Lucho divide al barcelonismo

La derrota en París ha incendiado Can Barça y puesto en el disparadero a un Luis Enrique enrocado


redacción / la voz

Debacle europea en París, triunfo contrarreloj de penalti frente al modesto Leganés, pitos a André Gomes, desconcierto ante la escasa emoción que a Messi le produjo marcar, un presidente complaciente... Can Barça en erupción. Y un técnico, Luis Enrique, especialista en echar gasolina al fuego, que, lejos de apaciguar los ánimos, se ha empeñado en enfrentarse a un entorno tradicionalmente cainita.

El domingo, Camp Nou escenificó una situación insólita: mientras la grada de animación -un artificio creado para dar colorido- coreaba el nombre de Luis Enrique, otra parte de la afición respondía con silbidos y gritos de «¡Barça, Barça!», que silenciaron el repentino arrebato de cariño hacia el inquilino del banquillo culé. Definitivamente, el debate se trasladaba a la afición.

«Las críticas me afectan cero»

¿Tan grave se considera el tropiezo en Europa como para cuestionar al entrenador que ha protagonizado sendos dobletes -Liga y Copa del Rey- en sus dos temporadas en el banquillo del Barcelona, además de la Champions del 2015?, ¿o quizá la escasa empatía de Luis Enrique haya colaborado a que sus triunfos se consideren como una herencia del pasado y los méritos sean atribuibles a un tridente excepcional? La directiva culé apenas ha cumplido la mitad de su mandato y los jugadores -con alguna excepción, como André Gomes- parecen intocables, así que al poderoso entorno culé no le ha quedado otro remedio que señalar al asturiano, una situación que asegura asumir sin problemas. «Las críticas me afectan cero», asegura.

En su carrera, a Luis Enrique le han perdido las formas -algo que, por otra parte, nunca parece haberle preocupado-, pero últimamente también el fondo. Ya no sorprenden sus airadas respuestas o las artificiales reflexiones con las que pretende mantener distancia con la realidad: «No os escucho nunca. No me acerco a diez pasos de una televisión o una radio ni borracho», afirmó antes de asegurar que el antídoto para superar la debacle de París fue jugar al parchís con su esposa.

«Si sale mal, me crujís»

Nada nuevo en alguien que ha construido un personaje en su relación con el entorno. Incluso en Vigo, en un ambiente bastante más hospitalario, levantó un muro a su alrededor. «¿Y si me sale mal?, me crujís», respondió airadamente a un periodista vigués cuando este, en un gesto de complicidad, le recordó el acierto de haber arriesgado con Orellana, en un partido que supuso el despegue de su equipo. Al igual que en Vigo, Luis Enrique trabaja con un círculo íntimo -impenetrable-, en el que, al parecer, juega un papel fundamental Joaquín Valdés, su psicólogo de cabecera y el profesional que junto a su ayudante Robert Moreno le acompaña en cada una de sus comparecencias públicas, esas que no son precisamente un dechado de buena educación. Por otra parte, ruedas de prensa sin las reflexiones futbolísticas que cabría esperar de un campeón de Europa.

Pero al entrenador asturiano no lo han puesto en el ojo del huracán sus airadas respuestas, sus impostadas risotadas tras algún chiste casi nunca bien comprendido o desaires tan incomprensibles como el que tuvo tras caer en París con un periodista de la Televisión Catalana. Todo eso iba con el personaje Luis Enrique. Ahora las críticas se dirigen a su discreta gestión de una plantilla que parece no llegar fresca al momento decisivo de la temporada ni haber liberado a su equipo de la total dependencia de Messi.

Mal uso de los fichajes

A Luis Enrique se le cuestiona su escasa pericia para sacar partido de fichajes como Arda Turan -con un papel secundario en el equipo-, Aleix Vidal, que llegó como internacional y solo en las últimas semanas, antes de su lesión, ha tenido alguna aparición reseñable o Paco Alcácer, al que el tridente ofensivo apenas le concede unos cuantos minutos. Por contra, la grada la ha tomado con Gomes, titular los últimos seis partidos.

Por el momento, Lucho no parecer tener otro plan que confiar en el tridente ofensivo y esperar pacientemente a que piezas básicas -como Iniesta o Busquets- recuperen su mejor tono. Para empezar, en una decisión pretendidamente motivadora, ha concedido dos días de vacaciones a sus jugadores «Me avala mi trabajo. Al que le guste bien y al que no, también», recordó el sábado.

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