Un «banco» que custodia algo mucho más valioso que el oro

G. Guiter REDACCIÓN

CULTURA

Fotografía de archivo (25/02/2020) que muestra a representantes de numerosos países y universidades a su llegada con nuevas semillas al Depósito Mundial de Semillas de Svalbard (SGSV), a las afueras de Longyearbyen, en Spitsbergen (Noruega). La Bóveda Global de Semillas de Svalbard (Noruega), un depósito subterráneo que alberga más de 1,3 millones de semillas de cultivo de 6.300 especies de todo el mundo para salvaguardar la biodiversidad y la alimentación, que ha obtenido este miércoles el Premio Princesa de Asturias de Cooperación Internacional 2026.
Fotografía de archivo (25/02/2020) que muestra a representantes de numerosos países y universidades a su llegada con nuevas semillas al Depósito Mundial de Semillas de Svalbard (SGSV), a las afueras de Longyearbyen, en Spitsbergen (Noruega). La Bóveda Global de Semillas de Svalbard (Noruega), un depósito subterráneo que alberga más de 1,3 millones de semillas de cultivo de 6.300 especies de todo el mundo para salvaguardar la biodiversidad y la alimentación, que ha obtenido este miércoles el Premio Princesa de Asturias de Cooperación Internacional 2026. Lise ˜serud | EFE

Svalbard no promete un futuro sin hambre: conserva alternativas para que, tras una crisis, quede diversidad genética con la que reconstruir cultivos

20 oct 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

En una montaña de roca desnuda, bajo el suelo siempre helado del blanquísimo Ártico, hay una puerta que parece conducir más al futuro que al presente. Detrás de ella, en la isla de Spitsbergen (Noruega), una sucesión de cajas guarda algo mucho menos espectacular que el oro y, sin embargo, potencialmente más decisivo: semillas.

La Bóveda Global de Semillas de Svalbard nació para conservar copias de seguridad de la diversidad de los cultivos del planeta. Es, podría decirse, la ambiciosa Wikipedia del mundo vegetal. En mayo de 2026 recibió el Premio Princesa de Asturias de Cooperación Internacional, una elección que convierte una infraestructura científica discreta en una poderosa imagen pública de la cooperación entre países.

El galardón tiene un significado preciso. El jurado no ha premiado simplemente un almacén frigorífico situado en Noruega, sino el modelo internacional que hace posible su existencia. La Bóveda reúne bancos de germoplasma, gobiernos, científicos y organizaciones internacionales alrededor de una tarea común: evitar que una variedad cultivada desaparezca para siempre por una guerra, un desastre, una enfermedad, un accidente, una mala gestión o una transformación ambiental. Lo habitual de los seres humanos, vaya. El acta del premio la presenta como un modelo de multilateralismo eficaz y como un legado para las generaciones futuras.

La cifra ayuda a entender la escala. En junio de 2026, la colección superó los, ojo al dato, 1,4 millones de muestras de semillas, procedentes de 134 depositantes y representativas de 6.539 especies. La capacidad total de las instalaciones es de unos 4,5 millones de muestras. No significa que existan 1,4 millones de plantas diferentes: una muestra, o entrada, es una unidad conservada de una colección y puede representar una variedad, una población o un material genético concreto. Tampoco significa que Svalbard sea el único banco de semillas del mundo. Su función es más humilde y, precisamente por eso, más útil: ser el respaldo de otros bancos.

Ese matiz evita una de las imágenes más extendidas sobre la llamada «Arca de Noé vegetal». Svalbard no está concebida como un supermercado del futuro al que cualquiera pueda acudir a buscar una semilla. Las muestras siguen perteneciendo a las instituciones que las depositan y solo ellas pueden retirarlas. La bóveda funciona como una caja de seguridad internacional. Los bancos de genes conservan sus colecciones activas, las estudian, las regeneran y las ponen a disposición de la investigación y la mejora vegetal; Svalbard añade una copia en un lugar remoto y estable.

La historia demuestra por qué esa precaución no es una fantasía. En Siria, la guerra obligó al Centro Internacional de Investigación Agrícola en Zonas Áridas, ICARDA, a abandonar su banco de Alepo, que albergaba unas 150.000 muestras. Parte de aquella diversidad tenía duplicados en Svalbard. Desde 2015 pudieron recuperarse semillas, sembrarse en Líbano y Marruecos y volver a depositarse después en la bóveda. El episodio convirtió una idea preventiva en una prueba de utilidad: una copia que parecía innecesaria hasta que dejó de serlo.

Instalaciones del Banco Mundial de Semillas, en Svalbard.
Instalaciones del Banco Mundial de Semillas, en Svalbard. COI | EUROPAPRESS

La ciencia que hay detrás también es menos cinematográfica que la leyenda, pero fascinante. Muchas semillas agrícolas son «ortodoxas»: toleran que se reduzca mucho su contenido de agua y, una vez secas, pueden mantenerse durante largos periodos a temperaturas bajo cero. La razón está en la química de su envejecimiento. El agua favorece reacciones y procesos metabólicos; al disminuir la humedad y la temperatura, se ralentiza el deterioro de moléculas, membranas, proteínas y ADN. Un dato curioso procede de estudios de conservación: en semillas ortodoxas, la combinación de secado y frío puede multiplicar por dos o tres la vida media frente a condiciones menos favorables, aunque la longevidad cambia mucho de una especie a otra.

En Svalbard, las semillas se almacenan a unos -18 grados Celsius. La montaña aporta además una defensa pasiva: el permafrost mantiene el interior rocoso en torno a -3 ó -4 grados. Si fallara la refrigeración artificial, las muestras no permanecerían indefinidamente a la temperatura óptima, pero seguirían congeladas durante mucho tiempo. Es un ejemplo de ingeniería basada en la redundancia: no confiar en una sola barrera. La instalación está excavada más de cien metros dentro de la montaña y protegida por decenas de metros de roca.

Hay otra lección científica en lo que Svalbard no puede conservar. No todas las plantas producen semillas capaces de soportar el secado y la congelación prolongada. Algunas tienen semillas recalcitrantes, sensibles a la deshidratación, y requieren otras estrategias de conservación. Además, una semilla congelada no es una semilla eterna: envejece lentamente incluso en condiciones ideales y necesita controles de viabilidad y, cuando corresponde, regeneración. Por eso, la bóveda no sustituye a los bancos de germoplasma ni a la conservación de las plantas en sus ecosistemas y campos de cultivo. Es una capa adicional de seguridad dentro de un sistema mucho más amplio.

También existe un riesgo que rompe la imagen de refugio invulnerable. El calentamiento del Ártico provocó en 2017 la entrada de agua de deshielo en el túnel de acceso, sin que las semillas resultaran dañadas. El episodio llevó a reforzar las medidas de protección. La paradoja es reveladora: el cambio climático amenaza incluso una infraestructura construida para ayudar a la agricultura a adaptarse a él. Svalbard no es una fortaleza fuera de la naturaleza; depende de comprenderla y de anticiparse a sus cambios.

¿Qué se protege exactamente? No solo comida, sino opciones. Una variedad tradicional puede contener genes asociados a resistencia frente a una enfermedad, tolerancia a la sequía, adaptación a un suelo pobre o capacidad para soportar una determinada temperatura. La agricultura moderna ha ganado productividad, pero la uniformidad genética puede aumentar la vulnerabilidad cuando aparece un patógeno o cambia el clima. La diversidad funciona como una biblioteca de soluciones que todavía no sabemos qué problemas resolverán. Guardar una semilla es, en ese sentido, conservar una posibilidad.

Esa idea conecta directamente con el sentido de un premio dedicado a la Cooperación Internacional. Ningún país puede reunir por sí solo la diversidad agrícola del planeta. Las semillas llevan incorporada una historia humana: selección hecha durante generaciones, intercambios entre comunidades, adaptación a territorios y conocimientos transmitidos entre agricultores. Cuando un banco nacional deposita una copia en Svalbard, no entrega su patrimonio a otro Estado. Lo incorpora a una red de seguridad común bajo reglas internacionales. La soberanía permanece en el depositante, pero el riesgo se comparte.

El símbolo funciona precisamente porque la operación es silenciosa. No hay aquí una gran máquina que produzca alimentos ni un descubrimiento espectacular. Hay cajas, etiquetas, protocolos, congeladores, bases de datos y revisiones periódicas. La cooperación aparece como infraestructura: acuerdos jurídicos, financiación, logística, ciencia y confianza. Es una forma de poder blando y de prevención que rara vez ocupa titulares hasta que una catástrofe demuestra su valor.

Para Asturias, además, el premio tiene una lectura cercana. La conexión no es solo geográfica por la entrega del galardón en Oviedo. La bóveda custodia, aunque casi nadie lo sabe, variedades asturianas depositadas a través de la colección española: trigos de Somiedo, lechugas de Gozón, judías de Cabrales y cebollas de Villaviciosa figuran entre los materiales enviados en 2022. El Principado participa así, con sus variedades locales, en una conversación mundial sobre el futuro de la alimentación. El dato tiene algo de paradójico: una semilla seleccionada durante generaciones en una huerta asturiana puede acabar protegida bajo una montaña del Ártico.

La bóveda, así, no promete un futuro sin hambre ni catástrofes. Hace algo más realista: conserva alternativas. Una semilla congelada no sustituye a un agricultor, un suelo fértil ni una red alimentaria, pero puede preservar una variedad que se haya perdido en otro lugar. Esa es su importancia real. Y su fuerza simbólica nace de la misma idea: ante riesgos que ningún país puede resolver solo, cooperar hoy significa dejar abierta una posibilidad para mañana. La lección: prevenir cuesta menos que reconstruir solo. Esa es, al final, la razón de que una pequeña semilla pueda representar una decisión para el futuro común.