«Si mi hijo fuera el árbitro, probablemente, me pegaría con él»

El entrenador mierense, maestro del basquet, acaba de recibir el premio Raimundo Saporta


Redacción

Orgulloso tras recibir un premio que comparten grandes del baloncesto español como Aíto García, Moncho Monsalve o Pedro Ferrándiz, el mierense Ricardo Hevia, a sus 77 años sigue respirando de ese deporte que le cautivó de niño y le catapultó a la élite. 17 años después de su retirada no ha perdido ni su voz rasgada ni esa honradez perturbadora que le lleva a decir siempre lo que le parece.

-Cuando empezaba, ¿se imaginaba que llegaría hasta la ACB?

-Eso ni lo imaginas ni lo piensas. En los años 60 el baloncesto era para mí algo local, una afición. Tuve suerte, porque quedamos varios años seguidos campeones de Asturias de mini básquet y llegamos a ser subcampeones de España. Ahí me di cuenta de que tenía que salir de Mieres para jugar a la altura de lo que se estaba haciendo.

- ¿Algún entrenador en el que se fijara especialmente?

-Todos los que podía. Le pedí a Antonio de Miguel que me dejase ver sus entrenamientos con la selección. Conocí a Lolo Sainz, con el que hice una gran amistad en el curso nacional y me dio acceso libre a su casa, al Madrid y a sus entrenamientos. También llamé a Sandro Gamba, dirigía al Ignis Varese y estuve casi 15 días viéndolos. Pagándomelo yo, ¿eh? Y eso que no pensaba vivir de esto.

-Hoy está todo a golpe de clic...

-Sí. Antes no era como ahora. Cuando te enfrentabas a un rival ya era una ventaja saber quién jugaba por dentro o por fuera. Había muchos menos recursos y era todo mucho más intuitivo. Ahora todo el mundo juega igual, todos defienden lo mismo y todos hacen lo mismo porque beben todos de la misma fuente, no tienen que exprimirse la mollera. Antes si querías ver baloncesto, no te quedaba otra que viajar.

-No me imagino el Mieres de los 60 como una cuna del baloncesto, ¿cómo empezó en esto?

-En el colegio de frailes donde estudiaba había un campo de fútbol y un pabellón de baloncesto. Debía ser insólito en los años 50 de aquella España. Yo al fútbol era malísimo, consecuencia, me fui a jugar al baloncesto. En la Universidad entrené seis años y llegaba una revista norteamericana con un apartado de básquet que leía como la Biblia. Ponía en práctica sus tácticas y me sentía un adelantado.

-Tiene que haber alguna buena anécdota sobre eso...

-Sí, hace poco me llamó José María Martín Urbano, el que fue entrenador del Unicaja y la recordamos juntos. Nos enfrentábamos en el último partido de liga en Primera B. Yo entonces entrenaba al CAU Oviedo, ganamos y ellos descendieron. Les hicimos una zona press, que hoy te mueres de la risa y es algo absolutamente primario... Alfonso Queipo de Llano, que era el entrenador principal, no sabían por dónde venían los tiros.

-¿Ha cambiado mucho el baloncesto desde entonces?

-Lo único que cambia sustancialmente es el vocabulario, ahora todo se llama en inglés. El balón es el mismo, la canasta es la misma y la cancha es igual. En los años 80 yo ya tenía proscrito que nos tirasen de tres, ¿hoy no machacan a todos los equipos desde la esquina? Sí han cambiado los jugadores, ahora son más altos y más guapos [se ríe]. Están mejor alimentados, tiran mucho mejor y físicamente son muy superiores. Quizás por eso han agudizado el ingenio, porque cualquiera la bota, la mete para abajo y tira de siete metros.

-¿Cómo hacía para sacar tanto rendimiento a sus equipos?

-Entrenar, yo trabajaba mucho. También ser consciente de que ser entrenador no es saber cómo atacar una zona o defenderla. Eso entras en Internet y lo coges y es el 15 %. El resto es aguantar a la directiva, a la prensa, al que le caes mal y te pone a parir, a los jugadores… En Lugo, el único que les decía a los jugadores del Breogán de aquella época que no eran altos ni guapos era yo, que para eso era el entrenador.

-Entrenó a todos los grandes de Galicia, ¿en dónde disfrutó más?

-Yo vivo en Lugo, tengo un hijo de Lugo y llevo aquí 29 años, pero tengo que reconocer que el OAR me cautivó. Estuve en Ferrol en dos etapas y cuando volví, la ovación del público fue tan larga que no soy capaz de calcular el tiempo. Angelito Recuenco, que era uno de los árbitros, siempre me dice que en toda su carrera jamás escuchó una ovación tan larga. Y cuando murió mi madre, el minuto de silencio que guardaron por ella todavía me sobrecoge. Sigo pegado al OAR aunque no exista.

-Recordarán en Ferrol broncas épicas entre usted y los árbitros, como aquella con Ramos en un duelo ante el Real Madrid.

-A Mateo Ramos le llamé de todo aquel día y me expulsaron, pero somos tan amigos. Hoy donde quiera que nos veamos nos morimos de risa. Creo que discutí con todos los árbitros. Si mi hijo fuera el árbitro, probablemente, me pegaría con él.

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