Isabel Allende, ganadora del premio Planeta 2026: «Es aterrador ver a un caudillo como Trump erigido ídolo de una mayoría»
CULTURA
«Se pueden cometer los errores del pasado si no estamos vigilantes», advirtió la autora chilena, que 44 años después cierra el universo de «La casa de los espíritus»
17 oct 2026 . Actualizado a las 10:50 h.La euforia tomó la noche del jueves el pabellón número 1 de la Feria de Montjuich de Barcelona tras conocerse la victoria de la narradora chilena Isabel Allende (Lima, 1942) en la edición 2026 del premio Planeta del millón de euros. Por fin se proclamaba ganadora del galardón una figura de peso literario después de dos años en que la calidad de las obras se había cuestionado en operaciones que aprovechaban y ensanchaban la popularidad de protagonistas llegados de la parrilla televisiva de Atresmedia, caso de Sonsoles Ónega y Juan del Val. Se trataba del 75.º aniversario del concurso y se precisaba la reafirmación de una historia que había distinguido a Ana María Matute, Juan Marsé, Manuel Vázquez Montalbán, Soledad Puértolas y Ramón J. Sender, entre otros muchos. A esa sensación euforizante contribuía además que el grupo fundado por José Manuel Lara Hernández asestaba un duro golpe a su gran rival, Penguin Random House, con el fichaje de una narradora contrastada que se tiene por la autora viva más leída del orbe hispanohablante —ya se especulaba con que cuál será la respuesta y a quién les robará ahora la competencia—. Pero es que no se impuso con cualquier texto sino con La hora antes del alba, novela con la que cierra 44 años después el universo de La casa de los espíritus, su libro más universal.
La velada salió redonda por una circunstancia añadida con la que muchos no contaban, quizá confiados a la tibieza que parece definir la edad: a sus 84 años, y en presencia de personalidades como los reyes de España; el presidente del Tribunal Constitucional, Cándido Conde-Pumpido; el ministro Urtasun; y el presidente del PP, Alberto Núñez Feijoo, Allende ofreció un discurso de gran carga política contra los líderes totalitarios, los nacionalismos extremos y el avance de la ultraderecha. En tal sentido, defendió la capacidad de la literatura para alentar una reflexión pausada sobre la realidad más allá de las urgencias de la información sobre los acontecimientos del día servida en la inmediatez por los medios de comunicación, que, sin embargo, dijo, cumplen una función muy importante. «Pero la literatura —adujo— nos da margen de entender, tiempo. Yo escribo de ciertos temas porque están en el aire, porque pesan. Vivo en Estados Unidos. Inmigrantes, desplazados, deportados, confinados... Es un tema caliente, doloroso y cruel. ¿Cómo no voy a escribir sobre eso? La literatura a veces nos cambia porque tiene una manera insidiosa de entrar, una manera maravillosa de captarnos: una buena novela te agarra por el cuello y no te suelta».
Ella, además, recordó, cuenta con la experiencia trágica propia para entender el carácter cíclico de la historia —«todo cambia», incidió— y percibir los matices de lo que ocurre con una perspectiva más amplia que la gente joven. Y evocó el tiempo en que hubo de huir de Chile tras el golpe militar que derrocó a Salvador Allende, que era primo de su padre, para proteger y poner a salvo a sus niños pequeños.
«Hay gente como yo desesperada en contra de todo lo que Trump representa, pero mi hijo y su generación no ven mas allá. Yo en cambio poseo ese bagaje que me permite saber que el arco de la historia de la humanidad es la evolución ascendente. No iremos para atrás, Allende estaría contento de saber que lo que sembró no se ha perdido», proclamó con esperanza. Con esta idea de fondo tejió el relato de Alba —y sus 20 años cuando la arrestan— con el que ganó un Planeta que, celebró, la acercará a nuevos lectores y le procurará el prestigio de un galardón que comparó con el Nobel.
Cuando abandonó Chile, evocó, América Latina sufría una situación terrible con dictaduras, perseguidos, genocidios, torturados, desaparecidos... «El escenario ha mejorado, pero —advirtió—, se pueden cometer los errores del pasado si no estamos vigilantes. Idealizamos líderes autoritarios, populistas. Es aterrador ver a un caudillo como Trump erigido ídolo de una mayoría. Yo ya viví eso y sé el daño que puede hacer», insistió para defender su libertad para hablar claro porque ya no pone en riesgo a sus niños. «Hoy soy una mujer vieja y, sí, me pueden deportar, pero tengo más recursos y nada que perder. Tengo un temor visceral ante lo que ocurre, pero no un temor personal. Podría darse el caso de tener que dejar Estados Unidos e irme a vivir a otro sitio. Puedo marcharme, o no, solo tengo dos perros que llevar conmigo y a mi esposo, pero no habla español», bromeó para restar dramatismo y anotar que es su tercer marido y que bien podría haber un cuarto.
En cuanto a su escritura, explicó que había perdido el gusto de sus inicios por lo barroco propio del boom de la literatura americana y de aquellas novelas inmensas y épicas del realismo mágico. «Vivo en EE.UU. y en inglés, y mi estilo se ha vuelto más conciso y directo. Incluso cuando leo ya no tengo gusto por el exceso, prefiero lo que va hacia la síntesis. Yo he cambiado, pero es cierto que mis personajes siguen padeciendo penalidades, gente solidaria, generosa y valiente que lo pasa pésimo. Si todo esta bien no hay historia», aseguró con humor Allende, que se mostró joven y punzante, aunque parece que sus 84 años le aconsejan no participar en una gira de promoción masiva como la que la editorial acostumbra planificar para lanzar los premios Planeta.
Sergio Hernández, finalista: «Crecí rodeado de silencio alrededor de la Guerra Civil»
Casi fagocitado por el bombazo editorial de Isabel Allende, el finalista Sergio Hernández (Valencia, 1994) logró asomarse a la fiesta del Planeta 2026 con una novela que apela también a la memoria histórica, La añoranza. Pese a su juventud, el escritor, guionista y autor de cómic reivindicó su visión del pasado que nace de la necesidad de enfrentar una orfandad de historias familiares: «Crecí rodeado de silencio alrededor de la Guerra Civil, en esa nostalgia que genera el deseo insatisfecho de escuchar los recuerdos bélicos de los abuelos». Por eso, dice, se siente tan identificado con su protagonista Julia Ferré, que «hereda una herida», esas heridas que, agregó, siguen en España sin cerrarse. Es cierto que la raíz vital profunda de esta obra se halla, prosiguió, en los poetas que leía de niño junto a su padre y que se convirtieron en seres casi mitológicos, como Lorca, Gerardo Diego, Miguel Hernández o Machado, tanto que la muerte de este último se convierte en uno de los motores de la trama. Él, admite, siempre escribió para demostrarse que podía y sería escritor: «Pero no fue hasta esta novela que me pregunté qué tipo de escritor quería ser», afirmó. Hernández quiso dejar claro que el libro es sobre todo una historia de amor entre Julia y el traductor francés Bastián, «construida en torno a lo que un personaje ignora del otro».