Cuando no esté Nadal


Más de uno recuerda estos días que hay cosas inevitables en la vida y que así hay que asumirlo. Como la vejez, la muerte, los impuestos, la vuelta al cole en septiembre, las Navidades a final de año y Rafa Nadal en Roland Garros en junio. Pasan los años y los tenistas y ellos siguen ahí. Roger Federer y Nadal. El hecho de que a gran parte del público del torneo francés le apetezca ir derrocando a un rey que no han elegido (posiblemente sea un impulso jacobino) hace que los doce títulos del español en París sean todavía un récord más increíble. A las gradas de la Philippe Chatrier también tiene que ir doblegándolas golpe a golpe hasta la rendición final, cuando por fin gana el punto de partido, lanza su discurso intentando alargar cada año su trozo en francés para congraciarse con el personal y levanta la Copa de los Mosqueteros a ese cielo traicionero, más gris y caprichoso de lo que todos quieren reconocer. A Nadal hace años que lo venimos enterrando. Es una persistente ironía eso de querer sepultar a este jugador bajo la tierra. El ocaso que no llega, pero que se ha anticipado en numerosas ocasiones por diferentes razones. Primero, por coincidir con otra leyenda como Federer y tener que repartir la gloria con un genio. Después, por el constante desembarco de otras generaciones de tenistas con más juventud y un nivel mucho más avanzado de Instagram, pero también con un poco menos de capacidad de sufrimiento que los viejos rockeros. Más tarde, por su propio desgaste, por la realidad evidente que ese despliegue físico, esa intensidad y esa mentalidad no pueden durar eternamente. Pero ahí está, otra vez diciéndole a un rival que está seguro de que logrará ganar Roland Garros en un futuro. En un futuro en el que Nadal ya no esté o no compita. De Federer y él se han dicho y escrito toneladas de palabras. Porque las grandes páginas de los deportes se llenan con la tinta de los grandes duelos, ya sean cara a cara o en la distancia. Pero de ellos nos acordaremos todavía más cuando ya no estén, cuando comprendamos que aquella rutina en realidad era extraordinaria. Y nos asaltará una bendita nostalgia.

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