Los drones elevan una ceremonia de apertura contenida de los Juegos de Tokio

DEPORTES

Casi dos mil artefactos voladores dibujan en el cielo de la capital de Japón un espectáculo fabuloso en un acto en el que la tenista Naomi Osaka encendió el pebetero

24 jul 2021 . Actualizado a las 09:55 h.

El baile de 1.824 drones en la noche de Tokio brindó a la ceremonia de apertura de los Juegos de la pandemia su primera estampa icónica. Los artefactos voladores dibujaron junto al estadio primero el logotipo de la cita olímpica que tenía que haberse celebrado el verano anterior y se aplazó por el coronavirus y luego un espectacular globo terráqueo. Al emocionante espectáculo en el cielo le siguió la interpretación del Imagine de John Lenon entre Alejandro Sanz, Angelique Kidjo, John Legend y Keith Urban. Así comienzan los Juegos  -que en realidad habían arrancado con los primeros partidos un par de días antes-, con un ritual que se volvió a hacer demasiado largo por la lentitud del desfile y lo manido de los discursos. Un chupinazo emotivo y contenido que tuvo, al menos, otros dos momentos celebrados, la coreografía en la que tres artistas daban vida a los pictogramas que representan los distintos deportes del actual programa y el sketch en el que un operario de una central jugaba a iluminar los edificios más emblemáticos de la capital. Dos mensajes constantes estuvieron presentes en los discursos: la triple tragedia de Fukushima del 2011 -terremoto, maremoto y accidente nuclear- y la recuperación del país, una idea que estaba en el origen del mensaje que debía de mandar al mundo la cita olímpica, y la pandemia. La ceremonia de los segundos Juegos de Japón -donde ya se habían celebrado en 1964 como canto a la recuperación del país tras la segunda guerra mundial- cumplió, pero el vibrante acto de inauguración de Londres 2012 sigue sin superarse.

Tokio es una capital dividida entre quienes apoyan y quienes rechazan la celebración de los Juegos en pleno estado de emergencia. Y las dos corrientes se dejaron ver alrededor del estadio. Los más entusiastas se agolparon en los alrededores casi dos horas antes del inicio de la ceremonia de apertura para contagiarse entre ellos de una cierta euforia y para ver cómo iban llegando las 10.400 personas que accedieron al recinto en el barrio de Shinjuku: 6.000 deportistas y auxiliares, 900 invitados y representantes de los distintos estamentos involucrados en los Juegos, 1.500 profesionales de la retransmisión televisiva y 2.000 periodistas.

El estadio desierto ofrecía una estampa fría e inédita en una ceremonia de apertura, con casi todos sus 68.000 asientos vacíos. Arrancó con fuerza la inauguración, incluyó un momento de silencio en recuerdo de los fallecidos por el coronavirus, los olímpicos muertos, y en especial por los de los atentados contra el equipo israelí en los Juegos de Múnich 1972. Un acto que fue perdiendo algo de ritmo entre espectáculos que mandaban guiños a la historia de Japón.

Para evitar un desfile algo ridículo en un estadio vacío, se situaron decenas de figurantes a pie de pista para aplaudir en un largo pasillo la salida de los atletas de diferentes países. Lo hicieron con música de videojuegos de fondo, un guiño a una industria poderosísima que no es cosa de niños.

Juan Ignacio Roncoroni

Participaron alrededor de un centenar de españoles, con la nadadora Mireia Belmonte y el piragüista Saúl Craviotto como pareja de abanderados. Pocos gallegos disfrutaron del acto, entre los ausentes porque aún no viajaron a Japón, los concentrados en sedes alejadas de la capital y aquellos que prefirieron la prudencia y el descanso poco antes de sus competiciones. Aunque se vistiesen, como el triatleta Javier Gómez Noya, para desfilar junto al resto del equipo español por sus apartamentos con el uniforme oficial. También con el traje de España se subió a su barco la regatista pontevedresa Támara Echegoyen, acompañada de Paula Barceló, para hacer su particular desfile en la isla de Enoshima en su 49erFX.

A la vuelta del paseo de hasta 207 banderas, llegaron la fabulosa coreografía de drones y los discursos, que hilaron los valores del deporte y del olimpismo, la unidad, la superación y la solidaridad como maneras para dejar atrás el golpe del coronavirus. No por ciertas, las palabras del presidente del Comité Olímpico Internacional, Thomas Bach, y la jefa del comité organizador de Tokio 2020, Hashimoto Seiko, tuvieron el aroma de una liturgia demasiado gastada.

Los últimos relevos de la antorcha en el estadio ahora también se han convertido en un largo reparto de protagonismo, cuando antes eran apenas dos o tres. Esta vez ese esperado clímax incluyó el paso del fuego procedente de Grecia por las manos de atletas veteranos, una enfermera, varios niños de las regiones próximas a Fukushima y, por último, Naomi Osaka.

Al pie del pebetero, que se descubrió justo en ese momento a ras de suelo y deberá ser reubicado en otra parte del estadio antes de que comience la competición de atletismo, esperaba la tenista. Un final sencillo que visibilizó a una estrella frágil, tocada por la ansiedad. Hasta una metáfora de estos tiempos extraños de fatiga pandémica, más todavía en el país que recuperó hace unos meses el Ministerio de la Soledad. Pero Osaka también representa un símbolo del Japón multirracial, una deportista negra de padre haitiano y tocada ayer con rastas de color rojo.

El fuego iluminó la noche en un pebetero con mensaje, inspirado en los anteriores Juegos de Tokio 1964. Una escultura del monte Fuji terminó coronada por una flor que abrazó el fuego.

A continuación, el emperador Naruhito declaró abiertos los Juegos de la XXXII Olimpiada. Así se consumió la apertura de un tinglado que se habían presupuestado con una inversión de 7.000 millones de euros y que ya hace tiempo que dobló su factura. Un gasto que nunca llegará a conocerse del todo. Un espectáculo que da un pequeño impulso para que Tokio 2020 deje atrás el miedo y la controversia y dé paso a lo mejor del deporte durante los próximos 16 días.