El Masters premia a uno de los suyos

Patrick Reed, que llevó a la Universidad de Augusta a dos títulos nacionales, gana su primer grande


Redacción / La Voz

Un incidente en la Universidad de Georgia propició que Patrick Reed (San Antonio, 1990) tuviese que abandonar la institución y completase su grado de Negocios en Augusta. Convertido en un jaguar, lideró a su equipo a dos títulos nacionales universitarios de golf en los años 2010 y 2011. Entonces se fraguó su carácter. Esa garra lo convirtió en el mejor americano de las dos últimas ediciones de la Ryder. En los duelos contra Europa, sus ojos se inyectan en sangre como feroz competidor, arrogante incluso, como cuando mandó callar al público escocés en Gleneagles en el 2014. Pero a sus 28 años, a su talento le faltaba un último paso, y lo dio en Augusta, donde había empezado a reconducir su carrera. Ganó el Masters después de soportar un histórico asedio en la última jornada. Un fenómeno como Jordan Spieth lo puso a prueba durante tres horas, en busca de la mayor remontada de la historia del torneo. Pero el jugador de Dallas había iniciado la jornada nueve golpes por detrás, y un par de deslices en los dos últimos hoyos arruinaron su gesta. El otro jugador que lo inquietó fue el estadounidense Rickie Fowler, capaz de reducir a un solo golpe la ventaja con la que afrontó Reed la última calle, la prueba final de la que salió airoso el campeón para ganar, con -1 ayer para -15 en total. El español Jon Rahm finalizó cuarto, a cuatro golpes del ganador.

McIlroy, otro año sin chaqueta

El día había amanecido con un favorito y tres jugadores en una situación razonable para disputarle el título. Reed partía con tres golpes de ventaja sobre el norirlandés Rory McIlroy, cinco sobre Fowler y seis sobre Rahm. Cada uno de ellos soportaba una cuenta pendiente. El líder, plasmar su rendimiento de la Ryder Cup en un grand slam; el británico, completar los cuatro majors y resarcirse de su hundimiento histórico en los nueve últimos hoyos de Augusta del año 2011; el norteamericano, elevar su estatus después de coleccionar ocho top-10 en los cuatro torneos más importantes; y el vasco, rendir de verdad en las grandes citas, aunque cuente solo con 23 años.

El peso de la responsabilidad se notó ya en el primer momento en la partida estelar. Sobre todo, en un errático McIlroy, que pasará al menos otro año más sin chaqueta verde, mientras que Reed solventaba los contratiempos y administraba su renta.

Al borde del agua

La primer susto para Reed llegó en el segundo tiro del 13, un par 5 ideal para arañar algún golpe al campo. Su bola quedó milagrosamente en la pendiente que lleva al Rae’s Creek. Mientras, seis calles por delante, Jordan Spieth embocaba un putt de 8 metros para recortar otro golpe al par 3 del 16 y empatar en -14. Era su noveno birdie del día. Lo justo para empatar con el líder. Perseguía lo nunca visto en la historia del Masters, cuya mayor remontada en una última ronda era de 8 impactos, firmada por Jack Burke en 1956.

Pero Reed resolvió aquel lío del 13, se anotó un birdie en el 14 y esperó a que, por fin, Spieth cometiese algún error, como le pasó en los dos hoyos finales. De ahí a la casa club, para ganar, el jugador de San Antonio no tuvo más que firmar el par en los cuatro últimos hoyos. Fiable y feliz hasta abrazar a su mujer, su antigua cadi, junto al green del 18.

Rahm acaba cuarto, su mejor resultado en un «major»

En su segundo Masters, Rahm profundizó en su progresión. Hasta que llegó a la calle del 15 era uno de los pocos que amenazaban al líder. Pero su segundo golpe se hundió en el agua, acabó anotándose un error en un punto del campo donde resulta obligatorio un acierto y se despidió de la victoria. Esa desilusión descolocó al tercer jugador del ránking mundial, porque empezó a tomarla con los palos y su lenguaje gestual lo situó ya fuera del torneo. Rahm, en todo caso, logró su mejor resultado en un major con su cuarta plaza.

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