Identidad, gestión y responsabilidad en sus 120 años
DEPORTES
Hablar de los 120 años del Real Sporting de Gijón no es hacer memoria de un club, es hablar de algo que forma parte de un lugar y de la gente que lo habita, una identidad que no aparece de un día para otro y que, en Gijón y en Asturias, se reconoce sin necesidad de explicarse.
El Real Sporting no empieza en un campo, empieza mucho antes, en la gente, en ese niño que se pone por primera vez una camiseta rojiblanca sin entender del todo por qué eso le importa, en quien llega un domingo a El Molinón y descubre por qué se le llama «El Templo», en los más veteranos, que enseñan que aquello no va solo de ganar o perder, sino de estar, de volver, de seguir.
De forma casi imperceptible, deja de ser algo que se mira desde fuera para convertirse en algo que uno reconoce como propio y ahí es donde el Sporting deja de ser solo fútbol.
A lo largo de estos 120 años ha pasado por innumerables etapas, cantera, plantillas, directivas y todo eso forma parte de la historia, pero hay algo que no ha dependido de nada de eso y que se ha mantenido reconocible con el paso del tiempo, la forma en la que su afición lo vive.
Por eso el Sporting no puede entenderse únicamente como un club de fútbol, ni el sportinguismo como una simple afición, es una expresión cultural, una identidad construida sobre valores, hábitos y una manera de sentir que se transmite generación tras generación.
Cuando algo alcanza ese nivel de arraigo, también exige una responsabilidad a quienes lo gestionan y ahí es donde el presente obliga a una reflexión serena. Dirigir el Sporting no es solo tomar decisiones desde un despacho, sino entender que se está al frente de algo que no pertenece únicamente a quienes lo administran.
En los últimos años se ha avanzado en profesionalización y estructura, algo necesario en el fútbol actual pero en ese camino, se ha tenido una desconexión con aquello que sostiene al club,su gente.
No siempre se ha explicado, no siempre se ha compartido y eso ha generado una distancia que, aunque discreta, existe.
El sportinguismo no pide imposibles, pero sí espera cercanía, coherencia y sensibilidad. Cuando se gestiona una identidad, no basta con hacerlo bien en lo técnico, hay que hacerlo bien también en lo emocional.
Las peñas forman parte de esa continuidad, somos una expresión visible de cómo esa identidad se organiza y se cuida en el tiempo y su papel debería entenderse siempre como un aliado natural dentro del ecosistema del club.
Mirar hoy al Sporting es mirar 120 años de historia, pero también preguntarse cómo se quiere gestionar su futuro, porque todo puede cambiar, las personas, las etapas, los modelos y lo único que permanece es la comunidad que lo sostiene, El Real Sporting somos nosotros.
Y precisamente por eso, la mayor responsabilidad de cualquier gestión es no alejarse nunca de ella.
Dentro de otros 120 años, cuando todo vuelva a ser distinto, lo importante seguirá estando en el mismo sitio, en esa comunidad que no se fabrica y que, precisamente por eso, permanece.
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