La parábola de los Hamilton


En un principio Hamilton no era Lewis. Hamilton era Tyler, el ciclista estadounidense. Pero los dos Hamilton parecían compartir la balanza del éxito y el fracaso. Uno bajando y el otro subiendo. Tyler acabó cantando sus miserias y las de Lance Armstrong, su antiguo jefe de filas, en el programa 60 minutes, espacio mítico de la televisión estadounidense. Lewis, niño mimado de Ron Dennis, fue emergiendo como el archienemigo de Fernando Alonso y ahora es la Némesis de Sebastian Vettel. Hace no mucho tiempo, en España no diluviaba, caía «lluvia extrema»; las ruedas no cedían ante el vulgar desgaste, perdían grip; y a los que montaban caravanas en la carretera se les decía que eran más lentos que el safety car. Todos licenciados en neumáticos blandos. Todos catedráticos de los intermedios. En un momento dado, hasta la abuela debatía sobre si los pilotos de McLaren deberían haber ido a una o a dos paradas. Y habían niños que explicaban con precisión por qué era mágico aquel difusor con el que volaban los Red Bull. Eran los años de Alonso. Los irreductibles de la fórmula 1, los que estaban antes, ya avisaban: «Vendrá Alonso, se marchará y quedaremos nosotros, los de siempre».

Ahora, con menos combustible en el depósito y sin el alonsismo pisando el acelerador, Lewis Hamilton se ve distinto, como un villano errático y audaz que intenta romper el orden establecido frente a rivales insulsos. Incluso se recuerdan con añoranza aquellas frases extrañas que lanzaba a los ingenieros de su equipo por la radio. «Hace frío en el coche», dijo un día. Al otro lado, la sorpresa y el silencio. En otra ocasión, con los monoplazas casi flotando en la parrilla debido a una monumental tormenta, los cerebros de las escuderías sondeaban a los pilotos sobre la posibilidad de tomar la salida. Vettel, al que le convenía que abortaran la carrera, comentaba que la pista estaba imposible. Alonso admitía que no eran las mejores condiciones para conducir. Hamilton, en cambio, zanjaba su consulta con un «son solo unas gotas». Como dirían en cualquier concurso que se precie, el británico ha venido a jugar. Y eso se agradece. Pocos se acuerdan ya de Tyler.

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