De Oviedo a Sevilla en bicicleta y vuelta en seis días: el reto de ultradistancia de Miguel García Granda
DEPORTES
Este aficionado al ciclismo completó más de 1.600 kilómetros en solitario, con una media de 29,6 kilómetros por hora y más de 14.000 metros de desnivel acumulado. Tras coronar el Naranco con el reto Everesting, ha puesto a prueba su resistencia en un viaje marcado por la lluvia, el viento y los imprevistos en carretera
13 oct 2026 . Actualizado a las 10:04 h.Miguel García Granda llegó a Oviedo el jueves por la noche, después de seis días sobre la bicicleta, más de 1.600 kilómetros recorridos y un viaje de ida y vuelta a Sevilla que había preparado con un objetivo claro: completar todo el trayecto en tres jornadas de ida y otras tres de regreso. Lo consiguió. Eso sí, la última etapa, entre Zamora y la capital asturiana, volvió a ponerle a prueba con el mal tiempo en Pajares, pero también le permitió cerrar un desafío que había afrontado completamente solo y que le aportó «sufrimiento y disfrute a partes iguales» a este aficionado al ciclismo que hace apenas unas semanas completó el reto Everesting en el monte Naranco. Ahora ha encontrado en la ultradistancia una nueva forma de medir sus fuerzas, por lo que avanza que «seguro que no va a ser el último viaje así que haga porque es una experiencia personal y deportiva muy buena».
La idea de llevar a cabo un reto de ultradistancia llevaba tiempo rondándole la cabeza a Miguel, así que decidió aprovechar unos días de vacaciones que tenía para probar esta modalidad en la que no basta con mantener un ritmo exigente durante unas horas: hay que gestionar el cansancio que se acumula jornada tras jornada, resolver los problemas que surgen en carretera y volver a subirse a la bicicleta a la mañana siguiente. Con una ventana meteorológica que consideró razonable, decidió salir de Oviedo el sábado 3 de octubre con el objetivo claro de llegar el lunes 5 a Sevilla. El recorrido de ida quedó repartido en tres etapas: Oviedo-Zamora, Zamora-Cáceres y Cáceres-Sevilla. Y con las mismas, tras sólo descansar esa noche, el martes 6 emprendió el camino de vuelta sin, ni siquiera, introducir una jornada de descanso entre ambos trayectos.
Para dar una idea de la exigencia del viaje, Miguel García Granda ofrece las cifras con las que ha llegado a casa: calcula que gastó unas 40.300 calorías durante las seis jornadas de bicicleta, en las que pedaleó una media aproximada de ocho horas y media al día, con etapas que llegaron a superar las nueve horas. El desnivel acumulado rondó los 14.000 metros y la velocidad media del recorrido fue de 29,6 kilómetros por hora, según los datos que revisó después de completar el reto. Pero mantener esos números durante seis días consecutivos exigió algo más que preparación física. Según cuenta este ciclista aficionado necesitaba alimentarse de forma constante, adaptar los planes a las circunstancias y no perder de vista el objetivo final cuando el cuerpo empezaba a acusar el esfuerzo.
Miguel Garcia Granda
Una logística profesional que le duró dos horas
Precisamente, la alimentación fue uno de los primeros aspectos que tuvo que replantearse pese a que para lanzarse a esta aventura había preparado una estrategia basada en ingerir productos concretos, como bollos de leche con crema de cacao y plátanos para reponer fuerzas mientras pedaleaba. Sin embargo, cuenta como anécdota que «el planteamiento que llevaba, todo como muy organizado y muy profesional, me duró dos horas»: tras superar el Pajares con niebla y lluvia, lo llevaba «no me entraba, así que paré en Ezequiel y ya empecé con jamón y pan». A partir de ahí, las decisiones fueron mucho más espontáneas: «las paradas fueron cuando me daba la gana. Compraba en supermercados napolitanas de jamón y queso, bebía refrescos o recurría a lo que encontraba abierto durante el recorrido», explica Miguel García, que si algo asegura es que «comí muchísimo, muchísimo». A modo de ejemplo, recuerda el día que se comió una barra entera de mortadela con queso y cenó dos pizzas. Por tanto, una de las conclusiones que ha sacado de esta experiencia, tal y como descubrió desde las primeras horas, es que la planificación debe ir en función de las necesidades reales del cuerpo.
El tiempo fue otro de los adversarios que le acompañaron durante buena parte del trayecto, tanto de ida como de vuelta. Relata que la lluvia, el sol y el viento se alternaban por momentos, hasta el punto de que el ciclista sintió que había atravesado «las cuatro estaciones del año en cinco etapas», ya que la jornada entre Cáceres y Sevilla fue la única en la que no llovió, aunque el viento en contra convirtió el avance en una tarea especialmente dura. En la capital andaluza, en cambio, llegó a registrar unos 30 grados de temperatura, una diferencia considerable respecto al frío que había encontrado en tramos anteriores. A Miguel García tampoco le faltaron los contratiempos materiales en este desafío, desde la rotura de la cremallera del chaleco, problemas con la cinta de una bolsa que tuvo que asegurar con bridas y, como no, pinchazos.
A las dificultades físicas e imprevistos se sumaba cada jornada la logística que, según reconoce, resultó casi tan complicada como pedalear. Para evitar que la jornada se alargase demasiado, procuraba salir entre las siete y las siete y media de la mañana, pero al no tener claro que cada jornada fuera a llegar a donde tenía previsto, no llevaba los alojamientos reservados de antemano, sino que llamaba a los hoteles cuando calculaba que podría llegar a destino. Una vez en ese destino, debía localizar el establecimiento, subir la bicicleta, lavar algo de ropa, ducharse y encontrar un supermercado abierto para comprar la comida de la cena y lo que llevaría preparado para el día siguiente. El domingo, además, cometió un error de previsión: no tuvo en cuenta que muchos comercios y supermercados estarían cerrados, por lo que la falta de opciones para comer y beber le generó calambres y le obligó a buscar alternativas en gasolineras y pequeños establecimientos. «Me supuso un retraso tener que buscar esos puntos y no comí y bebí lo que tenía que comer y beber por culpa de ese fallo de no contar que era domingo», admite Miguel García.
El aprendizaje de relativizar los imprevistos
Esta experiencia le ha dejado a Miguel García una enseñanza que va más allá de las estadísticas y las cifras: afrontarla en solitario, sin un equipo de apoyo que resolviera los problemas, le ha supuesto tener que enfrentarse a cada imprevisto y decidir cómo continuar. Una tormenta, una avería o una hora de retraso podían parecer obstáculos enormes en el momento, pero su perspectiva cambiaba al relativizar su importancia dentro de una jornada de muchas horas. «Me sirvió mucho personalmente, porque tienes que salir adelante y, relativizando las cosas, todo pasa», cuenta. Por tanto, la soledad, lejos de ser un inconveniente, ha formado parte de lo que buscaba y rememora, por ejemplo, que durante horas recorrió las largas rectas de la Ruta de la Plata, con poco tráfico en muchos tramos y el paisaje transformándose a medida que avanzaba hacia el sur. «Era lo que buscaba», afirma con satisfacción.
Y aunque al levantarse este viernes 9 de octubre en su casa percibió que su cuerpo estaba en modo «off», Miguel asegura que durante este reto de ultradistancia en ningún momento se planteó abandonar, ni siquiera cuando el cansancio empezó a hacerse tan visible que su familia le instaba a parar y descansar más tiempo si lo necesitaba. Él tenía claro que el reto consistía en completar la ida y la vuelta en seis días y lo respalda con una frase contundente: «soy muy cabezón». Es más, al terminar el reto se dio cuenta de que sus mejores registros físicos correspondieron a los tres últimos días, precisamente los de regreso a Asturias. En su opinión, fue importante dosificar las fuerzas para afrontar la vuelta, aunque siente que es ahora cuando el esfuerzo acumulado le va a pasar factura.
Es por ello que su planteamiento ahora es descansar y no pensar en más desafíos para lo que queda de año, teniendo en cuenta también que lo que viene es el invierno. No obstante, tiene bastante claro que este ha sido su primer viaje de ultradistancia en solitario, pero no el último. Y es que de esta aventura se lleva un mensaje que recibió a través de Instagram de un chaval que conoció en el camino en el que le decía que había desempolvado su bicicleta después de años sin usarla animado por su reto, «y es que así empecé yo y me hace ilusión», apunta. «Te das cuenta de que eres capaz de hacer cosas que no creías que podías», concluye Miguel García Granda después de seis días pedaleando entre Oviedo y Sevilla en una experiencia de ida y vuelta que ha supuesto «un viaje muy personal».