represión con la que me he criado, lugares que no he podido ocupar, lo difícil que ha sido para mí, mi reinvención continua, el tener que pelearme continuamente, el tener que reivindicarme que es agotador para mí y para el resto de las mujeres.
—Si mira hacia atrás, después de todo lo que ha conseguido (discos, giras, libro, película, el salto a las «raves»...), ¿qué le diría a la Zahara del principio que no sabía si podría encajar dentro de todo este mundillo?
—Le diría algo que la fuera animar: «Toda esta mierda que estás viviendo algún día se verá recompensada». No me diría «lo vas a petar» porque la «petación» es un estado inacabado. Me cuesta mucho este trabajo de retrospección y de mirarme a mí misma, tiendo a no hacer ejercicios nostálgicos porque me acaban haciendo mucho daño. O quizás, pues mira: «Llama a tus amigas, cuenta más con ellas, habla de lo que te pasa, no te lo calles, lo que estás viviendo, por desgracia, no solo lo vives tú».