Tamara F. Aranguren, autora de Mi vida con el bicho: «Estoy diagnosticada de trastorno bipolar, no soy bipolar; yo soy más cosas aparte de la enfermedad»

Carmen Liedo
Carmen Liedo REDACCIÓN

CULTURA

Tamara Ferna?ndez Aranguren, autora de Mi vida con el bicho
Tamara Ferna?ndez Aranguren, autora de Mi vida con el bicho

La joven avilesina relata en el libro que acaba de publicar los años de altibajos que precedieron a su diagnóstico y reivindica hablar de salud mental con naturalidad, pero también acudir a profesionales y huir del autodiagnóstico

15 oct 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Tamara Fernández Aranguren tenía cerca de 30 años cuando recibió el diagnóstico que le permitió ordenar muchas experiencias que hasta entonces había vivido sin terminar de comprender. Hoy tiene 36 y habla con naturalidad de su trastorno bipolar, aunque elige con cuidado las palabras: «siempre que me preguntan, digo que estoy diagnosticada de trastorno bipolar, no que soy bipolar», y es que para ella no es un simple matiz porque tiene claro que «yo soy más cosas aparte de la enfermedad que tengo»: es avilesina, es científica biosanitaria y es también la autora de Mi vida con el bicho, el libro que acaba de publicar en el que cuenta parte de su historia y con el que pretende contribuir a dar visibilidad a una realidad que todavía convive con prejuicios, etiquetas y estigmas.

El camino hasta poner nombre a lo que le ocurría comenzó hace seis años y fue, precisamente, lejos de casa. A Tamara le habían concedido una beca de doctorado que la llevó a Argentina, siendo allí donde los cambios en su estado de ánimo comenzaron a hacerse más evidentes. Recuerda que cuando llegó estaba «un poco gacha», pero poco después experimentó todo lo contrario, «de repente, un subidón» que luego fue «fluctuando». Al contarlo a sus padres, estos percibieron que algo no iba bien y le recomendaron buscar ayuda psicológica. En un primer momento le hablaron del llamado «mal del emigrante» y comenzó a tomar una medicación con la que, asegura, se encontraba «como un poco zombi». Sin embargo, cuando llevaba alrededor de dos años en el país, atravesó un bajón mucho más severo, un bajón que califica de «muy gordo, hasta el punto de que tuvo que ir mi madre a buscarme. Yo ya ni decidía ni nada, solo decía: no sé, no sé».

Así, aunque durante un tiempo interpretó los cambios como simples bajones y momentos de euforia, una consulta con un psiquiatra terminó por encajar las piezas. Tamara cuenta de forma muy gráfica las preguntas que le hizo el especialista: si dormía poco cuando se encontraba especialmente bien, si se le acumulaban los planes de todo lo que quería hacer y si gastaba mucho dinero. El «sí, sí, sí» que dio por respuesta a las tres preguntas fueron suficientes para plantear un diagnóstico inicial, aunque, hasta entonces, esos periodos de mayor actividad no le parecían necesariamente un problema: «yo de aquella pensaba que cuando estaba muy arriba, que tenía mucha energía, estaba genial». Podía dormir cuatro horas y levantarse llena de energía, aunque con el tiempo comprendió que aquel ritmo «no es muy sostenible».

«Los diagnósticos son un arma de doble filo»

Recibir finalmente el diagnóstico tuvo para ella un efecto contradictorio: «fue como un respiro, por así decirlo, porque me daba muchas respuestas y todo encajaba muy bien», comenta, y es que, de repente, podía revisar el pasado con otras herramientas y reconocer determinados patrones, aunque también aparecía el riesgo de quedar reducida a una etiqueta. «Los diagnósticos son un poco arma de doble filo», considera la autora del libro, ya que, por una parte, permiten entender lo que sucede y, por otra, arrastran estigmas que todavía pesan sobre los problemas de salud mental. En su caso, contar con el apoyo de familiares y amigos ha marcado la diferencia. «He tenido la suerte de tener un entorno que me apoya mucho», afirma Tamara Fernández Aranguren, que considera que esa circunstancia le ha permitido hablar de su trastorno sin esconderlo y afrontarlo «con naturalidad».

Además, el diagnóstico le ha permitido tener un tratamiento que, si bien no ha eliminado por completo los episodios, asegura que ha contribuido a hacerlos más breves y manejables. Comenta, por ejemplo, que este verano atravesó una etapa depresiva, aunque muy distinta de los nueve meses que pasó hace algunos años en los que prácticamente no podía levantarse de la cama. «Yo sigo teniendo episodios, pero son como más abarcables», explica la joven avilesina, que matiza con respecto a la medicación que la ayuda a no aislarse tanto durante los bajones y también a frenar las etapas en las que siente que se va «demasiado por las nubes». Con los años ha aprendido también a reconocer algunas señales antes de que el episodio avance.

Según explica, el sueño es una de las principales señales de «alarma». Si comienza a dormir bastante menos o, en el extremo contrario, demasiado, sabe que debe estar atenta. Su pareja también conoce esas señales y la advierte cuando percibe un cambio, de forma que esa vigilancia compartida le permite adelantarse: «cuando lo percibo, yo ya puedo llamar al psiquiatra y entonces me ajusta la medicación». Por tanto, dice que haber aprendido a identificar esos indicios le facilita actuar de manera preventiva y «poder cogerlo a tiempo», algo que no ocurría cuando desconocía qué había detrás de aquellos altibajos.

El libro que surgió en un momento de «subidón»

Mi vida con el bicho, el libro que acaba de publicar, nació, paradójicamente, durante uno de esos momentos de especial energía. Después de publicar en redes sociales un texto sobre su diagnóstico, varias personas le sugirieron que escribiera un libro, un reto que asumió sin más: «yo en ese momento estaba de subidón, como digo yo, así que me puse a ello y lo escribí muy rápido». Y es que Tamara señala que «cuando estás muy arriba, todas las ideas y todo lo que te proponen y todo lo que te pasa por la cabeza es como ya, ya, ya». Tal es así que hasta impulsó un crowdfunding, aunque el proceso hasta ver la obra publicada se ha prolongado hasta dos años porque «durante los bajones, no tiraba por nada, así que se fue alargando». Pero, dos años después de escribirlo, el libro ha visto finalmente la luz y ya ha sido presentado, entre otros espacios, en la Casa de la Cultura de Avilés.

El propósito de este libro, propósito en el que insiste Tamara, no es ofrecer respuestas clínicas ni convertir su experiencia en una guía para reconocer un trastorno, «cuando lo escribí más bien pensaba en quitar los estigmas y darle visibilidad al problema», afirma la autora de Mi vida con el bicho, que considera preocupante la tendencia que hay en la actualidad hacia el autodiagnóstico. Es por ello que pone de relieve que «si alguien se siente identificado, lo mejor es que acuda a algún servicio sanitario. Yo no soy ningún experto». Es más, la misma habla del miedo que puede acompañar ese primer paso porque recuerda que cuando una psicóloga le recomendó acudir al psiquiatra en Argentina, faltó a la primera cita porque la idea de necesitar medicación psiquiátrica le producía temor. «A la segunda acudí acompañada por una amiga porque, si no, no sé si hubiera sido capaz», reconoce Tamara, convirtiendo aquella experiencia en parte del mensaje que quiere transmitir: hablar de salud mental sin esconderla, pedir ayuda cuando sea necesario y recordar que, antes y después de cualquier diagnóstico, sigue estando la persona.