La mejor nadadora española de la historia se despide lejos de su nivel, víctima de las lesiones, y con la sombra de la retirada definitiva
31 jul 2021 . Actualizado a las 13:23 h.Con la última posición en su serie, en una distancia —el 4x100 estilos— que nunca estuvo entre su catálogo de virtudes, Mireia Belmonte se despidió de Tokio y, previsiblemente a sus casi 31 años, de la vida olímpica. «Tampoco se pueden hacer milagros con dos meses de entrenamiento», había deslizado cuando se quedó, en la final de los 400 estilos, a 23 centésimas de su quinta medalla. Fue la única final que nadó. «Me veo rápida en el libre para el 1.500», quiso exprimir la confianza. Fue un fiasco. Le sobraron más de seis segundos para meterse. Se encomendó entonces a las series de los 800. Se quedó, con el decimotercer tiempo, lejísimos.
Seis años con una tendinitis
Como abanderada junto a Saúl Craviotto de la expedición española, Mireia llegó a Tokio tras dos años de suplicio, víctima de una lesión que le persigue desde el 2015, cuando renunció al Mundial de Kazán: «Una tendinitis con acumulación de líquido en los hombros, resultado de muchos años de entrenamiento». Entró en una decadencia que no ha cesado. Renunció al Europeo de Glasgow en el 2018, víctima de vértigos: «Los médicos me recomiendan no forzar».
Al Mundial de Gwangju, en el verano del 2019, fue con las expectativas de remontar el vuelo. Nadó solo en los 800 libre y en los 1.500. Se quedó muy lejos de las mejores. «Tenemos muchos deberes. Si alguien es capaz de reaccionar, es ella», resumió Fred Vergnoux, su entrenador. La cita olímpica asomaba entonces a menos de un año vista y Belmonte seguía sin responder en la piscina.
Sin mínimas unos meses antes
La pandemia le otorgó un año extra de preparación. A unos meses de la celebración, y cuando ya era público que portaría la bandera en la inauguración, seguía sin lograr las mínimas en sus mejores pruebas. En diciembre, en el Trofeo Castalia, las obtuvo en el 800 y el 1.500: «Me quité un peso enorme de encima». Apenas había podido entrenarse por una hernia inguinal que la obligó a infiltrarse. «Me quedan dos o tres mínimas por hacer, espero que pueda avanzar con la lesión y las consiga en los Campeonatos de Europa de Budapest». No llegó a viajar a Hungría: «Todavía no me sentía lista para competir al máximo nivel».
No había rastro de los 200 mariposa, prueba en la que se había colgado la plata en Londres 2012 y el oro en Río 2016. Tampoco de los 400 estilos que le habían brindado el bronce en los últimos Juegos. En los últimos días de junio, unas semanas antes de que arrancara la cita en Tokio, Mireia se presentó en el histórico Trofeo Sette Colli, en Roma, para conseguir las marcas en dos de sus tres pruebas fetiche.
En los 400 estilos finalizó tercera con un tiempo de 4:39.37, su mejor marca de la temporada, pero sin poder lograr la mínima olímpica, que está en 4:38.53. La federación acabó invitándola. En los 200 mariposa solo pudo ser decimocuarta con un tiempo de 2.13,63. Belmonte renunció entonces a defender en Tokio su oro olímpico, un síntoma evidente de un declive al que intentaba resistirse.
«Por encima de mis expectativas»
Lleva ya más de un cuarto de siglo en la piscina. Empezó a nadar a los cuatro años, por prescripción médica, para combatir un diagnóstico de escoliosis. Se apuntó al Club de Natación Badalona pese a su alergia al cloro. Con 12 años sumó seis oros en el campeonato de España. Se fue a un Centro de Alto Rendimiento y después, a los 15, a la Blume. Le apodaron leona por su competitividad.
Con 43 metales en grandes citas, Mireia era consciente en Tokio de que su trayectoria, la más laureada de la natación española, estaba capitulando: «No todo son medallas. He estado muy por encima de mis expectativas», contó, resignada, tras verse apeada de la pomada en el 800. La leona languidece y la retirada asoma.