Conocer, conservar, restaurar

Eduardo Fernández Pascual DEPARTAMENTO DE BIOLOGÍA DE ORGANISMOS Y SISTEMAS DE LA UNIVERSIDAD DE OVIEDO E INVESTIGADOR DEL INSTITUTO MIXTO DE INVESTIGACIÓN EN BIODIVERSIDAD

CULTURA

Una planta del Ártico, el algodón de las turberas (Eriophorum scheuchzeri), creciendo en los alrededores de la Bóveda de Semillas de Svalbard
Una planta del Ártico, el algodón de las turberas (Eriophorum scheuchzeri), creciendo en los alrededores de la Bóveda de Semillas de Svalbard Eduardo Fernández

Este verano viajé al archipiélago de Svalbard. Formaba parte de un proyecto sobre semillas árticas, junto con compañeros de las universidades de Copenhague y Pavía. Como le pasa a cualquier botánico que visite ese lugar, nos llamó la atención el escaso número de especies que viven allí de forma natural. Vivir en Svalbard significa soportar sus largos inviernos polares, y sólo alrededor de doscientas especies de plantas vasculares han sido capaces de hacerlo. Todas ellas llegaron allí en los últimos miles de años, después de que se empezaran a retirar los glaciares. Todas lo hicieron por sus propios medios, transportadas por el mar, el viento o las aves.

Durante el viaje, aprovechamos para visitar el emplazamiento de la Bóveda Global de Semillas. Allí, frente a la pobreza de la vegetación natural, dormían cientos de millones de semillas que representaban a miles de especies traídas por los humanos de todos los climas de la Tierra. Para una planta, la semilla cumple la función de pequeña cápsula del tiempo, un refugio donde resistir y esperar tiempos mejores. Las personas llevamos miles de años aprovechándonos de estas propiedades de las semillas. En un espacio pequeño podemos almacenar, con bajo coste y por largos periodos, una cantidad muy grande de biodiversidad. En forma de semillas, todo un bosque puede caber dentro de un armario.

Los primeros graneros del Neolítico servían para almacenar el alimento de un año al siguiente. Sus descendientes actuales buscan preservar los recursos vegetales del planeta. Algunos, como la Bóveda de Svalbard, están especializados en los cultivos de los que depende de forma directa nuestra alimentación. Otros bancos de semillas, como el del Milenio de Kew, conservan las especies silvestres que mantienen funcionando nuestros ecosistemas. En Asturias, el Banco de Germoplasma del Jardín Botánico Atlántico preserva decenas de especies de la flora amenazada y endémica del Principado.

Pero la conservación de semillas es únicamente el primer paso de un proceso que va más allá. Las semillas se conservan para ser usadas. La Bóveda de Svalbard ya se ha empleado para recuperar colecciones afectadas por la guerra de Siria. Los bancos de semillas silvestres se utilizan cada vez más en proyectos de restauración ecológica que permiten recuperar ecosistemas naturales después de una perturbación. 

Para que estas acciones sean posibles, necesitamos comprender mejor cómo funcionan esas semillas de las que llevamos tanto tiempo dependiendo: cómo se forman, cómo germinan, cómo dan lugar a plantas adultas. Tenemos cientos de miles de especies de plantas en nuestro planeta, pero sólo hemos llegado a estudiar y utilizar una pequeña fracción. Para la inmensa mayoría de las especies silvestres, no tenemos prácticamente información sobre la biología de sus semillas. 

Para eso viajamos a Svalbard: para estudiar la regeneración por semillas de las plantas árticas, y cómo responde a los cambios ambientales que se están acelerando en esas latitudes. Para eso mismo trabajan cada día los bancos de semillas, los jardines botánicos y las universidades: para conocer la riqueza de la vida, y conociéndola, conservarla y restaurarla para el futuro.