Decir «No» viene bien

Yolanda vázquez

CULTURA

Albert Hernández e Irene Tena, al finalizar su actuación en el Antiguo Instituto de Gijón
Albert Hernández e Irene Tena, al finalizar su actuación en el Antiguo Instituto de Gijón La Venidera

La Venidera se abona a la resistencia y al diálogo como presupuesto vital y cuaja con «No» sus intenciones creativas que disparan la frescura y la juventud como arma coreográfica. Junto a la compañía catalana, Ana Morales y Lorena Nogal, entre otros, siembran de identidad contemporánea el DX-26, una cita marcada por una extensa programación y la apertura de la actividad a la periferia de Gijón, al barrio de La Camocha. La compañía La Intrusa elige el Jovellanos para celebrar su 30 aniversario sobre las tablas

21 oct 2026 . Actualizado a las 19:22 h.

Han pasado unos cuantos años, —no muchos, por eso— cuando el Ballet Nacional de España (BNE) de gira con «La Bella Otero» (2021) se acercó al teatro Campoamor para poner sobre el escenario la que entonces era una de sus producciones estrella por montante económico y proyecto artístico, capitaneada la agrupación, igual que ahora, por Rubén Olmo. En aquella gira y en las filas de aquel elenco se situaban los hoy premiadísimos Albert Hernández (Barcelona, 1997) e Irene Tena (Barcelona, 1998). Entonces, la pareja se afanaba en difundir humildemente parte del trabajo, que ya habían iniciado, y que maestras como Maribel Gallardo les ayuda a promocionar. Sus tarjetas de visita (negras, cuadradas y en papel) aclaraban una parte de sus intenciones al tener como reclamo, en primera instancia, algo analógico, además del consabido perfil en Instagram. (Gusto que así fuera, la verdad sea dicha).

Sus roles en aquel plantel coreográfico y sus incursiones, todavía muy medidas, fuera del seno de la compañía, familia a la que vuelven como artistas invitados para engrosar las filas de la exitosa producción «Afanador», dejaban ya huella de forma más masiva de la que parecía. Por entonces, la regla de las clases en las filas del BNE ya estaba forjada en sus jóvenes cuerpos y el código fuente, grabado a fuego, les proporciona ahora la sabiduría indispensable para saber qué hacer y qué no hacer, y explicar por qué lo uno o por qué lo otro, al estar tan bien instaurada con destreza y plenitud. En cualquier caso, el largo aprendizaje y el dominio de la nomenclatura de la danza española y el flamenco se constituyen ahora como basales para su «No» (2025).

«No» es la pieza con la que públicamente se ha conocido la travesía en la que, como ya hemos dicho, estaban inmersos Hernández y Tena, y que el trabajo para montar «Afanador» (2023), en el seno del BNE, de la mano de Morau y La Veronal, acabó de disparar con sentido de confirmación y riesgo. Había que plantearse seriamente lo de echar a andar en solitario, explicaba el propio Hernández en el encuentro tras la función de la representación de la versión reducida de «No», el pasado sábado, 11 de octubre, en el espacio de La Danzatería, en el Centro de Cultura Antiguo Instituto (CCAI) de Gijón. Desde entonces hasta ahora el dúo solo ha hecho que crecer.

Si bien es cierto que han sabido a quién tocar para esto del asesoramiento (bueno es hacerlo, hasta que alguien quiera cobrarse algún rédito de más), más cierto es, todavía, el hecho de que sus creaciones han destilado una seña de identidad propia, que nunca deja el baile y la técnica de lado (cuestión muy importante), sino más bien se diría que su quehacer dancístico ha sabido promover la afección de una estética fresca, nueva de protesta, una interpelación que los define tanto como los hace artistas.

La compañía La Venidera, la dupla compuesta por Albert Hernández e Irene Tena, se llegó al patio del Antiguo Instituto para ofrecernos una versión de 20 minutos de su pieza «No», una obra de 70 minutos de duración, galardonada este año con tres Max (mejor espectáculo de danza, mejor coreografía y mejor interpretación femenina), con el ánimo de instaurar en la cita de Gijón con el contemporáneo, la novedad entre las novedades, al lado de las representaciones de Ana Morales con su, «Rapsodia, fantasía subterránea» y Lorena Nogal con su trabada «Picassa», entre otras. El patio del CCAI acoge como buenamente puede producciones que o bien se deben acortar, o bien digamos se «apañan» para que el ínterin escénico, coreográfico y narrativo se resienta lo menos posible. Aun así, humildemente, hay cosas que no se deberían forzar más.

Descrear: Martillo, zapato, micro y silla

Pero intentando ahondar en un poco de lo que hacen y tomando la pieza en su totalidad y no solo 20 minutos, se podría decir que «No» en realidad no es una negación; es más bien lo contrario: una afirmación. La pieza es una confesión donde cuatro pies se esfuerzan mucho por quedarse en el suelo para hablar, sin parar y en silencio, de lo que no se debe hacer haciendo. El martillo clava la pulsera del zapato a la silla, para dejar que los pies hablen solos, como si de esa manera la desnudez pudiera tener un efecto semi-automático, incluso para el lenguaje de la danza española; un entendimiento reflexivo interesante que instala al espectador, nunca mejor dicho, en la expectativa.

Si algo tiene de bueno la propuesta de La Venidera es el modo de ofrecer ese camino a la inversa: en lugar de crear flamenco, se descrea. Descrear es, ni más ni menos, que estar atento a desaprender: si lo que tengo es código (nomenclatura, regla y norma del baile), el ejercicio realmente interesante es el de vaciarse de todo eso para intentar preguntarse qué es lo que quiero hacer. Como ópera prima «No» es lo que plantea, y lo hace de manera singular, tan sincera como plena. La obra al completo, no solo el extracto que se vio en Gijón (el comienzo de la pieza), como creación intenta argumentarse así misma desde su mismo inicio. El poder extractivo de sacar «lo que se necesita» del hueco que se abre en el suelo del escenario para luego meter «lo que sobra» es lenguaje metafórico que sustenta, de principio a fin, una manera de contar, porque la pareja quiere romper con lo aprendido y bailar sin tempo, ni musical, ni coreográfico, ni tonal. Quieren se átonos para ser honestos.

Tena y Hernández, en estos momentos, están preocupados por desaprender. Por eso, verles bailar es, a su vez, un acto de aprendizaje y atención para el espectador, algo que ya ocurrió con otros bailarines y otras obras, caso de Daniel Doña y cía., por ejemplo. Desaprender para descrear es algo que les interesa mucho a los dos. «Nuestra responsabilidad creció a medida que creíamos que debíamos salir del lenguaje impositivo (nomenclatura) en el que estábamos metidos; debíamos quebrar esos límites, y dejar la ortodoxia a un lado para avanzar hacia lo que cada día se nos iba manifestando. Y así surgió: de una pieza corta, algo más largo», explicaba Hernández en La Danzatería, instantes después de su representación en el patio del Antiguo Instituto de Gijón. «Lo que queríamos era zapatear sin tiempo», concluye el bailarín.

En la pieza, los planos dramáticos para la joven pareja, o bien se dan a la par, o bien se superponen individualmente, como en el caso del solo que se gasta Tena, tras desarrollar una transformación realmente plástica y evocadora. Y es que el Max a la Mejor interpretación femenina lo es para la bailarina, además de por su técnica, por la corporalidad de su carga teatral y dramática, por la cara de susto que siempre tiene; un careto, que, si una repasa la historia de la danza escénica española, es muy clásico, por otra parte.

Desde esta perspectiva, las ataduras al lenguaje y al pasado se desdibujan de forma respetuosa, y llena de encanto. Golpe, quiebro, manotazo, colocación, pose, express; golpe, quiebro, manotazo, colocación, pose, express; y lo repetimos en la silla, de pie o en el suelo. Milímetro a milímetro, percutiendo y sin percutir, para deshacer el paso, lo bailado y el paseo. Sentar, mirar, callar. Y lo repetimos. Y junto a todo esto, que bien pudiera parecer el trozo de una partitura de John Cage, hacemos de la expresión de la danza carne de futuro, acompañada por una sonoridad, tan precisa como elocuente, que viste a la perfección la coreografía: una forma de estar cerca desde lejos. «Solo nos queda arder, quemarlo todo», «la realidad es para los dormidos», «somos lo que ya fueron otros», dicen en escena. Honestidad y respeto. (Hay que decir que queremos más de esto. Mucho más.)

La elegancia como seña de identidad es otro de sus argumentos. Ambos son enormemente elegantes en escena; hacía mucho que no se veía lo mejor de la elegancia de la danza española, —que dicho sea es muchísimo y define a un país—, rediseñada para el siglo XXI con este aspecto, en el fondo, tan delicado. Es de esperar que eso no se les pase por mucha modernidad, ruptura y disrupción que contenga, o no, lo que vayan a hacer, o no, en el futuro. La limpieza de esa elegancia es de ellos; esa suavidad, que casi a veces se hace sedosa bajo luz de escena es, ahora mismo, en el panorama de la danza escénica española, única.

El celo que la pareja pone a su rango creativo los lleva al lugar del agradecimiento, pero también al de la deuda. A veces, pesa un tanto en su diálogo, ese exceso de sentirse, precisamente excesivamente deudores, de algo o de alguien que ciertamente les ayudó en algo que, por su propia juventud, no sabían verbalizar, pero sí tenían. Por otra parte, a cualquier joven con verdadera inquietud le pasa eso.

No se debe olvidar nunca que la danza, como disciplina artística, no deja de ser un trabajo sobre uno mismo; hay quien lo encara de forma completista (de momento Tena y Hernández así lo hacen) y hay quien solo lo hace desde la estética y la vanidad, aspectos, estos últimos, ahora mismo desmadrados por completo para muchos bailarines, palpables, del todo, en el elevamiento y traslado de la divulgación de sus producciones y sus cuerpos en redes sociales. (A veces, tremendo, de vergüenza ajena).

Quizá, el reto de la escena, entendida como la gran casa de la representación, sea ese: desdigitalizarse. Más que nunca, ahora en este tiempo, estar en la vida sabiendo decir NO se vuelve un argumento irrenunciable; más si cabe viendo hacia donde nos encaminamos: hacia un mundo lleno de referencias que no identifican ni a ideas ni a personas; sin saber, en absoluto, el conocimiento con el que se identifican esas mismas referencias. ¿De qué sirve conocer la carretera si no sabes a dónde vas o qué llevas en la maleta?

La afirmación negativa de La Venidera nos hace pensar que estaría bien, de cara al futuro, crear obras en torno a la decadencia de la creación; hacia esa desmesura productiva que se vende como autenticidad y arte, y que no es más que mera producción autojustificativa, nada reflexiva y, desde luego, muy poco autoral. Son fotocopias; casi todo es una fotocopia. Decía Simone Weil, allá por 1938 del siglo XX, que la cuantificación nos hace absolutos esclavos, en tanto seres irreflexivos y autocomplacientes; ya no vemos en el arte nada más que producción (o reproducción) y muy poca belleza. No solo no la vemos, es que ya tampoco la reconocemos; y mucho más desde que hemos sacado de la ecuación de la creación la cualidad del dolor. El dolor ni tocarlo, de eso no se puede ni hablar, ni siquiera como factor netamente humano.

Tremendo error: el que define estos tiempos. Estamos a milímetros de vivir con el pensamiento completamente anestesiado, mejor dicho, sin saber en qué consiste pensar, solo en el limbo de la autojustificación feliz y perpetua para todo y para todos, viviendo sin esfuerzo, pero, sobre todo, viviendo sin ningún mérito individual ni colectivo. Pero ese es tema para otro artículo. Tan solo nos resta decir, de aquí en adelante, que vengan más «noes». Gracias, pareja.

La pareja en el escenario de Danza
La pareja en el escenario de Danza YV Comunicacion

Ficha artística y técnica

«No», (2025)

Dirección, coreografía e interpretación: Irene Tena, Albert Hernández

Asesoramiento artístico: Marcos Morau

Música original y composición: Manuel Urbina, Derek V. Bulcke

Música en directo e interpretación: Derek V. Bulcke

Asesoramiento flamenco: Marco Flores

Colaboración especial (voz): Gabriel de la Tomasa

Diseño espacio sonoro: Carlos Parra

Diseño escenografía: Paula González

Diseño de iluminación: Gabriela Bianchi

Diseño de vestuario y sastrería: Santamarta

Imagen y audiovisual: Abgonal, Jorge Rico, Derek V. Bulcke

Producción Ejecutiva: Paola Villegas, Gabriel Blanco, Andrea Méndez (Spectare)

Management y distribución: Lola Ortiz de Lanzagorta (New Dance Management)

Coproductores: Centro Danza Matadero, Festival Grec y Fira Mediterrània de Manresa.

Con el apoyo de la Comunidad de Madrid e INAEM.

Reseña de la representación de la versión corta de «No» en el patio del Centro de Cultura Antiguo Instituto de Gijón (CCAI), el día 10 de octubre de 2026, sábado, a las 20.30 h., con una duración de 20 minutos, dentro del programa de la XXVI edición del certamen de danza contemporánea Danza Gijón/Xixón de la Fundación Municipal de Cultura y Universidad Popular del Ayuntamiento de Gijón.

Yolanda Vázquez es periodista profesional especializada en danza, @contado_con_el_cuerpo en Instagram.