El alemán se torció un tobillo durante un juego y tuvo que ser evacuado entre lágrimas en silla de ruedas
04 jun 2022 . Actualizado a las 09:50 h.Esta vez el grito no iba más allá. No envolvía el esfuerzo del golpe ni la euforia del punto a favor. Solo contenía el dolor intenso del retorcido tobillo de Alexander Zverev. El autor daba vueltas desconsolado sobre la tierra batida; lesionado en su intento de alcanzar una bola con forma de tie break. La que prometía estirar aún más el fenomenal espectáculo que daba acceso a la final de París. La que sin embargo detuvo en tres horas deliciosas el cuerpo a cuerpo entre un alemán contundente y un español tenaz, dotado de un renovado repertorio de golpes y una fuerza mental imperecedera, alcanzados los 36. Rafa Nadal festejó su cumpleaños con otro pase de pista para el desenlace de Roland Garros y aunque los registros dirán que le llegó por abandono del contrincante, el dato solo no explica lo sucedido en la Philippe-Chatrier.
Soberbio duelo de estilos, tamaños y generaciones, en el que el derrotado enfrentó además el lastre de su fantasma interior.
Cualquier testigo de oído fino pudo sentir, seguro, el instante en que la confianza de Zverev se rompió. La banda sonora del momento fue la del ruido casi imperceptible de una bola deslizándose sobre la línea, impulsada por un fenomenal paralelo de Nadal. No era más que un 15-15, pero detuvo el huracán. El juez bajó de su silla a dar por bueno el punto, sin acabar de convencer al alemán, que se veía dueño del set. Lo dominaba con autoridad tras haber roto el saque de su adversario en el juego inaugural y retener por tres veces el suyo sin dificultad.
La solidez incontestable duró hasta que se produjo esa pequeña decepción, en la que la cabeza del número 3 del mundo ya no dejó de hurgar. De inmediato envió fuera un golpe sencillo y aunque disimuló la brecha con un par de servicios incontestables, el derechazo largo del 40-40 delató un problema confirmado por la doble falta posterior. Ya solo quedaba el recurso del ace, tratando de atenuar el daño de un fácil smash que se perdió en el pasillo mientras la raqueta huía de la mano de Zverev, y de un pésimo revés cruzado que selló el break.
Camino del 3-5, Nadal se encontraba un 4-4 al que pudo sacar partido inmediato, enrocado en el fondo de la pista y colocando varias bolas altas para que se las tragara su rival. Hasta 26 errores no forzados y cuatro dobles faltas en momentos críticos que el balear perdonó por tres veces al resto, alargando el asunto hasta el tie break. Mereció la pena esperar.
Porque la muerte súbita ofreció un amago de resurgimiento de Zverev, quien se colocó con ventaja de 2-6 solo para ver cómo el ingobernable veterano le iba recortando sobre el alambre hasta empatar. El 5-6, con una increíble derecha cruzada; el iguales, con un gran passing tras atraer al adversario a la red. Las dejadas del español pocas veces fueron definitivas pero en varias ocasiones descolocaron a su oponente, ineficaz al reorganizarse después. Neutralizada la distancia, solo hubo que esperar la ocasión de otro paralelo formidable que liquidara el set.
El número 5 del mundo, por delante del 3, y segunda manga a estrenar. Oportunidad para medir la capacidad de respuesta del más joven de los dos; candidato a todo en cuanto aplaque esa ciclotimia que lo saca de partidos con la envergadura de una semifinal de Roland Garros. Aún siguió de bajón durante el primer juego, entregado en blanco, y hasta el 40-15 del siguiente. Entonces encontró una aliada en la cinta para levantar cabeza y devolver el break.
Las roturas se hicieron constantes a partir de ahí, respondiendo a los pobres registros de primeros servicios. 49 % de Nadal y 67 % de un Zverev que sí logró afianzar uno de sus saques, estableciendo un 2-4 y un 3-5 que lo colocaban de cara para cerrar el set. Iba 30-15 cuando su arma le traicionó. Un par de dobles faltas —acabó con 8— le obligaron a buscar la manga al resto. 0-30 a favor y otra vez el efecto de la presión. Derechas que se van largas con el campo abierto para rematar. 5-5 y el recurso de los servicios endiablados (alcanzó los 216 kilómetros por hora) para alcanzar el 5-6. Restaba de nuevo el alemán para alcanzar el empate, pero el partido no fue más allá. Tres horas consumidas en dos sets espectaculares hasta que el tobillo de Zverev se dobló. Corría a neutralizar el derechazo con el que Nadal forzaba el tie break, cuando un mal apoyo lo envió cuerpo a tierra, gritando de dolor.
El balear cruzó enseguida la pista para preocuparse por el rival. La silla de ruedas se perdió en el túnel de vestuarios y no fue necesario esperar los 15 minutos que marca el reglamento para entender que no habría más semifinal. Lo confirmó el alemán, regresando al campo con muletas a despedirse del juez, del contrario y de las gradas abarrotadas que le dedicaron una merecida ovación. Avanza Nadal, con los bríos renovados de los 36.