Todas las miradas vuelven a Tiger

Jugó solo dos torneos desde el verano del 2015 y ahora, con cuatro operaciones de espalda y otras cuatro de rodilla en su historial, Woods reaparece para disfrutar

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Redacción / La Voz

«Ahora amo la vida». El dolor ya es pasado para Tiger Woods. Vuelve el genio (Movistar Golf, 19.30).

Da igual ya la plaza que ocupa en el ránking mundial. No es más que una anécdota su puesto 1.199. Porque el atleta que transformó el golf a finales del siglo pasado hace tiempo que apenas compite. Solo disputó dos torneos en los últimos dos años y pico. Una época en la que su número de operaciones de espalda cuadriplica al de sus campeonatos finalizados. Por eso su reaparición de este jueves en el Hero World Challenge, el evento que él mismo organiza con solo 18 jugadores, su primera comparecencia desde febrero, es todo un acontecimiento. El fenómeno que ya había acaparado 14 grand slams con solo 32 años, empezó a retorcerse justo entonces. Ganó el US Open del 2008 con la rodilla tocada. Primero fue esa articulación la que le llevó hasta cuatro veces a la camilla del cirujano. Pero aún así volvió a ser número uno del mundo en el 2013. Luego llegaron sus problemas de espalda. Su dolor, su abuso de los calmantes, sus pequeños paseos por su casa como un tigre enjaulado. Apoyado en una muleta, él, que se había llegado a entrenar con los marines. En esos ejercicios salvajes con los Seals pudo empezar a escribir su declive, al terminar destrozando un cuerpo hercúleo.

«El hecho de que ya no sienta ningún dolor lumbar en comparación con lo que he vivido durante años es ya simplemente magnífico», resumió el martes Tiger en el campo de Albany, en la isla de Nueva Providencia, en las Bahamas. A su alrededor se generó allí el revuelo que acompaña sus reapariciones. Esta vez no juega desde febrero, cuando se retiró en Dubái. En abril se sometió a una intervención de espalda para acabar con su postración. «He pasado casi dos años en la cama». El mismo atleta insaciable que ganó 106 de sus 328 torneos, durante meses no pudo ni jugar con sus hijos, ni salir a cenar. «No podía ni sentarme».

Su problema cervical le provocaba sacudidas en varias partes del cuerpo. El dolor afloraba en la pierna, los espasmos le asaltaban en cualquier situación. ¿Será este el regreso definitivo? Tiene 41 años, así que la edad no le enfrenta a un imposible. Todo depende de lo limitantes que sean sus próximos achaques. Porque no hace tanto que todavía era el número uno del mundo. El 25 de marzo del 2013. Doce meses después, se sometió a su primera operación en la espalda, una microdiscectomía que marcó el principio de su calvario. Para reaparecer a lo grande, vuelve a competir al lado de Justin Thomas, el jugador del año.

Un movimiento más corto, un competidor más prudente

El viernes pasado, Tiger Woods salió al campo con el presidente Donald Trump y el vigente número uno del mundo, Dustin Johnson. El cuarto jugador de la partida, el exprofesional Brad Faxon, disparó las expectativas al compartir sus impresiones. Había visto que Woods le pisaba las salidas a Johnson, uno de los mayores pegadores del mundo, la mitad de las veces.

«Estuvo pegando duro, sin dolor, parecía que estaba jugando realmente bien», coincide el actual número uno mundial. No solo va largo Tiger Woods, sino que sus movimientos cautivan. «Estoy impresionado por lo fluido que se ve su swing y lo largo que va», confirma Patrick Reed, con el que compartió un partido de prácticas esta semana en las Bahamas.

Ese swing, que ha ido modelando con el paso de los años para protegerse del desgaste de un movimiento repetido un millón de veces desde crío, lo escrutan ahora los analistas. Y concluyen que hace un gesto más corto en la preparación del golpe, al subir algo menos el palo atrás. El peaje de sus problemas de espalda. Pero luego desata un gesto más violento para llegar con la velocidad precisa al impacto.

Tiger, que acumula un largo historial de reapariciones en falso desde que su cuerpo chirría por las lesiones, es esta vez más prudente que en otros regresos. «Ahora miro atrás y veo que jugaba a cámara lenta. No me di cuenta de lo mal que estaba mi espalda ni de lo mucho que me estaba encogiendo y lo lento que me hacía. Y no me di cuenta porque era un proceso de degradación progresivo», dijo sobre su papel del año pasado en su propio torneo. Así que este jueves evita fijarse objetivos: «No sé como estoy, no sé qué fuerza le puedo dar a la bola, qué hoyos puedo jugar... No sé qué me depara el futuro para que pueda controlar este cuerpo».

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