El premio reconoce a una institución que ha convertido la imaginación en una forma de comunicación universal y que ha creado un puente entre culturas y generaciones
21 oct 2026 . Actualizado a las 17:31 h.En los años 80 del siglo pasado, toda una generación de españoles creció viendo series de anime japonés sin saber (todavía) que lo eran. Aquellas tardes con Mazinger Z, Heidi y Marco y algunos otros posteriores se nos metieron en casa prácticamente sin opciones, porque sólo había dos cadenas de televisión. Y ya forman parte, sin duda, del imaginario español.
Sin embargo, durante más de cuatro décadas, Studio Ghibli ha demostrado que la animación podía ir mucho más allá, ser mucho más que un género destinado al entretenimiento infantil. Desde Japón, el estudio ha construido una obra reconocible en todo el mundo por su extraordinaria calidad visual, pero también por la complejidad de sus historias y por una mirada humanista que sitúa en el centro cuestiones como la infancia, la memoria, la guerra, la naturaleza, la pérdida y la necesidad de convivir. El premio de este año reconoce a una institución que ha convertido la imaginación en una forma de comunicación universal y que, a través del cine, ha creado un puente entre culturas y generaciones.
Studio Ghibli nació en 1985, impulsado por Hayao Miyazaki, Isao Takahata y el productor Toshio Suzuki. Los tres llegaban con una amplia experiencia en la animación japonesa y con la convicción de que el largometraje podía ofrecer posibilidades artísticas que la producción televisiva no siempre permitía. El precedente inmediato fue Nausicaä del Valle del Viento, película dirigida por Miyazaki en 1984 visualmente sofisticada y capaz de abordar asuntos «serios».
El nombre Ghibli procede de una palabra italiana relacionada con un viento cálido del Sahara. Miyazaki, apasionado de la aviación, lo eligió con una intención simbólica: el nuevo estudio debía convertirse en una corriente de aire fresco dentro de la animación japonesa. La apuesta no estaba exenta de riesgos. En sus primeros años, Ghibli trabajó con una estructura pequeña y vinculó su continuidad al resultado de cada película. La fórmula acabaría cambiando gracias al éxito progresivo de sus producciones y a la creación de un sistema de trabajo que permitió desarrollar proyectos cada vez más ambiciosos.
Una de las claves de Ghibli fue desde el principio la diversidad de sus creadores. Miyazaki y Takahata compartían una extraordinaria exigencia artística, pero no tenían la misma manera de entender el cine. Miyazaki tendía hacia la aventura, la fantasía y el movimiento; Takahata exploraba con frecuencia el realismo cotidiano, la memoria y la observación social. Esa diferencia impidió que el estudio quedara reducido a una fórmula. En 1988, la distancia entre ambos quedó especialmente clara con el estreno de Mi vecino Totoro y La tumba de las luciérnagas. La primera convirtió la infancia y la naturaleza en un territorio de asombro; la segunda mostró con una dureza devastadora las consecuencias de la guerra sobre dos hermanos. Las dos películas demostraban que la animación podía tratar tanto la ternura como el sufrimiento sin dejar de ser fiel a su lenguaje.
Durante los años siguientes, Ghibli amplió su repertorio con Kiki, la aprendiz de bruja, Porco Rosso, Recuerdos del ayer, Pompoko y Susurros del corazón. El estudio evitó así la idea de que una película de animación debía ajustarse a una edad concreta o a un tipo único de aventura. Sus protagonistas podían ser niños, adolescentes o adultos; podían vivir en mundos fantásticos o en escenarios cotidianos. Lo que unía las obras era una atención excepcional a los personajes y una confianza poco habitual en la inteligencia emocional del espectador.
Esa confianza se convirtió en una de las señas de identidad de Ghibli. Sus películas rara vez dividen el mundo entre buenos y malos de manera sencilla. Los conflictos suelen enfrentar necesidades legítimas. El desarrollo industrial puede destruir un bosque, pero también proporcionar trabajo; la tradición puede proteger una comunidad, pero también limitarla; una persona puede cometer un daño y conservar, al mismo tiempo, la posibilidad de cambiar.
La princesa Mononoke (1997) llevó esa concepción a una escala épica. La película enfrentaba a comunidades humanas, animales y fuerzas de la naturaleza sin convertir a ninguna de ellas en una caricatura. El conflicto ecológico no aparecía como un mensaje añadido, sino como el núcleo de la historia. En Ghibli, los bosques, los ríos, los animales, el viento y las estaciones no son simples decorados. Forman parte de los mundos narrativos y obligan a los personajes a preguntarse qué relación quieren mantener con aquello que los rodea.
El gran salto internacional llegó con El viaje de Chihiro (2001), que cuenta la historia de una niña que entra accidentalmente en un mundo sobrenatural y debe aprender a desenvolverse en él después de que sus padres sufran una transformación. Bajo la apariencia de una aventura fantástica, Miyazaki construyó una historia sobre la identidad, el miedo a crecer, la codicia y la capacidad de cuidar a los demás. La película ganó el Oso de Oro del Festival de Berlín y posteriormente obtuvo el Óscar al mejor largometraje de animación. Su éxito ayudó a que el cine de Ghibli dejara de ser percibido como una curiosidad japonesa y pasara a ocupar un lugar central en la conversación mundial sobre la animación.
El reconocimiento exterior modificó la percepción de lo que una película animada podía ser. Ghibli demostró que una obra destinada a públicos amplios podía contener silencios prolongados, ritmos contemplativos, personajes moralmente ambiguos, referencias históricas y escenas cuyo objetivo principal no era hacer avanzar la trama, sino permitir que el espectador habitara un mundo. La animación dejaba de ser únicamente un procedimiento para representar lo imposible y se convertía en una herramienta para observar la realidad con otra profundidad.
La atención al detalle explica parte de ese efecto. Cocinar, caminar, viajar en tren, ordenar una habitación, arreglar una bicicleta o contemplar la lluvia pueden ocupar en una película de Ghibli un tiempo considerable. Son acciones aparentemente pequeñas, pero sirven para construir una experiencia. Los personajes no existen únicamente cuando realizan acciones decisivas: también existen cuando esperan, comen, recuerdan o guardan silencio. Esa defensa de lo cotidiano crea una intimidad particular y ayuda a que la fantasía resulte creíble. Los mundos extraordinarios funcionan porque están llenos de gestos reconocibles.
La dimensión artesanal del estudio también resulta fundamental. Ghibli nació en una época dominada por el dibujo a mano y ha incorporado progresivamente herramientas digitales, pero ha mantenido una concepción de la animación basada en la composición, el movimiento, el color y la planificación minuciosa de cada plano. La tecnología se entiende como una herramienta y no como el objetivo. Esa filosofía tiene una resonancia especial en el presente, cuando la producción audiovisual atraviesa una transformación acelerada por la digitalización y por nuevas tecnologías capaces de generar imágenes.
La historia del estudio también ha conocido pérdidas y momentos de incertidumbre. Takahata murió en 2018, después de una carrera que enriqueció profundamente la identidad de Ghibli. Miyazaki anunció varias veces su retirada, aunque regresó al largometraje con El chico y la garza, oscarizado en 2004. Entre tanto, el estudio impulsó a otros directores y exploró distintas formas de continuar su legado. Su evolución empresarial también cambió: en 2005 se constituyó la actual Studio Ghibli como entidad independiente de Tokuma Shoten y en 2023 pasó a ser una filial de Nippon Television Holdings. Pese a esos cambios, la marca cultural del estudio ha permanecido extraordinariamente estable.
La importancia contemporánea de Ghibli, sin embargo, no se limita al número de premios ni a su influencia cinematográfica. El estudio ha contribuido a cambiar la relación de varias generaciones con la cultura japonesa. Sus películas han llevado a públicos internacionales paisajes, tradiciones, criaturas y formas de entender la naturaleza que proceden de contextos concretos. Pero su éxito no se explica porque el espectador tenga que conocer esas referencias. La universalidad de Ghibli nace de su capacidad para conservar lo local y, al mismo tiempo, hablar de emociones compartidas: el miedo a perder a alguien, el deseo de independencia, la nostalgia, la amistad, la incertidumbre ante el futuro o la necesidad de encontrar un lugar propio.
La influencia de Ghibli se extiende mucho más allá de la animación. Ilustradores, cineastas, diseñadores y artistas de distintas disciplinas han encontrado en sus películas una referencia estética y narrativa. También ha cambiado la expectativa del público: después de Ghibli, resulta más difícil aceptar que la animación deba ser necesariamente simple, frenética o exclusivamente infantil. El estudio ha demostrado que la belleza puede convivir con la complejidad, que una historia popular puede ser intelectualmente exigente y que una obra para todos los públicos no tiene por qué tratar a nadie con condescendencia.
En última instancia, el legado de los creadores consiste en haber convertido la imaginación en una forma de conocimiento. Sus películas no ofrecen siempre soluciones, pero sí preguntas: cómo convivir con la naturaleza, qué precio tiene el progreso, qué significa crecer, cómo se conserva la memoria o cómo puede una persona encontrar su lugar en un mundo que cambia. Son preguntas que no pertenecen a una época concreta. Esa es la razón por la que sus películas continúan siendo descubiertas por espectadores que nacieron mucho después de su estreno.
El Premio Princesa de Asturias de 2026 reconoce, por tanto, una trayectoria artística, pero también una manera de entender la cultura. Ghibli ha creado un cine capaz de unir generaciones y países sin borrar las diferencias entre ellos. Ha demostrado que una historia nacida en un contexto profundamente japonés puede adquirir un significado universal sin perder sus raíces. Y ha recordado, en una época dominada por la aceleración tecnológica, que mirar despacio también puede ser una forma de comprender.
Más de cuarenta años después de su nacimiento, Studio Ghibli ya no es solamente un estudio de animación japonés. Es una referencia cultural internacional y una prueba de que la imaginación puede ser popular sin ser superficial. Sus películas siguen invitando a mirar el mundo con curiosidad, a reconocer la fragilidad de la naturaleza, a aceptar la complejidad de las personas y a conservar una parte de la infancia incluso después de haberla dejado atrás. Quizá ahí esté la razón más profunda de su permanencia: Ghibli no ha creado únicamente personajes memorables o mundos extraordinarios. Ha creado una forma de mirar.