Deja pasar a Vettel, como siempre


En la fórmula 1 el éxito depende de una fórmula complicada. Competir es entrar en un club exclusivo porque solo hay un puñado de volantes disponibles. El triunfo es una ecuación con incontables factores: el talento del piloto, el motor, la aerodinámica del coche, las normas de turno, la estrategia, los neumáticos, la lluvia, la fortuna... Una de las variables son los galones que da la escudería. Cada año en el gran circo se representa la misma comedia, fingir que no hay diferencias entre los dos pilotos de una escudería. Esas frases míticas que lanzan por la radio del equipo: «Oye, apártate, que fulano viene con más ritmo que tú», «mira, afloja que igual no aguantan los neumáticos y llega muy fuerte mengano». Las famosas órdenes. Hay muchas ocasiones en las que, en el circuito, Dios no reparte suerte. La fortuna se dispensa desde boxes y no siempre con la calculadora. A Sebastian Vettel le suele tocar una buena porción. Es imposible lograr un palmarés así sin contar con ese acelerador. En Red Bull, ocurría porque era la perla, el plan de futuro frente a un veterano Mark Webber. En Ferrari, pasa porque él es el piloto consagrado y Charles Leclerc el novato. Cómo cambia el cuento. Leclerc acaba de ser sacrificado en el Gran Premio de China para que Vettel pudiera subirse al podio. Hubo un tiempo en el que el alemán era conocido como el chico de los sábados. Brillante a una vuelta en solitario, pero más discreto y arrugado cuando había que gastar asfalto y vigilar el retrovisor. Era muy del gusto de Bernie Ecclestone, aunque bastante desagradecido con el equipo que le había regalado las alas de Adrian Newey, el tipo que afiló el monoplaza de Red Bull hasta que logró cortar el viento. En un día malo, Vettel llegó a decir en público que la fiabilidad del coche era «una mierda». Fue curioso, porque todo el mundo sabía que el monoplaza era lo que marcaba una diferencia insalvable con Lewis Hamilton y Fernando Alonso.

Ferrari es una especie de Falcon Crest de la F1. En eso reside parte de su leyenda, en sus múltiples maneras de complicarse la vida. La incógnita es hasta cuándo aguantará Leclerc eso de «deja pasar a Sebastian».

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