La gran mentira de que ya no se puede subir a la red

Tito Vázquez

DEPORTES

JULIEN DE ROSA | EFE

10 jun 2019 . Actualizado a las 22:51 h.

Debo confesar que la semifinal contra Federer no me había gustado. El juego alto de Nadal en tierra molesta en demasía al suizo y ambos dieron la impresión de estar lentos en su desplazamientos en comparación con otras épocas, donde la vitalidad estaba en su apogeo. No vi a Djokovic perder con Thiem a través de las inclemencias de la lluvia en un partido intenso de 4 horas y 13 minutos. Sin duda, su derrota abrió la puerta para una nueva victoria de Rafa en París.  

El desarrollo de la final era un tributo al tenis. Punto a punto, cada golpe era un movimiento de ajedrez. Era una final digna para entrar en la historia. Cuando Dominic quebró al español para ganar el segundo set 7-5, levantó el puño, lo miró fijamente y caminó erguido hacia el centro de la cancha. Final del segundo acto: gran actuación.

Nadal fue al baño para cambiar el ritmo, parar el partido, para no fluir con el resultado adverso; todos, ingredientes necesarios y conocidos en el mundo del tenis. Volvió a la cancha, pero Thiem se había ido. El austríaco, quizá debido al exceso de mantener su concentración y jugar varios días seguidos, perdió su intensidad y foco de manera sorprendente. Sacó muy mal y se colocó 4-0 abajo en cuestión de segundos. El torero cuando ve al toro sangrando y con la cabeza gacha sabe que debe terminar la faena lo antes posible. Nadal tiene esa estirpe, juega como si en cada punto se jugara la vida. El tío Toni lo alentaba desde la tribuna.