El fútbol que venía desplegando el Barça no invitaba al optimismo. Los discursos del día antes lanzados por Laporta, Xavi Hernández y Piqué tampoco, por más que ese fuese su propósito. Sonaban más voluntaristas que efectistas y, peor que eso, poco convincentes.
El Barça, obligado a ganar, se encontró con un Allianz Arena huérfano de público, por la pandemia, un escenario que volvió a recordar que cuando falta el aliento de la grada falta el alma. Salió con mucha determinación y durante un cuarto de hora pareció que, cuando menos, podría tutear a los teutones. Fue un espejismo. Se diluyó.
A Xavi Hernández le queda mucha tarea. No basta con querer la posesión de balón y pretender jugar en campo rival. Cuando menos, en la Champions.
Pasada la fase de tanteo, y más tras la lesión de Jordi Alba, el Bayern se adueñó de la pelota y del partido. Minimizó a un rival decadente que se descosía con demasiada facilidad y dejaba espacios a la espalda ante un equipo alemán mucho más veloz, más vertical y más incisivo. Los locales llegaban al área de Ter Stegen con empuje, los visitantes apenas pisaban la de Neuer. Así fueron cayendo los goles en la red de un Barça anémico al que le faltó de todo, incluso rebeldía.
Cualquiera que no conociese de antemano el contexto que envolvía el partido podría pensar que era un duelo de pretemporada entre un colectivo ya muy engrasado y otro que está buscando su identidad.
La Champions ya es historia para el peor Barcelona de este siglo, obligado a reconducir la temporada y poner en marcha un proceso de reconstrucción que se antoja sumamente complicado. Incluso le cuesta encontrar argumentos a los que agarrarse.
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