La irónica justicia del premio de Luka


La elección de Modric como Balón de Oro representa una cierta enmienda al propio espíritu del premio. Un tipo generoso con la pelota, discreto fuera del campo y marcado, como su país, por su dramática historia reciente de guerra y desarraigo. Resulta una preciosa ironía que el trofeo que cada año eleva a una figura rutilante por encima del viejo sentido colectivo del juego recaiga esta vez sobre un futbolista tan empeñado en hacer mejores a los demás y con el pudor suficiente como para no señalarse demasiado el dorsal de su camiseta. El premio hace justicia como si el valor indiscutible de Iniesta como el mejor futbolista del 2010 se reconociese ahora en la piel de un jugador que viste otra camiseta muy diferente.

Modric no ganó el Mundial, pero su figura concita un cierto consenso en un año en el que Messi y Cristiano se volvieron algo más terrenales. El 10 del Barça antes solía honrar el premio incluso cuando no lo ganaba. Pero faltó esta vez. Además, en el Grand Palais de París el equipo de protocolo tuvo que jugar otra vez con la lista de invitados para ocupar la silla vacía de Cristiano. Su ausencia resultaría simpática si faltase al bolo como una reivindicación del valor del equipo en el fútbol por encima de los personalismos de los premios individuales. Si se quedase esa noche jugando al baloncesto con sus amiguetes, o lanzando faltas en un recóndito campo de entrenamiento en Turín. Como si fuese el Woody Allen que cada invierno se ausenta de los Oscars para afinar su clarinete en un hotel de Nueva York. Claro que el cieneasta faltó al gran fasto de Hollywood cuando ganó y también cuando las cámaras habrían iluminado su rostro tan solo como uno de los nominados. La vez que cogió un vuelo a Los Ángeles fue para dar un discurso, cuando los premios y Manhattan se lamían las heridas del 11-S.

Modric ganó el premio casi sin querer. Sin que parezca cultivar todo ese juego de relaciones públicas y postureos que acompaña al fútbol de hoy. Y, aunque ganó la Champions en una temporada colosal, perdió la final del Mundial, el evento que más debería pesar a la hora de ponderar los méritos del 2018. En el criterio de unos doscientos periodistas que votan el Balón de Oro todavía hay espacio para el romanticismo. El tiempo dirá si la entronización de Modric abre un camino alternativo al duopolio de Cristiano y Messi, los dos gigantes que marcaron el principio de siglo XXI, rodeados de maravillosos secundarios a su alrededor.

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