Un entrenador brillante, un pirómano maleducado


España acaba de recordar con su fracaso en Rusia la importancia del seleccionador. Aquello de «salgan y disfruten» vale commo anécdota, pero el fútbol ya es otra cosa. Luis Enrique está capacitado para el cargo. Sus equipos son reconocibles y entretienen sin perder de vista la verticalidad -el mantra que acompaña al batacazo de Moscú-, maneja diferentes recursos y hasta dirigió la transición de un Barça que ya no podía ser el mismo sin Xaxi -otro adiós que todavía digiere la selección-. Un profesional preparado para ponerse al mando de 11 futbolistas. Pero Luis Enrique tenía una oferta de ocho millones anuales del Chelsea porque su trabajo conlleva obligaciones que van más allá de preparar a once tipos vestidos en pantalón corto en un búnker alejado del mundo. Y en esa labor que va más allá del césped se ha manejado como un altivo maleducado incapacitado para representar al escudo que le paga. Al menos hasta ahora. Olvida que cuando responde a la prensa en realidad es a la afición a la que se dirige. En la selección resulta imprescindible la mano izquierda, entenderse con otros equipos y jugadores cargados de partidos, tocados por lesiones y que poco le deberán.

Luis Enrique transmite ese permanente estado de crispación cuando disfruta de una de las profesiones más agradecidas que uno puede imaginar. En su mismo papel, el entrañable cascarrabias de Luis Aragonés era feliz al poder «trabajar en un deporte precioso, rodeado de gente joven y al aire libre». Hasta ahora, el nuevo seleccionador está encantado de haberse conocido y de su papel de pirómano. Si en su nuevo cargo madura, que ya es decir para un tipo que a los 48 años peina canas y maneja semejante responsabilidad, lo tendrá todo para ser un magnífico seleccionador. El entrenador que gestione, ahora sí, el día después de la generación que transformó el fútbol español con gusto y un desconocido instinto ganador. La generación que ya se marchó.

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