«Picos de Europa sería un entorno increíblemente bueno para la preparación del Himalaya»

Alberto Iñurrategi, el himalayista que ha completado el desafío de los 14 ochomiles, presentó en Oviedo su última producción: Elogio del fracaso

El alpinista Alberto Iñurrategi en el auditorio de Oviedo
El alpinista Alberto Iñurrategi en el auditorio de Oviedo

Oviedo

Alberto Iñurrategi es una de las pocas personas en el mundo que ha conseguido ascender las catorce cumbres más altas del planeta en estilo alpino. Durante su trayectoria, ha demostrado su capacidad de superación y su pasión por la montaña: ha subido montañas como el Annapurna o el Gasherbrum II por las rutas más técnicas y complicadas, además de abrir vías de ascensión en lugares tan insólitos como el K2. Nacido en Guipúzcoa, comenzó a escalar en su adolescencia junto con su hermano Félix. Los dos jóvenes hermanos se hicieron famosos por llegar a coronar doce de los catorce ochomiles con tan pocos años de experiencia, aunque fue en el año 2.000 cuando Félix perdió la vida en el descenso del monte Gasherbrum II. Tras el desafortunado accidente, Alberto continuó el reto en honor a su hermano, que completó dos años más tarde. Así, Alberto Iñurrategi se convirtió en el décimo alpinista de la historia que consiguió completar el desafío de los ochomiles. Con motivo de la celebración de su 75 aniversario, el grupo de montaña Vetusta invitó a Iñurrategi a presentar su último documental Elogio del Fracaso, en el auditorio de Oviedo.

-Ha visitado Asturias en alguna ocasión para hacer montañismo. De las montañas que conoce, ¿cuál le ha parecido que tiene una mayor dificultad?

-Yo, aquí, montaña he hecho muy poquita, en Picos de Europa. A los 15 años vine por primera vez al Naranjo de Bulnes y luego estuve seis u ocho años viniendo cada año a Asturias, pero íbamos siempre al Naranjo. La verdad que sitios como Peña Vieja u Horcados Rojos no llegué a escalar. Yo creo que se debe en parte a que las comunicaciones, hasta hace poco, eran mucho más buenas para nosotros hacia el Pirineo. También culturalmente, pues ha habido más tendencia a visitar el Pirineo. Para mí, Picos de Europa es una gran desconocida.

-¿Le gustaría venir a conocer más la montaña asturiana?

-Sí, porque, por una parte, lo tenemos más a mano y, por otra, puedes encontrar la aventura, la dificultad, lo que quieras. Ofrece la posibilidad para poner en práctica muchísimas disciplinas: escalada, senderismo, bicicleta de montaña, carrera de montaña, el esquí, el hielo. Y luego encima cuenta con un entorno estupendo, con el mar muy cerquita, con pueblos bonitos, con gente sana, con una gastronomía interesante… no sé, a mí me parece un sitio perfecto. Lo que no sé es cómo no vengo con mayor frecuencia.

-Es normal que por las comunicaciones vaya más al Pirineo, pero ¿no es un entorno distinto?

-Sí, la verdad es que cambiar siempre está bien. Los Picos de Europa son más agrestes, es una orografía más salvaje.

-¿Cree que se podría preparar el entrenamiento para ascender un ochomil en los Picos de Europa?

-Si yo lo he preparado en Aretxabaleta (Guipúzcoa), no tengo ninguna duda de que los Picos de Europa serían un entorno increíblemente bueno para poder realizar una preparación muy, muy adecuada de cara a la montaña del Himalaya.

-Asturias tiene una amplia tradición de montaña y, a pesar de ello, nunca se ha concedido un premio Princesa de Asturias a un montañero o alpinista. ¿Qué opina sobre ello?

-No me parece ni mal ni bien. Yo creo que responde a una realidad, ¿no? Somos muy poquitos, aunque en los últimos años, la tendencia es de crecimiento en cuanto al número de practicantes dentro de las diferentes disciplinas en el medio natural. Pero seguimos siendo, pues eso, un deporte minoritario, un deporte que probablemente no está demasiado bien organizado o con unas organizaciones quizás no muy dinámicas. Yo la verdad que tampoco lo echo en falta. Esto de los premios está bien cuando llegan, pero no podemos hacer las cosas esperándolos. Hay que moverse y hay que disfrutar independientemente de ese reconocimiento.

-En los últimos años ha crecido el número de expediciones comerciales al Himalaya, lo que ha producido un aumento del turismo ¿Cree que se está perdiendo el respeto a la montaña?

-Yo creo que el turismo es bueno, posibilita la profesionalización, el desarrollo de comarcas, valles, zonas que no tienen otras posibilidades de generar ingresos. Pero, como todas las cosas, tiene su cara buena y su cara mala. Dentro de las malas, es verdad que todos los avances tecnológicos y en cuanto a información, y todo lo que ha cambiado el mundo últimamente, facilita el acceso a muchísima gente que no tiene demasiada conciencia en cuanto al cuidado de la naturaleza, una práctica de distintas disciplinas responsable, ninguna conciencia a un mínimo de preparación física y ningún mínimo de responsabilidad ética. Como todas las cosas, es una moneda con dos caras.

-¿El ascenso de los catorce ochomiles se ha convertido en un reto más comercial que personal hoy en día?

-Fundamentalmente es un objetivo comercial. De hecho, yo también lo he podido vivir un poco en ese término. También es verdad que luego, en función de cómo puedas plantearte la conocida lista, puedes transformarlo en un reto personal muy importante: no es lo mismo subir los 14 ochomiles por sus rutas normales y en fila de a uno en temporadas masificadas, que plantearte la montaña por rutas, digamos, más solitarias, donde no vas a encontrar más expediciones, o combinando incluso con temporadas que no haya gente. Rutas normales, más difíciles. Depende. Ahí sí entra en juego esa parte personal de hasta dónde quiere uno darle un valor deportivo mayor o menor. También dependerá un poco de las posibilidades físicas y técnicas que tenga cada montañero.

-¿Qué opina sobre su compañero Carlos Soria Fontán y su reto de ascender los catorce ochomiles después de cumplir los 60 años? ¿Hay un momento de parar?

-El caso de Carlos Soria es un caso muy singular y admirable. El hecho de verle con 79 años con esa pasión y esa energía es impresionante. Carlos ha vivido unas circunstancias muy particulares, muy atado al trabajo y a la familia hasta la jubilación, sin poder disponer de tiempo y de recursos para uno, para practicar eso que a él tanto le apetecía. El momento le llegó con el retiro. Yo creo que de eso tampoco se puede hacer una norma. Son muy pocos los que pueden contar con esa genética y esa condición física como con la que cuenta Carlos. Me parece admirable y un caso a exportar y a promover esas ganas de vivir a pesar de tener ya una edad. Es una persona tan carismática, tan buena... y yo le tengo muchísimo cariño.

-Ha realizado varios proyectos de ayuda en Pakistán. ¿Cuál fue su impresión al llegar allí la primera vez?

-Pakistán ha tenido la condición de ser un país islámico, yo lo he conocido con unos niveles de subdesarrollo bastante importantes, con muchísima corrupción, con un ejército que se comía y se come parte del presupuesto del Estado, con una pequeña guerra con la India, con conflictos internos sectarios muy importantes que desestabilizaban el país… estoy hablando de los años 90, que fueron años duros para Pakistán. Pero bueno, en los últimos viajes que he hecho a Pakistán me estoy encontrando un país con muchísimos problemas internos, pero que a la vez mira adelante y con un país, que pese a tener cantidad de problemas, está teniendo un desarrollo mayor del que podía imaginarme hace 10 años. Cosa que no quita que tenga muchísimas asignaturas pendientes en cuanto a educación, sanidad, al tema de la mujer. Esperemos que vayan cambiando las cosas y, sobre todo, que los pakistanís vayan teniendo unas condiciones de vida dignas, que ya no sé si tanto en las ciudades, pero en el ámbito rural dejan mucho que desear con escuelas prácticamente abandonadas, con un profesorado desmotivado y sin reciclado, muy obsoleto, con unas instalaciones carentes de lo más básico. A nivel de sanidad igual, en las zonas rurales no cuentan con el mínimo que se le debería exigir a un país como Pakistán.

-Qué es lo que siente cuando se llega a la cumbre. ¿Es más duro el ascenso o el descenso?

-La cumbre es un momento de satisfacción, por supuesto, pero tampoco pienso que sea una satisfacción que compense el trabajo, el sufrimiento y el riesgo que asumimos. Yo creo que la satisfacción verdadera llega cuando uno alcanza el campo base, cuando uno ya ha puesto los pies en terreno seguro y en ese momento sí que ya puede ser el momento de celebrarlo. Arriba estás muy pendiente de la bajada, sabes que todavía te queda la mitad del camino, de que tus fuerzas no son las mismas que cuando empezaste. Eres consciente de que gran cantidad de los accidentes se dan en el descenso. Son momentos también de preocupación, de no perder la atención. No es la mejor situación para disfrutar ni de lo que estás viendo ni de lo que has hecho.

-Para muchos, llegar a la cumbre supone subir, hacerse la foto y descender. ¿Cree que realmente se refleja todo lo que hay detrás?¿que el éxito reside en llegar a la cima?

-Para mí es un error estratégico, creo que no se puede plantear una expedición en esos términos de si alcanzo la cumbre ya está hecha o ya está amortizada la expedición o si no alcanzo, pues es un fracaso. Es un error. Del campo base hay que salir camino a la cumbre pensando que va a ser muy difícil. Si se llega, estupendo, mejor, pero si no se llega también hay que saber, hay que llevar un planteamiento como para vivir una experiencia interesante. Si se tiene que renunciar a la cumbre, pues no nos imponga una frustración.

-Hay muchas escuelas de escalada en Asturias con mucho nivel. ¿Cree que deberían adaptarse escuelas con menor nivel para promover la escalada para que la gente se inicie?

-Se están viviendo ahora tiempos de mucha promoción de la escalada. Ya se cuentan con muchísimas instalaciones que son públicas o privadas, incluso en el País Vasco, donde el acceso a aquel que quiere iniciarse es muy sencillo; se dan cursos. Las cosas ahora están mucho mejor, más fáciles que hace 20 años. En el País Vasco se está incorporando la escalada como deporte escolar y esto, hace 15 años, todavía era impensable. No es tanto una cuestión del grado de dificultad de las rutas en las escuelas de escalada como alguien puede pensar, sino que todo proceso de cambio requiere su tiempo y la escalada se va convirtiendo en un deporte no ya tan extraño como era hace años y hay que darle su tiempo de maduración. El cambio es muy importante. Además, no va mal encaminado: donde vivo yo hay un pequeño club de escalada y este año están moviendo 160 jóvenes, entre chicos y chicas, de entre 5 y 18 años. Hablamos de una población de 35.000 habitantes.

-Cuando era pequeño jugaba al fútbol y dice que sentía miedo escénico, miedo a fallar. ¿Le pasó lo mismo con el alpinismo?

-No, fue una liberación total. No tenías a nadie gritándote ni reprochándote que lo habías hecho mal. Yo en el fútbol viví reproches, presiones... viví la sensación de hacer el ridículo. Eso en la escalada y en la montaña, para mí no tenía sentido. Conocer la montaña fue una liberación, no tenía más que la parte buena: vivir emociones y una disculpa para salir de casa; cosa que con el fútbol salías por la mañana y estabas de vuelta al medio día. Con la montaña te ibas para tres días. Para mí fue un descubrimiento.

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