Muere Quini, nace un mito

El legendario jugador deja recuerdos de su extraordinaria capacidad goleadora y de una bonhomía que le granjeó amigos y admiración en equipos de todo el mundo

Quini
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Quini era más que un delantero, más que un jugador muy apreciado en Barcelona y que el icono del Sporting. Su muerte dejó claro que a Enrique Castro era querido, conocido y llorado en todos los rincones del fútbol. Su obituario, en múltiples lenguas, apareció en diarios de todos los continentes y su bonhomía, su carácter apaciguador y su entendimiento del fútbol como un juego que nunca debe confundirse con una batalla le ganaron amigos en todas partes. Su figura unió en el duelo y en el reconocimiento a todos los clubes y suprimió las diferencias basadas en los colores de la camiseta. La Asturias rojiblanca y la Asturias azul lloraron juntas al mejor ariete nacido al norte de Pajares mientras sobre la familia y los dos clubes en los que se desarrolló toda su carrera llovían pésames desde todo el planeta.

Sucedió rápido y de repente. El 27 de febrero, ya avanzada la noche, llegó la noticia de que un hombre había fallecido de un ataque al corazón en la ambulancia que lo trasladaba al Hospital de Cabueñes desde la avenida Juan Carlos I de Gijón, donde se había desplomado. No tardó en confirmarse que se trataba de Enrique Castro, el delantero que más goles ha marcado con la camiseta del Sporting, el delegado bien acogido allá donde jugara el equipo, el mejor embajador que un club pudiera desear. Le falló el cuerpo cuando volvía en coche hacia su casa en La Calzada. Dos policías consiguieron reanimarle y mantenerle vivo hasta la llegada del equipo de sanitarios. Pero de camino hacia Cabueñes sufrió un segundo ataque del que ya no pudo recuperarse.

Había muerto el hombre, pero los recuerdos permanecen y la leyenda no pierde brillo. Su funeral en El Molinón bajo un frío inclemente fue multitudinario. La ovación en el primer partido del Sporting en casa aún resuena en los oídos. La afición vuelve a recordarlo en el minuto nueve de cada partido. El estadio sportinguista, por acuerdo del pleno municipal, es ahora oficialmente El Molinón-Enrique Castro Quini.

Los obituarios recordaron sus éxitos y sus tragedias. Quini reconciliaba en una persona cualquier localismo pequeño. Nació en Oviedo, se crió en Avilés y triunfó en Gijón. Volvieron a verse sus goles. La famosa volea de Vallecas, estampada en una camiseta, es un superventas. Con el Sporting jugó en Segunda y en Primera y estuvo a punto de ganar la liga. Para conseguir títulos se fue al Barcelona. Fue internacional y el máximo goleador de la liga cinco temporadas seguidas. Su secuestro en 1981 tuvo en vilo al país y demostró su grandeza de alma. Tras su liberación, perdonó a los secuestradores, unos parados con más desesperación que impulso criminal.

En 1993, la tragedia volvió a golpearle. Su hermano Jesús, el portero del Sporting grande que aún emociona a sus aficionados, murió ahogado en una playa cántabra al intentar salvar a una familia inglesa. A nombre de los dos ya hay en Gijón un parque. Nada es bastante para El Brujo, el goleador del que se despidió con respeto todo el mundo.

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