Zinedine Zidane, de punta en blanco

El técnico que ha rehabilitado al Madrid se juega hacer historia en el duelo entre los dos equipos de su vida


Basta con verlos bajar del avión. Listos para poner en pie el Millennium Stadium de Cardiff o la pasarela de Milán. Todo ese plantel hecho para el traje y corbata -Marcelo, no. Marcelo y su fútbol han nacido para unas chanclas y un bañador- solo podía desfilar delante de un técnico a su altura. Florentino Pérez envileció el club durante once años, intentando descifrarlo. Quiso en su primera etapa comprar señorío a precio de balón de oro y así arrancó también la segunda. Cerca estuvo de apuntillar al equipo, entregándolo a Mourinho para conseguir una Liga y una Copa en tres turbias campañas. Ancelotti asfaltó el camino antes de la recaída, y ahora por fin cuenta el Madrid con un entrenador hecho a medida. Pérez, el de la Púnica de refilón, le ha sacado partido, a fuerza de usarlo, a las enseñanzas del palco: España perdona antes al rufián refinado que al de baja estofa, sin calibrar el tamaño del desfalco. Ha entregado una de las dos grandes apisonadoras del fútbol patrio, la de la capital, a un señor modelo, a quien solo se le recuerda una vez desencajado en público: aquella en que subió la pierna a la altura del sobaco para meter la novena por la escuadra. En Hampden Park, hace tres lustros.

Pisa de nuevo Zidane Reino Unido, donde busca pasar también a la historia de las cifras, aunque estas no sean de alcurnia. Podría ser el primer técnico en ganar dos Champions seguidas si se descartan todas las Copas de Europa levantadas antes de 1992 por una cuestión de nombre. El francés empezó su carrera de entrenador sin siquiera serlo (el TAD corrigió la sanción que le habían impuesto por ejercer sin título), pero salvado el desliz (quién se acuerda) se ha revelado como un míster único. Ha convertido la victoria en rutina y la derrota en algo tan ajeno que fue capaz de enlazar cuarenta partidos sin catarla. Ha reactivado estrellas y enchufado a secundarios, listos para citas incómodas como las de El Molinón o Riazor, donde el conjunto blanco se permitió atender al gran torneo continental sin dejar de hacer acto de presencia en el doméstico. Se los ha ganado a todos. Y no ha inventado nada. 

Complicidad del plantel

Las pocas jornadas de experimentos tácticos se saldaron con fiasco, pero ajustándose al manual, Zidane ha hecho milagros. Venía, es cierto, el equipo de sufrir a la antítesis del galo. Después de Ancelotti, Pérez le había dado el puesto a un técnico que no había pasado como jugador del Madrid de aficionados; fondón, más hecho a la pizarra que a las botas de tacos. Contratar a Benítez fue obra de un genio. Nadie podía encajar peor en el engranaje blanco, y en cuanto los resultados dieron fe de ello, el viento se puso de cara. Cristiano encontró comprensión con el futbolista estrella, y aceptó acercarse al área a recoger los únicos frutos mediante los que hoy puede marcar diferencias. No le quedan ya al portugués jugadas maradonianas en la recámara, pero sigue llenando su saca de goles. Benzema se topó con un ídolo patrio; Ramos, y otros imbuidos de esencia merengue, con un referente histórico para el club; Asensio, culé de nacimiento, e Isco, culé en el detalle (Messi se llama su perro), con un ejemplo en su puesto. Y así, hasta completar el que quizá sea el plantel más difícil de gestionar en el mundo.

Las polémicas individuales y colectivas han dejado de marcar las temporadas. Quien hoy se mide a la Juve, el otro equipo de la vida de Zinedine Zidane, en el que no llegó a levantar una orejona que hoy podría llegar a alzar por triplicado, es un entrenador que ha vadeado esos fangos que por costumbre rodean a los equipos con cartel de grande en España. Que ha enfrentado su sonrisa de suficiencia a los embates del entorno, hasta quedarse a hora y media del título de Champions que hace para su club el más redondo de los números no redondos: la docena. De engrosar una trayectoria inmaculada, de punta en blanco.

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