Alguien ha hecho las cuentas sobre el ratio de títulos por partido que lleva Zidane en el Real Madrid y le ha salido un dato precioso. Desde que el francés cogió las riendas del equipo, metiéndose en esa cama de sábanas planchadas y embozo milimétrico que la plantilla le preparó a Benítez, Zizou levanta una copa cada 19 partidos.
Muchos —un «muchos» en el que no me queda más remedio que incluirme— veían en él mucha percha y poco fútbol. Se sacó el carné de entrenador con polémica, después de que llegase a estar inhabilitado para dirigir al Castilla por no contar con la documentación debida. Un Castilla que ya parecía quedarle grande.
Luego estuvo de segundo con Ancelotti y los medios madrileños, preparando la transición, se hartaron de publicar una foto de el marsellés berreando en la banda ante una mirada displicente de Carletto. Pese al potencial simbólico que captó el fotógrafo, era difícil no recordar con ternura el cartel de «perro peligroso» que cuelga de las casas de campo. Un pastor alemán en el dibujo y un yorkshire ladrando en la verja.
Pero nada más llegar, con la temporada a medias, ganó una Champions. Y al año siguiente otra (aquella primera Liga casi pasa inadvertida) y luego una tercera cuando nadie había logrado encadenar siquiera dos en la historia europea reciente. El argumento de la «flor», se nos agotó en la segunda.
Se sigue hablando de Guardiola y su éxito teórico como paradigma del entrenador moderno. También de Klopp y su rock’n roll. Pero el Real Madrid es lujo y élite. Y las élites no necesitan publicidad que avale sus gustos. Más bien todo lo contrario, lo exclusivo no necesita promoción. Se devalúa. ¿O se creen que los ricos sirven Ferrero Rocher en sus fiestas? Ahí encaja Zidane: callado, equilibrado, educado. Exclusivo. Capaz de mandarte al infierno con una sonrisa, como gusta en el palco del Bernabéu.
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