Gaizka Garitano: las manos que resucitaron al león

El entrenador ha hecho del Athletic un conjunto sólido capaz de sobreponerse a sus carencias en ataque


Raúl García se ha cruzado en el camino con varios veteranos de Primera División. Ellos reculaban buscando el cobijo de posiciones más próximas al área propia, donde ver el fútbol de cara y estirar carreras, dosificando esfuerzos; él iba aproximándose al gol. Nueve lleva. Cifra nada extraordinaria en su currículo; lo novedoso está en su posición. Desde que vestía el rojillo del Osasuna, hace ya ocho temporadas, nunca había ejercido tanto tiempo como ariete. Ningún equipo había precisado así de su perfil anotador. El Athletic, sometido a los rigores de la identidad, tiene acotado el territorio en que buscar reemplazo para Aduriz, obligando a los técnicos a improvisar. O a mirar atrás.

Gaizka Garitano sumó factores, consciente de que no había mucho que rascar en el filial. De allí llegó hace quince meses, cuando la crisis azotaba a la institución vizcaína y el modelo Berizzo no daba para más. Con los leones en plazas de descenso, recibió como herencia un colador. 23 dianas encajadas en 14 encuentros. Los mismos tantos que concedió el equipo hasta agotar la temporada. El técnico bilbaíno cerró el grifo y blindó San Mamés, donde los locales no volvieron a caer, para concluir el curso al borde de las plazas de competición europea, de las que se descolgaron en la última jornada con una derrota en el Pizjuán.

Gaizka aliviaba en casa sus malas experiencias en Ipurúa, Zorrilla y Riazor. Del Eibar se despidió con descenso, emborronando ligeramente su extraordinario papel (condujo a los armeros a Primera desde Segunda B). En Valladolid le concedieron apenas nueve partidos de margen y del Dépor lo echaron a los 23. Pocos técnicos dejaron mejor sabor de boca, pese a los pobres resultados, en la última incursión en la máxima categoría del conjunto blanquiazul.

Reservado, desahogando en Patxi Ferreira las distancias cortas y el trato más cercano con el plantel, su personalidad no casa con la popularidad propia de la profesión. En el trabajo fuera del foco está su aval.

Labor que hasta el momento ha deparado un Athletic solvente y ha aproximado la gabarra a las orillas del Nervión. El club lleva cinco campañas sin títulos, aunque el último fue una Supercopa obtenida en calidad de subcampeón. Antes había perdido una final de Copa del Rey como la que volverá a disputar tras derrotar al Granada en la penúltima fase de un torneo en el que se ha acostumbrado a resolver sus duelos de forma agónica, casi siempre al borde de la eliminación.

Poco ha tenido que ver su camino con el del rival definitivo; la otra pieza del derbi vasco que cerrará una de las ediciones más bonitas de la competición del ko. El desenfado de la Real frente a la seriedad del Athletic, que ha recuperado la garra para combatir la sequía que amenazó su constante permanencia en Primera. Ahí sigue, sin ningún riesgo de descenso, aferrado a goleadores ocasionales, al blindaje de San Mamés (el mejor de la Liga) y al técnico que resucitó al león.

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