Barnes apela al espíritu de Cervantes para reivindicar la vigencia de los clásicos

CULTURA

El escritor Julian Barnes, Premio Princesa de Asturias de las Letras, durante la ceremonia de entrega de los Premios Princesa de Asturias 2026, en el Teatro Campoamor de Oviedo este viernes
El escritor Julian Barnes, Premio Princesa de Asturias de las Letras, durante la ceremonia de entrega de los Premios Princesa de Asturias 2026, en el Teatro Campoamor de Oviedo este viernes BALLESTEROS | EFE

El escritor británico defiende que la creación artística es un diálogo atemporal entre autores y no una carrera hacia la perfección

23 oct 2026 . Actualizado a las 18:51 h.

El escritor británico Julian Barnes, Premio Princesa de Asturias de las Letras 2026, conmovió al Teatro Campoamor de Oviedo con un discurso centrado en la creación artística y la idea de progreso en la cultura.

En su intervención, Barnes rememoró sus años de juventud, cuando daba por sentado que las artes avanzaban de forma inevitable en una línea continua, al igual que lo hacían la ciencia, la tecnología, la sociedad y la política. Recordó cómo en la enseñanza se presentaba la historia de la literatura y de la pintura de manera estrictamente cronológica (desde el primitivismo y el clasicismo hasta el romanticismo, el realismo, el impresionismo, el modernismo y el posmodernismo), lo que inducía a pensar que cualquier corriente nueva superaba de forma automática a la anterior. Recordando aquella etapa de formación, el galardonado admitió: «daba por sentado sin la menor duda que cada una de las artes, a lo largo de los siglos, evidenciaba un progreso inevitable».

Sin embargo, el autor explicó cómo con el paso del tiempo comenzó a percibir que el desarrollo cultural no responde a un esquema lineal. Para ilustrar estas contradicciones, citó el caso de Voltaire, quien en el siglo XVIII desestimaba la obra de William Shakespeare por su falta de buen gusto y su desconocimiento de las normas dramáticas, frente a la lectura que en el siglo XX realizó el crítico polaco Jan Kott en su obra Shakespeare nuestro contemporáneo, donde destacaba la capacidad del dramaturgo inglés para comprender y anticipar la realidad moderna. De igual modo, recordó la visita del pintor Auguste Renoir a España, que decidió acortar tras contemplar las obras de Velázquez en el Museo del Prado al concluir que en ellas «todo ya está dicho».

Barnes situó otro momento decisivo de su reflexión en la lectura de Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes, obra en la que encontró uno de sus pasajes favoritos de la literatura universal. Tras la publicación de la primera parte en 1605 y antes de que apareciera la segunda en 1615, vio la luz una continuación apócrifa. En la entrega definitiva de Cervantes, Don Quijote y Sancho Panza se encuentran con personajes que conocen ambas versiones y que llegan a despreciarlos o a cuestionar la autenticidad del propio hidalgo.

El galardonado señaló que este tipo de recursos suelen definirse hoy con términos como metaficción, autorreferencialidad o intertextualidad. A su juicio, que Cervantes ideara este juego literario a comienzos del siglo XVII demuestra que las innovaciones posteriores no implican necesariamente una mejora respecto al pasado. Por ello, el escritor británico subrayó su propia postura frente a la idea de la evolución estilística: «ya no pienso que las artes sean progresivas y que cada evolución mejore la precedente. Prefiero pensar que todos estamos sentados a una enorme mesa redonda, quizás en una venta manchega, hablando entre nosotros de nuestro trabajo en el curso de los siglos».

A partir de esta perspectiva, Julian Barnes propuso abandonar la noción de un avance progresivo en las disciplinas artísticas para concebir la historia de la literatura y la pintura como una conversación abierta entre creadores de distintas épocas. Como metáfora de esta idea, imaginó a grandes figuras de la cultura compartiendo reflexiones sobre su oficio en esa venta imaginaria. En ese encuentro hipotético, Renoir preguntaría a Velázquez por su técnica pictórica, Voltaire rectificaría sus juicios sobre Shakespeare, y Gustave Flaubert expresaría su admiración por Cervantes al tiempo que observaría con desconfianza al autor inglés que, un siglo después de su muerte, escribió El loro de Flaubert. Con esta imagen, el premio Princesa de Asturias concluyó reafirmando que el arte consiste en reinterpretar ideas atemporales, ya que, según argumentó, las distintas corrientes creativas a menudo tan solo «expresan versiones nuevas de verdades antiguas».