La marcha sobre Londres

DEPORTES

JUSTIN TALLIS

En el Suecia-Eslovaquia vimos algún destello que lo identificaba con un partido de fútbol. Esencialmente, lo que salió de las botas de Isak, quien a esta hora sigue milagrosamente en la Real Sociedad. La forma elegante y efectiva en que el jugador se destacó por encima de la pesadísima grisura del juego es como un chapoteo en un océano donde abundan los tiburones de la Premier o la Serie A.

Comenzamos a pagar la voracidad recaudadora de esa Eurocopa inflada hasta los 24 equipos al precio de ejercicios mortificantes como el ofrecido por suecos y eslovacos. Fueron estos últimos mejores durante una hora. Hasta que Isak, con un par de latigazos, empujó veinte metros hacia atrás a los rivales. El choque se pareció tanto a lo que debe ser un encuentro de fase final de Eurocopa como ese reclamo cinematográfico recurrente hasta el hastío que vocean los comentaristas -la cantilena de Operación Camaron- se asemejará a cualquier idea de cultura europea. De hecho, Mediaset y cultura europea son un chirriante oxímoron. Lo afirma cada pedrada al diccionario de la RAE del valentón Kiko o del tímido Morientes.

La Croacia subcampeona del mundo en Rusia se descalabraba en el primer tiempo ante los checos. Como una armada Brancaleone. Tan mendicante anda el once de Zlatko Dalic que cuando apareció Perisic, un día más en la oficina, se apuraron a firmar el rácano empate. Y a contar con ganar a Escocia y entrar como plañidera en octavos.

A la vista de la zarabanda de la afición escocesa durante todo el día en la capital del reino, el duelo con Inglaterra debió haberse disputado en zona after hours. La Marcha sobre Londres de unos 30.000 seguidores de la Tartan Army sin entrada no estaba mucho en lo de la independencia. El único estado del que los escoceses ansiaban independizarse era el de su sobriedad. Y más que el empate en Wembley, lo que Escocia se planteó negociar, desenfadada en el campo, fue el número de pintas de cerveza permitidas para la causa. En eso sí goleó.