Siempre le quedará París. La ciudad más bonita del mundo, para Rafa Nadal, le mostró ayer todo su cariño. Siempre estuvo clara la veneración que el público francés siente por el jugador más dominante que haya pisado nunca Roland Garros. Por encima de algún episodio puntual, en el que el público tomó partido por el rival para disfrutar de un momento histórico y asistir a la derrota del invencible. Porque en realidad la entendida afición francesa siempre ha reconocido al gigante. Pero ayer la organización del torneo quiso convertir la entrega de premios en un homenaje a una hazaña irrepetible. Los guiños comenzaron con la pasarela por la que desfilan los jugadores, rotulada con el 10, la cifra mágica de victorias que alcanzó Nadal.

En la grada que se levantaba a las espaldas del tenista, la organización desplegó tres grandes banderones, uno con el escudo de Roland Garros y el 10, otro con la frase «Bravo, Rafa» y un tercero con la Copa de los Mosqueteros. Cuando llegó la hora de entregar el trofeo, salió del vestuario el tío, entrenador y gran formador de Nadal, Toni. En la sesión de fotos lucieron dos copas, la original y una segunda réplica en homenaje a los diez triunfos del mallorquín.

Fue otro detalle que rompió el protocolo. Los campeones suelen llevarse una réplica de la Copa de los Mosqueteros en menor tamaño, pero Nadal recibió una de idéntica altura, con la inscripción «Décima Rafael Nadal», y las fechas y las finales grabadas. 

La despedida

Tal como anunció en febrero, este será el último año que Toni viaje con Rafa. Por lo que el acto de ayer funcionó como despedida de París del entrenador más exitoso de la historia del tenis. «Sin él no hubiera sido posible lograr ninguno de estos diez títulos», resumió su sobrino en inglés. 

Oculto bajo la toalla

El décimo título de Nadal sirvió también para mostrar un vídeo con sus grandes momentos en París. Desde su primera victoria en el 2005, con 19 años recién cumplidos, cuando todavía llevaba la camiseta sin mangas que podría recuperar en el 2018. Fue uno de los momentos en los que se emocionó. Primero lo había hecho ocultándose bajo su toalla justo después de cerrar el triunfo: «Pensé en todo lo que nos ha costado llegar hasta aquí otra vez». Y después volvieron a asomar las lágrimas durante el ceremonial de entrega de trofeos. «Son momentos emocionantes. He vivido muchas cosas en esta pista. Tuve la oportunidad de ganar de nuevo en Australia, pero esta vez no se me podía escapar», explicó Nadal. Compartía pasarela junto a Wawrinka, el doble campeón de Roland Garros Roy Emerson y el presidente de la Federación Francesa de Tenis, Bernard Giudicelli.

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«Es difícil hablar en este momento. Todo lo que puedo decir es gracias. Gracias a todos los que hacen posible este torneo», proclamó el campeón, que nombró tanto a la dirección del torneo como a «las chicas de la recepción». Tenía 19 años recién cumplidos cuando ganó por primera vez en el Bois de Boulogne, y ahora cierra tres temporadas sin títulos en Roland Garros. «Al haber estado aquí tantos años es algo difícil de describir. Comparar este torneo con otro es difícil para mí. Estará siempre en mi corazón», añadió Nadal, el primer tenista capaz de tumbar a Wawrinka en una final de grand slam

El homenaje cierra quince días en los que la organización de Roland Garros quiso tener varios detalles con su gran icono moderno. Los cuatro tenistas que dan nombre a la copa del torneo y dispararon la popularidad del tenis en Francia con sus triunfos en la Copa Davis -René Lacoste, Henri Cochet, Jacques Brugnon y Jean Borotrá- contaban con estatuas en el patio de los Mosqueteros del complejo de Bois de Boulogne. En breve tendrá la suya Nadal, tal como había anunciado hace unos días el presidente de la federación francesa. «Es un monstruo», sostuvo Giudicelli como una premonición del décimo título y del homenaje de ayer de todo el público francés.

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Roland Garros: París declara su amor eterno a Rafa Nadal