El penúltimo salto de «la pulga»

B. Blasco REDACCIÓN

CULTURA

Leo Messi, celebrando un gol con Argentina durante el pasado Mundial.
Leo Messi, celebrando un gol con Argentina durante el pasado Mundial. Mariscal

El Premio reconoce una trayectoria extraordinaria tanto como la labor solidaria, que unos minutos poco edificantes del Mundial no pueden anular

23 oct 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

En todos los premios existe un cierto riesgo en que algún momento se pongan en cuestión los valores por los que se dieron ese premio. O se revele posteriormente algún aspecto incómodo, oscuro o contradictorio del personaje que el jurado no pudo ver: esto es normal cuando se otorga un galardón de alguien en vida (e incluso más allá). Algunos reconocimientos siguen siendo controvertidos durante décadas después de haberse producido.

Sin duda habrá muchas personas, dentro y fuera de España, para quienes el Premio Princesa de Deportes haya quedado este año un tanto deslucido. Pero vamos al grano: la actuación de Messi y su selección a lo largo del último Mundial de Fútbol —y no sólo en el bronco partido de la final— distó de ser ejemplar en cuanto a deportividad.

Pero una cosa, o mejor dicho, dos, no dejan de ser ciertas: La primera, que no se puede achacar a Messi todos los actos de sus compañeros y, la segunda, que una tarde desafortunada no puede anular toda una larga trayectoria deportiva. Y si algo tiene Lionel Andrés Messi, apodado cariñosamente «La Pulga» por su entorno familiar, es trayectoria. Su zurda ha dibujado diagonales imposibles, desarmado defensas y convertido la aparente sencillez en una forma de arte para los aficionados. Durante más de dos décadas, el argentino ha construido una carrera que desafía los récords de sus predecesores.

Además, la distinción reconoce tanto sus éxitos deportivos como su repercusión internacional y su labor solidaria. El palmarés de Messi ofrece argumentos suficientes para justificarla: ocho Balones de Oro, numerosos títulos nacionales e internacionales, dos Copas América y el Mundial conquistado en Catar en 2022. Su fútbol ha inspirado a millones de personas y ha contribuido a que distintas generaciones encuentren en el deporte una fuente de admiración.

Aquel chico de barrio

Messi nació el 24 de junio de 1987 en Rosario, Argentina. Desde niño mostró una habilidad extraordinaria para controlar el balón, regatear y encontrar soluciones donde otros apenas veían obstáculos. Su desarrollo futbolístico comenzó en Newell's Old Boys, pero un problema de crecimiento que requería tratamiento hormonal condicionó sus posibilidades. A los trece años se trasladó con su familia a Barcelona, donde el club asumió el reto de desarrollar su talento y facilitar su tratamiento.

Su incorporación a La Masía fue el comienzo de una relación que marcaría su vida. El debut con el primer equipo llegó en 2004. Pronto quedó claro que no se trataba únicamente de un jugador con una capacidad excepcional para el regate. Messi, dicen los que saben, combinaba aceleración, precisión y visión de juego con una lectura de los espacios que le permitía anticiparse a los defensores. Su fútbol parecía espontáneo, pero detrás de cada movimiento había una comprensión del juego difícil de igualar.

Leo Messi, en una imagen de archivo, en su etapa de jugador del FC Barcelona en un partido contra el Real Madrid
Leo Messi, en una imagen de archivo, en su etapa de jugador del FC Barcelona en un partido contra el Real Madrid BENITO ORDÓÑEZ

Con Pep Guardiola alcanzó una de las cimas de su carrera. Integrado en un equipo que dominaba la posesión y presionaba de manera coordinada, se convirtió en el protagonista de un Barcelona que conjugaba eficacia y belleza. Junto a Xavi Hernández, Andrés Iniesta y otros compañeros, participó en una etapa que cambió la percepción del fútbol de clubes.

Los títulos se sucedieron. Messi ganó cuatro Ligas de Campeones con el Barcelona, diez Ligas españolas y siete Copas del Rey, además de numerosos trofeos nacionales e internacionales. Se convirtió en el máximo goleador histórico del club y en uno de sus futbolistas más determinantes. En 2012 anotó 91 goles en un año natural, una cifra que resume su capacidad para sostener un rendimiento extraordinario durante periodos prolongados.

Sus ocho Balones de Oro refuerzan una candidatura sólida al título de mejor futbolista de todos los tiempos, aunque esa discusión nunca podrá resolverse únicamente mediante estadísticas. Pelé, Maradona, Cruyff y Cristiano Ronaldo pertenecen a épocas y contextos distintos.

Messi recibe su octavo Balón de Oro
Messi recibe su octavo Balón de Oro STEPHANIE LECOCQ | REUTERS

Su salida del Barcelona, en 2021, puso fin a una relación que parecía inseparable. Los problemas económicos del club impidieron formalizar su continuidad y el argentino tuvo que despedirse de la entidad en la que había desarrollado prácticamente toda su carrera profesional. El episodio mostró que ni siquiera una figura de semejante dimensión está por encima de las circunstancias financieras e institucionales.

Su etapa en el Paris Saint-Germain fue menos brillante. Ganó títulos nacionales, pero no alcanzó el mismo grado de identificación con la afición ni reprodujo el dominio futbolístico de Barcelona. En 2023 se incorporó al Inter Miami, una decisión que amplió la proyección internacional de la Major League Soccer y le permitió afrontar una nueva etapa profesional.

Argentina: la deuda saldada

La relación de Messi con la selección argentina fue durante años una historia de frustración. Mientras acumulaba éxitos en Barcelona, una parte de la afición cuestionaba su capacidad para trasladar ese dominio a la camiseta albiceleste y desataban odiosas comparaciones con Maradona. La derrota ante Alemania en la final del Mundial de 2014 y las finales perdidas de la Copa América de 2015 y 2016 prolongaron la decepción. Tras perder esta última, Messi anunció temporalmente su renuncia a la selección.

Messi celebrando con el trofeo tras ganar la Copa América 2024
Messi celebrando con el trofeo tras ganar la Copa América 2024 Agustin Marcarian | REUTERS

La Copa América de 2021 cambió el relato. Argentina derrotó a Brasil en el Maracaná y el rosarino conquistó su primer gran título absoluto con la selección. El equipo de Scaloni había encontrado un equilibrio que permitía al capitán decidir los partidos sin asumir todas las responsabilidades.

El Mundial de Catar de 2022 fue la culminación de ese proceso. Messi marcó siete goles, participó decisivamente en las principales jugadas ofensivas y condujo a Argentina hasta una final memorable contra Francia. El empate a tres goles y la resolución por penaltis dieron forma a uno de los encuentros más intensos de la historia reciente de los Mundiales. Argentina se proclamó campeona y su capitán levantó el trofeo que había perseguido desde la juventud. La Copa América de 2024 reforzó esa posición. Argentina volvió a ganar y consolidó una generación que había recuperado la confianza.

Y llegó la final

La final del Mundial de 2026 entre España y Argentina añadió un colofón poco brillante a su trayectoria. Messi, a sus 39 años, afrontaba su tercera final mundialista. La derrota fue dolorosa para Argentina, que aspiraba a prolongar el éxito de Catar, pero el debate posterior se concentró también en las protestas y los incidentes producidos durante y después del encuentro.

Sería injusto convertir su actitud en la definición completa de una carrera. El fútbol de máxima competición se desarrolla bajo una presión extraordinaria y los jugadores tienen motivos para cuestionar decisiones arbitrales que consideran perjudiciales. Messi acababa de perder una final mundialista y su reacción podía entenderse dentro de ese contexto, o al menos es la explicación que buscaron sus partidarios.

Tras el encuentro se produjeron feos enfrentamientos entre jugadores argentinos y españoles que provocaron intervenciones en cadena de otros integrantes de ambas selecciones. Los empujones y las discusiones empañaron una final que debería haber sido recordada principalmente por su dimensión deportiva. La FIFA abrió una investigación disciplinaria sobre los sucesos posteriores, aunque una investigación no equivale a una declaración de culpabilidad de todos los futbolistas implicados.

Messi, en su partido de despedida con Argentina
Messi, en su partido de despedida con Argentina DPA vía Europa Press | EUROPAPRESS

La controversia también reabrió el debate sobre la ejemplaridad de los grandes deportistas. Durante años, Messi ha proyectado una imagen de discreción y moderación, más cómodo con el balón que con los discursos. Esa personalidad ha favorecido una identificación basada en el talento y el trabajo, pero también ha contribuido a idealizarlo. Ser reservado no significa carecer de ego, del mismo modo que un gesto desafortunado no convierte a alguien en una persona indigna de reconocimiento.

Más allá del campo

El Premio Princesa de Asturias de los Deportes no reconoce exclusivamente la habilidad técnica. Su dimensión pública implica valorar la contribución del premiado al deporte y a la sociedad. Por eso la concesión a Messi plantea una cuestión pertinente: ¿qué significa considerar ejemplar a un deportista? No puede exigírsele que sea impecable en cada circunstancia, pero tampoco debería suponerse que acumular títulos garantiza automáticamente una superioridad moral.

La respuesta exige separar ámbitos distintos. Messi ha desarrollado una carrera extraordinaria, ha inspirado a millones de jóvenes y ha participado en iniciativas solidarias vinculadas a la infancia. Su fundación promueve proyectos relacionados con la salud y la educación de niños en situación vulnerable, y su vinculación con UNICEF como embajador de buena voluntad ha contribuido a dar visibilidad a esas causas.

La influencia comercial de Messi añade otra dificultad. Su nombre moviliza audiencias, patrocinadores y seguidores en todo el mundo. Esa popularidad puede servir para difundir mensajes positivos, pero también alimenta una industria que transforma a los deportistas en personajes casi mitológicos. Una jugada extraordinaria se presenta como prueba de perfección; una protesta desafortunada amenaza con convertirse en la revelación definitiva de un supuesto defecto de carácter. La realidad, mucho menos espectacular, suele ser más compleja.

Un legado

La final perdida ante España dejó a Messi sin una segunda Copa del Mundo, unas lágrimas que fueron televisadas en todo el mundo. No pudo despedirse de la competición con otro título y tuvo que aceptar un desenlace doloroso. El deporte rara vez concede finales perfectos. Incluso los mejores pierden partidos, fallan ocasiones y reaccionan de manera poco afortunada ante la frustración.

Su legado se mide en goles, asistencias, títulos y récords, pero también en la forma en que transformó el juego. Messi convirtió el regate en una herramienta de organización ofensiva, combinó la capacidad de finalización con la visión de un centrocampista y mantuvo una regularidad excepcional durante años. Su fútbol fue mucho más que una colección de jugadas espectaculares: ayudó a definir la identidad de uno de los mejores equipos de la historia y condujo a Argentina hasta la cima mundial.

El Premio reconoce una trayectoria que ya ocupa un lugar destacado en la historia del fútbol. Messi lo recibe después de haber conquistado los principales títulos de clubes y selecciones, de superar una larga etapa de frustraciones internacionales y de inspirar a generaciones de jugadores.

Foto de archivo de Messi celebrando la Copa del Mundo en Catar.
Foto de archivo de Messi celebrando la Copa del Mundo en Catar. FRIEDEMANN VOGEL | EFE

Él seguirá siendo, con toda probabilidad, uno de los futbolistas más influyentes de todos los tiempos, aunque su última final mundialista haya dejado imágenes incómodas. Su legado no se decide en una protesta, como tampoco se explica únicamente mediante una colección de trofeos. Se construye en la suma de sus logros, en el modo en que transformó el fútbol y en la capacidad de mirar sus luces sin ocultar sus sombras.

El galardón presenta a Messi en su complejidad: el futbolista extraordinario, el símbolo nacional, el referente solidario y el competidor que, en una noche de máxima tensión, también mostró sus límites. Esa combinación no disminuye su historia; la devuelve a su verdadera dimensión humana.