La final de todos los tiempos

Raúl Caneda

DEPORTES

 Mural de Lamine Yamal en Pekín.
Mural de Lamine Yamal en Pekín. ANDRES MARTINEZ CASARES | EFE

El fútbol es un juego opinable donde lo único indiscutible es el resultado. Los resultados de los finalistas del Mundial delatan una hegemonía de ambos solo homologables con las de las mejores selecciones de la historia. Los dos vienen de protagonizar unas semifinales antológicas, dos cumbres para la historia.

Mientras España le recordó a Francia que la única exuberancia real es tener juego, Argentina viene de protagonizar una remontada que pasará a la historia del fútbol.

Inglaterra, aferrada a su tradición de jugar para esforzarse, sin esforzarse en jugar, cayó esclava de su mente cartesiana. Empeñada en cerrar los partidos dejando de jugar, aplicó la misma receta cuantitativa que le resultó ante Noruega: más defensas, más fuertes, más altos. Argentina les recordó que mientras ellos juegan el fútbol no es algo previsible y cuantitativo, una mera cuestión de cuántos y dónde. Si ellos juegan, el fútbol es un arte cualitativo donde lo único que importa son quienes y cómo. Mientras Inglaterra defendía a elementos, principios, lo previsible, Argentina le recordó que el fútbol bien jugado puede convertir a muchos en pocos, a altos en bajos, a fuertes en débiles.

Con esta final, España viene a demostrar que nuestro éxito no fue una coyuntura fruto de una generación excepcional. El fútbol español se ha conrvertido, ahora sí, en una referencia. Un paradigma. Un hegemón. Todo lo empezó Cruyff.

En una época en la que los mediocentros se usaban para no hacer jugar al rival convirtiendo el mediocampo en un campo de minas, él empezó su revolución cultural entregando ese espacio a un flaco: le dio el balón a Guardiola.

Entre el genio holandés y la Quinta del Buitre no nos dio para ganar, pero sí para empezar a ser.

Rodri no es una excepción. Es un paradigma que no se entiende sin un Busquets o un Xabi Alonso antes, y estos a su vez se explican por Guardiola. Pedri es un producto exclusivo del fútbol español que se explica por Xavi e Iniesta. Lo que para nosotros es cotidiano, en casi el resto del mundo es un imposible: España se ha convertido en la reserva del talento.

Luis nos dio el empujón definitivo poniéndolos a todos juntos, dando inicio a una nueva época, y a una nueva sensibilidad: para ganar hay que jugar.

España y Argentina desafían todas las tendencias del fútbol moderno. Mientras la hegemonía anglo pretende convertirlo todo en algo cuantitativo y controlable, más rápido, más fuerte, más atlético, los finalistas vienen a recordar que nada de eso se activa sin saber jugar.

El mejor jugador del mundo es el que menos corre de todo el Mundial, y la anatomía entera de nuestra selección cabe toda en un ascensor.

España asombra al mundo con su fútbol de centrocampistas. Jueguen donde jueguen, todos mejoran la jugada. Cada balón viaja de pie en pie, regalando tiempo al siguiente e imposibilitando la presión rival.

Ningún jugador es presionable, todos van ampliando las posibilidades del siguiente. Como en todos los grandes equipos, no se advierten ni planes, ni patrones, ni modelos. Los muy grandes se armonizan mientras juegan, generan una sintonía en la que el entrenador solo tiene que escuchar y acompañar.

Al igual que Argentina, ambos encuentran la pasión por esforzarse en defender y recuperar la pelota, en el anhelo de volver a tenerla.

En el partido imaginario, España podría tener la pelota y así alejar a Messi de nuestro campo y dejar a Argentina (sin Di María) sin posibilidad de contra. El partido real es superar adversidades y combatir la incertidumbre. La grandeza de Argentina es que nadie como ellos saben jugar todos los partidos que vienen en el mismo partido.

No juegan el partido imaginario. Son maestros de lo real. España contra Argentina. La final de Messi. El partido de todos los tiempos. El fútbol real que siempre vuelve.