Mucha fe, algo de fortuna y tres zarpazos contra la voracidad del campeón


Es el Liverpool un equipo afilado y voraz que rara vez mete la marcha atrás con el balón en los pies. Somete con y sin posesión. Aprieta y aprieta. Si fuese un boxeador, iría siempre al intercambio de golpes, porque en su diccionario no hay cabida para la espera y la especulación. Acaba estresando al rival, toda vez que no le da tregua.

No rehúye las combinaciones largas, pero si puede acelerar, acelera. Chamberlain es de los que desborda pisando el pedal a fondo. Salah o Mane combinan velocidad y habilidad. Firmino aparece para ordenar el tráfico. Henderson es el pulmón que nunca se cansa. Los centrocampistas y a menudo los centrales y los laterales, se acercan al área con una devoción que no conoce límites. De una manera o de otra, siempre acaban creando oportunidades. Si pueden sorprender aprovechando alguna fisura, se aplican. Si el rival cierra bien los espacios, apelan al recurso de los centrales laterales, casi siempre con veneno, y están atentos a los rechaces.

En la primera parte el Atlético de Madrid fue ordenado y gallardo. Tardó catorce segundos en amenazar, con una gran maniobra de João Félix. A Diego Costa le faltó velocidad para completar el gran pase de su compañero.

El colectivo de Simeone aguantó todos los embates rojos excepto uno, en el minuto 42. De tanto insistir, el Liverpool acabó encontrando un remate franco en el área. Wijnaldum cabeceó y convirtió en gol uno de los pocos desajustes visitantes.

No cambió el guion en la segunda mitad. Siguió el asedio local por tierra, mar y aire, continuó Oblak parando todo lo parable y algo más. El travesaño también se alió con un Atlético que no renunció al ataque pero que apenas conseguía pasar la línea de medio campo. Así se llegó a la prórroga, tras un gol bien anulado por fuera de juego a Saúl en la última jugada.

En el tiempo suplementario, locura y el milagro. El Liverpool mantuvo el asedio y se adelantó con un gol de Firmino. Cuando peor pintaba para el Atlético, la fortuna le echó una mano. Un mal golpeo de Adrián fue a parar al más clarividente, João Félix, que enlazó con Marcos Llorente y el exmadridista no perdonó desde el borde del área. Repitió asociándose con otro jugador con pasado merengue, Morata. Y el ariete sentenció cuando el Liverpool ya había perdido la fe.

El Atlético de Madrid aguantó lo indecible sin renunciar a los zarpazos. Y apeó de la Champions al vigente campeón en un partido en el que árbitro y capitanes se saludaron con los codos, no hubo comida de directivas y miles de aficionados de los dos equipos llenaron las gradas del templo de Anfield. Es el fútbol.

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Mucha fe, algo de fortuna y tres zarpazos contra la voracidad del campeón