No hay otro derbi como este

La pasión, la rivalidad deportiva, el seguimiento del Sporting y el Oviedo y la mezcla cotidiana de aficionados de ambos clubes en las familias, los centros de estudios y los trabajos dan al derbi asturiano un carácter único en España


Como uno tiene asumido que el grandonismo viene a ser una enfermedad profesional de los asturianos, no digamos ya si además son periodistas, y como para los futboleros de la comunidad autónoma hoy es fiesta de guardar y, por lo tanto, un día predestinado a la euforia y el exceso, vamos a soltarlo de entrada: juegan el Sporting y el Oviedo y no hay otro derbi como este.

Por lo menos, en España. Hasta el grandonismo tiene sus límites y debe ceder ante la evidencia de que un Boca-River es un debate teológico que puede ponerse tan feo como cualquier guerra de religión. O ante la convicción de que, por más que el Old Firm no es lo mismo desde que el Rangers se declaró en bancarrota y se reencarnó en un nuevo club, Glasgow experimenta un desgarro social cada vez que se enfrentan sus dos principales equipos. O ante el hecho tozudo de que las dos aficiones de Milán jamás intentarán conseguir juntas un premio a la concordia.

Pero en España no hay otro derbi como este. De verdad. Pensemos, por ejemplo, en los Athletic-Real Sociedad, incrementados en estos últimos años con las nuevas posibilidades de rivalidad vasca que abren los éxitos del Alavés y el Eibar. Los equipos de Euskadi plantean sus enfrentamientos como jornadas de convivencia. Hay mucho que decir en favor de ese enfoque urbano y manso, que es una manifestación admirable de desarrollo social y humano. Sin embargo, resulta inapropiada para vivir un partido de fútbol como si fuera un asunto trascendental, porque el fútbol, si no se le echa truculencia y unas gotas de realismo sucio, resulta un brebaje echado a perder como un café que se ha enfriado. Por el contrario, lo que hoy se sirve en El Molinón, de igual manera que lo servido hace cuatro meses en el Tartiere, es un trago fuerte.

Roce diario

En Galicia no faltan elementos embriagadores en los partidos entre el Deportivo y el Celta, pero se trata de equipos de ciudades y provincias distintas. Algo parecido puede decirse de los Tenerife-Las Palmas que arrasan en Canarias. Se esperan desde el mismo día que se sortean los calendarios, pero carecen del roce continuo y diario, de la mezcla forzosa y la intimidad con los aficionados rivales en las fábricas, las oficinas y los bares que experimentan oviedistas y sportinguistas durante los días previos y los comentarios posteriores al partido, duelan a quien duelan.

Los éxitos del Atleti bajo Simeone han devuelto cierto interés a los derbis madrileños, que ahora incluso tienen lugar en las alturas donde se deciden las Champions, pero aún falta tiempo para que superen la devaluación causada por más de una década de dominio somnoliento del Real Madrid. Es un virus de previsibilidad que también ha golpeado al derbi de Barcelona. Falta en él un ingrediente de igualdad en el campo, la emoción de ver al Espanyol con posibilidades reales de plantar cara a sus vecinos más favorecidos, la sensación de que no todo está decidido antes de empezar. No es el caso de Asturias. Cabe la nostalgia de los aficionados más veteranos por los partidos de los años 70, por Quini y Marigil, o la de quienes presenciaron los duelos en Primera en los 90, pero ahí están los dos equipos, en la misma categoría, cerca el uno del otro, un poco obcecados por recuperar el lustre del pasado y con la determinación de irritarse mutuamente todo lo futbolísticamente posible.

Y luego está Sevilla, que es caso aparte y tiene su épica propia. Pero los Betis-Sevilla, con todo su despliegue de pasión, rivalidad capaz de degenerar en marrullería, y ansias de triunfo a toda costa compartidas por cada equipo con su afición, siguen siendo los partidos de una ciudad. Lo que distingue a los derbis asturianos es precisamente el adjetivo. Son asturianos e involucran a toda la región. Se viven en Gijón, en Oviedo, en las Cuencas, en toda el área central, en el Oriente y en el Occidente, allí donde hay peñas organizadas o grupos informales de aficionados de cada equipo. Apenas hay un rincón de Asturias que escape a esa fiebre y, si alguno se encuentra, no caben dudas de que allí se han reunido personas sin interés por el fútbol. Sportinguistas y oviedistas viven entremezclados y cruzando bromas entre familiares, amigos y compañeros de estudios o de trabajo. «¿Quién no tiene un amigo del Atleti?», se preguntaba en un reportaje de prensa un aficionado del Madrid al llegar a Lisboa antes de la final de la Champions que los dos equipos jugaron en la capital portuguesa. Cambiando, el Atleti por el Oviedo o el Sporting, la cuestión también tiene sentido en Asturias.

Aficiones curtidas en la decepción

Son pocas quienes no se involucran. Si hay algo sano y sufrido en el fútbol asturiano son sus aficiones. Será porque muchos de esos seguidores se curten en los campos pobres, ajenos al profesionalismo, de la Tercera y de las categorías regionales, además de seguir a los dos grandes equipos, pero las hinchadas han aguantado ya dos décadas de contratiempos y desventuras, punteadas por algunas alegrías, sin dar la espalda a su credo azul o rojiblanco. La temporada pasada, El Molinón fue el único campo de Segunda que se coló en la lista de los diez estadios con mayor asistencia de España y el nombre del recinto gijonés aparece con frecuencia en las cuentas de Twitter que hacen recuento de las mejores entradas en las ligas de segunda división de los grandes países europeos. La Mareona es casi una marca registrada y un apelativo reconocido en cualquier lugar donde ruede un balón.

La hinchada oviedista, a su vez, se graduó en fidelidad y sufrimiento aquel verano de 2003 en el que se encontró de repente en Tercera. No renegó de su equipo ni cuando estaba, tanto literal como metafóricamente, en el barro del fútbol modesto y, cuando lo vio en trance de desaparecer, desarrolló una capacidad de movilización y persuasión tan grande como para convencer a una de las mayores fortunas mundiales para que pusiera dinero y evitara la catástrofe. Ya solo quedan unos pocos peldaños en la escalera para volver a Primera que tanto cuesta subir.

En eso, Asturias también es especial. La pasión por el Sporting y el Oviedo no depende de los resultados deportivos ni de la categoría en la que juegan, sino de una lealtad prolongada a un equipo elegido en la infancia y no disminuida ni en las peores circunstancias. Eso es algo que, al fin y al cabo, no desmerece a nadie si se enorgullece por ello o incluso se permite un momento de grandonismo. Reconozcamos que puede mejorar y que lo hará en el futuro, cuando vuelva a formar parte del menú de una jornada en primera división. Pero, mientras tanto, lo disfrutamos igual. Porque juegan el Oviedo y el Sporting y, qué demonios, no hay otro derbi como este.

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