Esta Eurocopa de 24 selecciones, ideada por la UEFA en el 2016 para recaudar más, entra ahora en el solomillo. Y, sin embargo, no podemos quejarnos del bagaje de la fase de grupos. El sistema donde pasan los cuatro mejores terceros es una invitación al relajamiento de los cuadros de primer nivel. Y mucho más, campo abierto al biscotto de algunos equipos de los que firman entrar tras una espera de días en el limbo. Pero no ha habido rastro de nada similar en estas dos semanas. Un hálito de alta tensión competitiva ha rodeado la suerte de cada uno de los seis grupos. Tal vez este voltaje sea una consecuencia del hambre de gran torneo tras el parón obligado por la pandemia. O algo puede haber tenido que ver en la solemnización de este campeonato el sábado en que Eriksen vio en una banda del Parken Stadion de Copenhague una dead line que sorteó en su carrera hacia la vida.
Es verdad que Italia, Holanda y Bélgica han hecho pleno. Pero la Oranje tuvo que soportar una remontada de la Ucrania perezosa que solo solucionó sobre el reloj. Y Bélgica, pese al triunfo injusto, se vio claramente superada por Dinamarca. Sin duda, la danesa es la gran agonista del campeonato. Poseída por una suerte de misticismo que puede aún tirar de ella más alto. Otras agonías con intermedio feliz han sido las de Portugal y Alemania en el grupo de la ruleta rusa. Salen ambas dañadas, con Inglaterra y Bélgica en la suerte de varas, picadas donde su arte exige. Y el sufrimiento de la España de Luis Enrique, claro. El asturiano ha querido pisar todos los charcos: no convocar a ningún jugador del Madrid. Y un empeño incondicional en vivir o morir pero siempre con Morata. Todo ello en el país del ¡Maura, no! es algo más que un acto de resiliencia. Se trata de un duelo al sol con medio mundo enfrente.
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