No es el VAR, estúpidos


En el fútbol, hay una corriente contraria al VAR. Un movimiento travestido de romanticismo. Uno de sus argumentos es que ese invento del demonio interrumpe la liturgia de un partido, rompe la magia del juego, despierta al público y a los jugadores de una especie de sueño. Parte de su teoría se basa en que el estadio vive en una suerte de trance inviolable durante noventa minutos y pico. ¿A qué vienen a molestar con eso de si el balón ha entrado o no? ¡Qué inoportuno! ¡Qué falta de tacto! ¿Dónde queda la magia? Es una extraña interpretación del odio eterno al fútbol moderno. Porque es muy complicado encontrarle el encanto a quedarse fuera de un Mundial porque Francia marca un gol gracias a una mano flagrante de Thierry Henry. Pues eso mismo le ocurrió a Irlanda en su camino hacia Sudáfrica 2010. La FIFA acabó pagándole cinco millones de euros al presidente de la federación irlandesa para que los agraviados no llevaran el caso a los tribunales. Para los haters del VAR estos lamentables vericuetos posiblemente sean solo flecos del hechizo del fútbol, un pequeño precio a pagar para que nadie interrumpa las celebraciones y los funerales en el césped y en la grada. Para apuntalar su posición, los críticos también se apoyan en los errores cometidos por los árbitros pese a contar con el comodín de la pantalla. Su conclusión es que el rebobinado no vale para nada. Ante una falta dudosa, aunque se repita la imagen mil veces desde quinientos ángulos diferentes, unos dirán que es clarísima y otros que no hay nada. Piqué dice que una cosa es la televisión y otra el campo. Resulta que ahora en la tele la gente parece más gorda y los penaltis más flacos. Últimamente, ciertos colegiados han inclinado la balanza hacia los grandes, los de siempre, los que lloran sin razón y se ríen sin complejos. Pero aquí no falla el asistente de vídeo, que solo es el instrumento para hacer justicia. Lo humano, ya se sabe, es sembrar por lo arado y no complicarse la vida. El nuevo sistema no sopla a favor del orden establecido, solo lo desnuda, lo sirve con toda su crudeza en jugadas clave, porque ya no cabe pensar que el árbitro no vio esto o fue engañado en aquello. No es el VAR, estúpidos.

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