Yo no quiero un amor civilizado


El Club Marquee, entonces en el londinense 165 de Oxford Street, vio tocar a los Rolling por primera vez. «Mi riqueza no puede comprarlo todo, quiero oír a los niños cantar» zumbaban en aquel As Tears Go By, que escribieron Jagger y Richards para Marianne Faithfull y versionaron después. Los Spurs, con el cinturón en el primer agujero, tienen un plantel valorado en 164 millones de euros. Menos de la mitad de los 385 que se trae entre manos Klopp. Y así juegan a ser los humildes, los pillos, los que entregan la pegatina de favoritos a los niños de Liverpool.

Los Beatles se hinchaban a pintas en The Grapes antes de sus primeros conciertos. «No cargues el mundo sobre tus hombros, bien sabes que es un idiota que disimula mientras hace su mundo más frío», recitaron al mundo en su Hey Jude. A Pochettino -que de tonto no peina ni el flequillo- le conviene llevar el partido al congelador. Maniatarlo todo. Asfixiar al Liverpool, esperar que se le haga tarde y machacarlo en algún solo de guitarra. Klopp quiere lo contrario. Abusar de la sinfonía. Acelerar la marcha, por fuera y por dentro, mantener un ritmo alto y desatarse rápido en el marcador. Klopp ha perdido en el banquillo seis finales. De Pochettino aún recuerdan por Barcelona aquel ida y vuelta, como futbolista del Espanyol, levantando dos Copas del Rey. El Liverpool se trae la espina. El Tottenham jamás ha pisado el acuario de una final así. El Liverpool es poesía de la buena. El Tottenham, afamada prosa. Yo, como Sabina, no quiero un amor civilizado, con recibos, ni escena del sofá. Quiero que mueran matando.

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