«Se me saltan las lágrimas al ver tanta gente en el Tartiere»

El exjugador del Real Oviedo Viktor Onopko hace un repaso a su carrera y a sus años en el equipo carbayón

Viktor Onopko
Viktor Onopko

Viktor Onopko (Lugansk, 1969) llegó a la ciudad en el invierno de la temporada 1995-1996 como uno de los fichajes más ilusionantes que ha hecho nunca el Real Oviedo. Capitán de la selección rusa y reconocible por su figura peculiar en el campo, fue el jefe de la defensa en la segunda mitad de los 90, aunque parte de la afición nunca le ha perdonado sus denuncias por impagos en los turbulentos tiempos que acabaron con el club en Tercera. La familia Onopko, sin embargo, ha echado raíces. Su esposa y sus hijos siguen viviendo en Oviedo. Él solo vuelve en las vacaciones de su actual trabajo: asistente del entrenador en el CSKA de Moscú.

- ¿Cómo empezó a jugar?

- En la calle, en Lugansk, que entonces era parte de la Unión Soviética y hoy es Ucrania. Nunca probé otro deporte. Luego, ya a los diez años, me enteré de que había una escuela de fútbol y quise apuntarme. Esa fue la primera vez que tuve entrenadores.

- ¿Cuándo se dio cuenta de que podría ganarse la vida con ello?

- Pensándolo ahora, me recuerdo con 15 o 16 años y aún no me daba cuenta de que se podía jugar y cobrar a cambio. Por entonces pensaba que acabaría trabajando en una fábrica o en una mina, como todo el mundo en Lugansk, que es una ciudad llena de industria. Pero luego me llamaron del Shaktar Donetsk, que ahora es conocido en toda Europa por participar con frecuencia en la Champions pero ya entonces era un club muy grande en Ucrania, muy famoso. Empecé a cobrar algo y ahí arrancó mi carrera.

- Y muy joven se vio en Moscú y en la selección rusa.

- Sí, me llevaron al Spartak de Moscú. Llegué en 1991, justo cuando se rompió definitivamente la Unión Soviética. Y al año siguiente, en 1992, fuimos a jugar la Eurocopa de Suecia, aunque ya no en representación de la URSS, sino como Comunidad de Estados Independientes. Fue el último campeonato de Europa en el que jugaron juntas todas las antiguas repúblicas soviéticas. Y también el último en el que jugaron solo ocho países en la fase final. Empatamos con Alemania y con Holanda, pero Escocia nos ganó y nos eliminaron en la fase de grupos.

- Aquel Spartak era un buen equipo.

- Sí, fue muy grande jugar allí. Aunque pasé un año cedido en el Dinamo de Kiev, que era uno de los equipos del Ejército donde acababan los futbolistas durante su servicio militar. Si eras buen jugador, te librabas de los dos años de mili a cambio de estar en uno de esos equipos.

- Se hizo tanto nombre, que su fichaje por el Oviedo fue un embrollo. ¿Cuánto faltó para que acabara en el Atlético de Madrid?

De eso se habló mucho, sí, pero fue sencillo. Yo seguía jugando en el Spartak y Celso González y Eugenio Prieto vinieron a Moscú para ficharme. Les dije que estaba de acuerdo, pero con la condición de que, si antes de incorporarme, venía otro equipo y pagaba más, podría aceptar ese otro contrato. Yo había estado en contacto con Radomir Antic, que me llamó cuando él todavía estaba en el Oviedo para decirme que le gustaría que jugara allí. Luego él se fue al Atlético y quiso que me fuera con él. Mi representante dijo que sí, pero al final resultó que me habían engañado. Habían quitado de mi contrato con el Oviedo el punto que me permitía ir a otro sitio.

- ¿Cómo se lo tomó?

Pues acabé feliz y contento. Las cosas pasan por alguna razón y esto fue buena. Es curioso que nunca acertemos por anticipado dónde está la buena vida. Pero lo importante es la familia y mi mujer y mis hijos siempre estuvieron a gusto en Oviedo. Aquí siguen viviendo. Lo malo es que ahora trabajo en Moscú y estamos lejos. Pero tengo dos descansos largos al año, en invierno y en verano, y entonces nos reunimos. Me gusta organizar todo para ver a los amigos de Asturias.

- ¿Qué sabía de Oviedo antes de llegar?

- Lo único que me habían dicho es que era una ciudad parecida a Lugansk, con muchas minas y mineros. Ese era mi ambiente de Ucrania, las minas de Lugasnk y Donetsk. Donetsk tiene partes bonitas, pero Lugansk es más bien feo, así que venía con pocas expectativas. No sabía si Oviedo sería bonito. Pero ya el mismo día que llegué, desde el avión, con la familia, con mi mujer, los niños y mi suegra, vi desde el avión todo ese paisaje verde de Asturias. Era precioso. Y desde el principio la gente fue muy agradable y cariñosa con nosotros. Me saludaban en la calle. Fuimos felices enseguida.

- Y en el fútbol, ¿qué diferencias notó entre Rusia y España, entre un equipo como el Spartak, acostumbrado a intentar ganar, y el Oviedo?

- Por entonces había muca diferencia entre los dos países. Salvando las distancias, el Spartak jugaba como aquí el Barcelona. Usábamos una defensa de cuatro en línea: tres marcadores y un libre. Y nos gustaba el toque y el pase corto. Era nuestro estilo. Éramos típicos del estilo de finales los 80 y la primera mitad de los 90. El Oviedo me lo cambió todo como defensa. Encontré nuevos compañeros y me pidieron cosas en el campo que no había hecho antes.

- ¿Qué le chocó más?

- No era solo el juego, también la preparación antes de los partidos. Comer mucha pasta, cenar pescado. Hasta la forma de descansar para recuperarnos. Eran cosas pequeñas, pero al juntarlas daban muchas diferencias. Además, coincidió una época con muchos cambios de entrenador. Tuvimos ocho mientras yo estuve en el equipo y cada uno tenía su manera de ser y de hacer las cosas.

- ¿Cómo eran aquellos vestuarios con jugadores y entrenadores de tantos países en los años 90?

- A los entrenadores había que adaptarse. Brzic, Fernando Vázquez, Antic, Lillo, Tabárez, Luis Aragonés, Quique Marigil... Todos eran distintos en su cultura y como personas. Pero para mí lo más difícil fue lo que pasó en los primeros meses, cuando aún no hablaba español. No entender el idioma te limita. La suerte fue que mi familia se adaptó a Oviedo con rapidez. En el campo, sin embargo, notaba menos problemas. El idioma del fútbol es sencillo y los jugadores de calidad lo aprenden rápido. Enseguida se entienden.

- ¿Cómo fue el salto de las instalaciones del Spartak a las del Oviedo?

- Es verdad que El Requexón era muy pequeño por entonces. Sobre todo, los vestuarios. Pero, cuando llegué, ya empezaba a crecer. Se veían cambios a mejor continuamente. Ahora, desde luego, El Requexón es otro, aunque todo pueda mejorarse. Y me gustaba el Tartiere antiguo. Mientras jugamos allí, al menos nunca bajamos. Pero lo mismo que del fútbol, puede decirse de toda la ciudad. Oviedo está mejor cada año que pasa. Siempre me llevé bien con Eugenio Prieto y Gabino de Lorenzo. También me gustaba Agustín Iglesias Caunedo.

- ¿Cómo explica qué es el Oviedo cuando está en Rusia?

- Es lo que se vio en Tercera y en Segunda B. Casi 12.000 aficionados en esos partidos. Es increíble y cuánto me alegró el ascenso a Segunda y la ilusión que representa. Lo vi la última vez que fui al Tartiere. Era un partido contra el Sevilla Atlético. Bajé caminando desde el Naranco y nunca había visto tanta gente en los alrededores del campo. Todos vestidos de azul. Muchos niños, muchas mujeres. Se me saltaban las lágrimas al pensar que había allí 20.000 personas.

- ¿Cuál es el mejor partido que recuerda de su etapa?

- Uno que le ganamos al Barcelona en el Tartiere. Le ganamos varias temporadas seguidas. Tenían a Guardiola, Luis Enrique, Figo o Rivaldo. Pero les ganábamos.

- ¿Cómo recuerda la famosa promoción de 1998, en la que el equipo se salvó contra Las Palmas?

- Fue el año de Tabárez. Yo no jugué en la ida, porque estaba sancionado, pero ganamos 3-0 en casa y todo parecía controlado. Pero en la vuelta se complicó. Perdimos 3-1 y lo pasamos fatal. Fue un año raro aquel para acabar así. Teníamos un buen equipo, con gente valiosa de la casa y buenos refuerzos: Berto, Carlos, Iván Ania, Dely Valdés, Dubovsky. Y aun así...

- ¿Cuánto tardó en comprender la importancia de los derbies contra el Sporting?

- De esos recuerdo uno que ganamos y jugamos muy bien en El Molinón, con el campo lleno. Creo que fue un 1-2. En aquellos años estábamos por encima del Sporting. Es un derbi importante en toda España. Supera la rivalidad asturiana.

- Pero usted ya conocía la rivalidad entre equipos de Moscú.

- Sí. Los Spartak-CSKA son clásicos. Y en mi época el Dinamo también estaba fuerte y ofrecía un partido exigente y con rivalidad. Pero la del Oviedo y el Sporting me cogió por sorpresa. No sabía que había dos equipos de la misma categoría a solo 30 kilómetros distancia, ni lo que eso significaba. Y tampoco desmerecían los partidos en Galicia o en el País Vasco. Los aficionados tienen suerte de que haya tanto equipos de primera en en norte de España. La gran diferencia es que en Rusia hay peleas. Junto a los aficionados normales, que llevan a los niños al campo, hay gente muy organizada y peligrosa. Ahora están más controlados por la policía y ya no montan batallas en las gradas. Quedan en aparcamientos o en bosques, fuera de los estadios. Y en Rusia no hay peñas, nadie se organiza así para quedar y ver los partidos. Es diferente.

- ¿Cómo recuerda el año del descenso?

- Es mi peor recuerdo. Teníamos de entrenador a Radomir y un equipo muy bueno. Fue el peor año de mi vida dentro de un campo. Y a eso se sumaba todo el rollo de los contratos y los impagos. Luego seguimos  jugando en Segunda y no subimos por poco, a pesar de que estuvimos medio año sin cobrar. Empezó todo el rollo de los abogados. Se dijo que los jugadores, con las denuncias, bajamos al equipo, pero el problema vino de quien no habló ni explicó las cosas. En la vida hay que cumplir lo que dices y no engañar a los demás.

- ¿Cómo ve al equipo esta temporada?

- Mantener al entrenador ha sido una buena decisión. En los despachos ha cambiado todo. Los mexicanos hacen las cosas bien. Ahora lo único que falta es acertar un poco más y subir a Primera otra vez. Es muy importante para la ciudad. Al equipo de este año todavía me hace falta verlo más. Hay que darle al menos diez jornadas para ver cómo funciona.

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