Un «best-seller» de altura y un estilista de las cimas

Reinhold Messner y Krzysztof Wielicki encarnan dos formas de entender un deporte, pero comparten el mismo espíritu de ambición, autoexigencia y carisma en las cumbres

Reinhold Messner y Krzystof Wielicki
Reinhold Messner y Krzystof Wielicki

Oviedo

Si, en vez de ser gigantes del alpinismo, Reinhold Messner y Krzysztof Wielikci lo fuesen de la literatura, el primero sería uno de esos autores colosales -un Cervantes, un Shakespeare, un Goethe o un Thomas Mann- que consiguen la rarísima proeza de ser a la vez pioneros y best-sellers destinados a trascender su tiempo. A Wielicki le podría cuadrar más bien el rol del poeta de vanguardia o el prosista un tanto experimental, a la vez purista y renovador, un estilista que abre rutas arriesgadas pero de modo simultáneo se gana también los corazones de los lectores y acaba convertido en clásico viviente, como ha sucedido por ejemplo con tantos líricos de su lengua polaca: Milosz, Herbert, Szymborska… La comparación es caprichosa, sin duda, pero quizá valga para acercar un poco al profano al extraño y fascinante mundo donde ambos han logrado ser titanes y en el que también se emplean términos parecidos a esos para describir lo que un hombre o una mujer son capaces de hacer cuando se enfrentan a la tarea de escribir en la montaña sus propias rutas hacia esas alturas donde aún se tienen los pies en la tierra pero ya se tienen también en el cielo.

Novelesco, carismático y tempestuoso

Messner es seguramente el más conocido de los alpinistas de la historia. A ello han contribuido sus proezas tanto como su presencia carismática, masiva y a menudo tan tempestuosa como una ventisca en lo alto del monte. También una historia personal en la que la gloria, desde el primer momento, está trenzada con la tragedia y con una sombra de tormento que solo hace unos años el alpinista de Val de Funes logró sacarse de encima. El hombre que hizo que se le forjara una improbable palabra a medida y que fue el primero en merecerla -«catorceochomilista»- perdió en 1970 a su hermano menor y cómplice de escaladas, Günter, en el primero de esos 14 ochomiles: el Nanga Parbat. A lo largo de los años, fue tachando cimas pendientes en su inédito programa para conquistar el resto de las cumbres mayores del planeta, algunas de ellas repetidamente. Fue además el primero en ascender en solitario al Nanga Parbat, el primero en conquistar sin oxígeno el Everest junto a Peter Habeler -ambos logros en 1978-,el primero en regresar al Everest para coronarlo a solas (1982) y el primero en encadenar en los Gasherbrum el ascenso consecutivo de dos ochomiles sin hacer parada en el campo base. Su filosofía la resumía en una frase, a propósito de la masificación y conversión del alpinismo en una forma especializada (y muy rentable) de turismo: «Es alpinismo, pero no esstá basado en la propia responsabilidad».

Pero, además de consigo mismo y con su equipo, Messner tuvo que cargar con otro peso para lograr esa impresionante ristra de proezas. Compañeros de aquella escalada al Nanga Parbat le acusaron de ser poco menos que el culpable directo de la muerte de su hermano, por abandonarlo para ascender en solitario, eligiendo la gloria frente a la responsabilidad. Ni la pérdida de una parte de sus manos en la búsqueda de Günther, según el relato de Reinhold que no todos creyeron, consiguió apartar esa sospecha. Hubo que esperar a que un hallazgo fortuito de un fragmento de fémur al pie del Nanga Parbat y las técnicas de ADN confirmaran, con la ayuda de otros restos como unos jirones de ropa, que la versión de Messner de que ambos habían coronado juntos y descendido después a la desesperada por la vertiente de Diamir, donde su hermano fue arrastrado por un alud. Los tribunales refrendaron su razón frente a las versiones, entre otros, del alpinista Max von Kienlin (quizá desairado porque su esposa decidió dejarle plantado por el arrebatado alpinista tirolés).

Todo es lo suficientemente novelesco como para dar lugar incluso a películas (Nanga Parbat, de 2010, de Joseph Vilsmaer) y forjar un segundo halo de carisma en torno al flamante Premio Princesa de Asturias, que además fue durante unos años eurodiputado verde y que ha desarrollado una intensa labor medioambientalista y de divulgación del alpinismo, sobre todo en su Tirol natal. Por si la altura fuese poco para sus ansias de desafío, Messner ha cruzado también la Antártida, el Gobi, Groelandia y el desierto del Takla Maklán en Buthán. Es claramente el tipo de hombre al que este planeta se le quedó hace tiempo muy corto.

Un especialista en soledad, rapidez y frío

El perfil de Krzystof Wielicki quizá es menos trágico y novelesco, pero no menos descomunal en cuanto a sus logros y a la altura de sus hazañas. Desde sus inicios como parte del alpinismo de un país que tiene su propia escuela, su propia forma de entender cómo se trata a una montaña, el deportista polaco ha forjado una carrera en la que también cuentan los 14 ochomiles del planeta, pero que tiene sus rasgos de personalidad propia en el estilo tanto como en los logros. Las especialidades de Wielicki son la soledad, la rapidez y el frío. Sus escaladas de invierno son legendarias: la primera de ellas, en el Himalaya junto a Lezsek Cichy (1980) hizo época, y después remató, también acompañado, el Kangchenghunga. Al Lhotse y al Nanga Parbat subió en solitario, y en este último pico logró además un récord, a pesar de que siempre ha sostenido que «el alpinismo no son los 100 metros lisos».

De nuevo causó asombro con sus escaladas relámpago al Dhaulagiri (menos de 16 horas) o al Shisha Pangma (menos de 24 horas), abriendo además una nueva ruta en este último ascenso. También trazó una ruta propia para coronar el Manaslu y logró conquistar el Broad Peak en un día. Hace solo unos meses intentó ajustar cuentas con el único ochomil que queda por caer en pleno invierno, el K2, pero esta vez como director de la expedición, pero hubo que suspender por el mal tiempo en un ambiente enrarecido además por la actitud de algunos de sus compañeros como Denis Urubko. Fue un episodio un tanto amargo, porque además Wielicki asegura añorar los «viejos tiempos» y las viejas maneras, sin habituarse del todo al ajetreo de un campo base con conexión a internet y permanentemente bombardeado por las llamadas de los periodistas.

Pero, aun así, consiguió su ración de gloria: de esa otra que está en el meollo del montañismo: el montañerismo, como se ha dicho alguna vez jocosa pero atinadamente. Wielicki y su grupo no dudaron en encabezar una arriesgada operación en el nuevamente feroz Nanga Parbat en la que consiguieron rescatar a una montañera, pero no a otro compatriota. Un ejemplo de los valores y esa dimensión casi legendaria de un deporte que es mucho más que eso, y que han decantado finalmente el Princesa de Asturias de este año. O, más bien, lo han disparado a las alturas.

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Un «best-seller» de altura y un estilista de las cimas